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El farol de Ormuz: cómo Irán ha quedado atrapado en su propia amenaza

El bloqueo selectivo de EE.UU., la asfixia financiera y la fractura interna del régimen anticipan una fase más precisa y potencialmente decisiva del conflicto

La tregua con Irán no ha sido un preludio de acuerdo. Ha sido una pausa operativa que ha cambiado las condiciones del juego. Y, en ese nuevo tablero, el movimiento más visible de Teherán —amenazar con Ormuz— ha terminado volviéndose en su contra.

Durante años, el estrecho ha funcionado como el gran comodín estratégico de Irán: la amenaza implícita de que, llegado el caso, podría cerrar una arteria por la que transita una parte sustancial del crudo mundial. Ese farol ha condicionado mercados, diplomacia y cálculo militar.

Esta vez, sin embargo, la jugada ha sido distinta.

Washington no ha respondido cerrando el estrecho, sino controlando quién puede usarlo. En la práctica, ha impuesto un bloqueo selectivo a buques con origen o destino en puertos iraníes. Ormuz sigue «abierto» en términos formales, pero no para Irán.

El resultado es evidente: el país que amenazaba con cortar el flujo es hoy el que no puede exportar con normalidad. El farol se ha convertido en trampa.

A ello se suma un segundo frente menos visible pero igual de decisivo: el financiero. El Departamento del Tesoro estadounidense ha intensificado la presión sobre bancos y redes que facilitan pagos vinculados a Irán. Sin canales de pago fiables, incluso las operaciones que logran sortear el bloqueo físico encuentran crecientes dificultades para materializarse.

La combinación es clara: restricción del transporte y asfixia financiera. Y aquí aparece el verdadero punto de presión.

Irán depende de sus exportaciones petroleras para sostener su economía. Si ese flujo se interrumpe, el crudo no desaparece: se acumula. Pero la capacidad de almacenamiento —en tierra y en buques— es limitada. A medida que se satura, la consecuencia es inevitable: reducción forzada de la producción.

En un país cuyos campos son mayoritariamente maduros, ese ajuste no es neutro. La interrupción o ralentización de la extracción puede provocar pérdida de presión, formación de depósitos y deterioro de los pozos. No implica necesariamente una destrucción inmediata, pero sí puede tener efectos duraderos sobre la capacidad productiva y, por extensión, sobre la economía del país.

No hace falta bombardear la industria petrolera para debilitarla. Basta con impedirle funcionar.

Mientras tanto, el impacto global se distribuye de forma desigual. Quienes más sufren la disrupción son los grandes importadores asiáticos, especialmente China. Estados Unidos, mucho menos dependiente del flujo de Ormuz, observa desde una posición relativamente protegida. El shock energético no desaparece, pero su gravedad y urgencia se distribuyen de forma profundamente asimétrica.

Pero el elemento más decisivo de esta fase no está solo en el petróleo. Está en lo ocurrido durante la tregua.

Lejos de ser un paréntesis, ha sido un periodo de acumulación. Refuerzos, mantenimiento intensivo, reabastecimiento. Y, sobre todo, recopilación de inteligencia. Con menor presión inmediata, los actores clave del régimen vuelven a exponerse: se mueven, coordinan, reconstruyen cadenas de mando.

En términos operativos, eso amplía la visibilidad del sistema.

Si esa ventana se ha aprovechado —y todo indica que sí— la siguiente fase no será incremental. Será selectiva, basada en inteligencia acumulada y orientada a nodos críticos.

Este cambio coincide con otro, interno y más profundo. El poder efectivo se ha desplazado hacia el núcleo más duro del régimen. Distintos análisis apuntan a que el IRGC —y el entorno del general Ahmad Vahidi— ha asumido el control de decisiones clave. Vahidi, sancionado internacionalmente y reclamado por la justicia argentina en relación con el atentado contra la AMIA de 1994, simboliza ese giro hacia una línea más radical.

En ese contexto, la negociación pierde sentido. Si quien decide no es quien firma, no hay acuerdo posible.

La conclusión es incómoda pero clara. La estrategia de contención presupone un interlocutor coherente. Hoy, esa condición no existe.

Lo que emerge es otra lógica: presión económica, superioridad en inteligencia y acción selectiva. Y eso apunta a lo que viene.

Si el conflicto se reactiva —y probablemente lo hará—, no lo hará como antes. La próxima fase será más precisa, más agresiva y potencialmente más devastadora, dirigida directamente contra el núcleo de poder que ha capturado el régimen.

Y esta vez, a diferencia de episodios anteriores, la combinación de asfixia económica y acción militar de alta precisión no solo degradaría al régimen: podría quebrarlo, precipitar su colapso y abrir la puerta a un cambio de régimen.

  • Ángel Mas es presidente de Acción y Comunicación en Oriente Medio (ACOM)
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