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en primera líneaÍñigo Castellano y Barón

Ser católico empieza a estar de moda

El cristianismo vuelve a llamar a la puerta de Europa como memoria impregnada en su ADN y en su fundamento de esperanza. Frente a la materia vacía, el espíritu. Frente al ruido, el silencio. Frente a la ideología, la verdad

Durante décadas, las grandes corrientes ideológicas que han recorrido Occidente fueron desplazando progresivamente la presencia pública del cristianismo. No siempre mediante la confrontación directa. Bastó muchas veces con ridiculizarlo, presentarlo como una reliquia del pasado y obstáculo para una modernidad que pretendía emanciparse de todas sus raíces.

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El Debate (Asistido por IA)

Los movimientos católicos tradicionales fueron arrinconados en nombre de una libertad entendida cada vez más como expansión ilimitada del individuo. La libertad dejó de concebirse como capacidad para elegir el bien y pasó a identificarse con el derecho absoluto a redefinir la propia identidad, el propio cuerpo y hasta los límites de la vida. La llamada libertad de género, el aborto o la eutanasia se convirtieron en símbolos de una nueva antropología: una visión del hombre desligada de toda herencia, de todo deber y de toda trascendencia. Al mismo tiempo, el humanismo cristiano fue caricaturizado y reducido a una posición sospechosa o reaccionaria. La práctica religiosa quedó relegada a ámbitos cada vez más reducidos, identificados por la cultura dominante como enemigos del progreso. Ser católico parecía una rareza tolerada siempre que permaneciera en la esfera privada y no pretendiera influir en la vida social.

Sin embargo, algo está cambiando. Los grandes relatos ideológicos que prometían una sociedad más libre, justa y feliz comienzan a mostrar evidentes signos de agotamiento. La ciudadanía europea contempla con creciente inquietud cómo aumentan la fragmentación social, la soledad, la inseguridad y la pérdida de referentes comunes. No se trata únicamente de cansancio político. Es una sensación más profunda de intemperie moral y de incertidumbre sobre el futuro. Los problemas reales se acumulan mientras muchas respuestas, cuando no silencios oficiales, parecen insuficientes. La convivencia se deteriora en numerosos entornos urbanos, las dificultades de integración generan tensiones crecientes y las nuevas generaciones padecen una precariedad no solo económica, sino también espiritual. Cada vez más ciudadanos descubren que el progreso material, por sí solo, no basta para sostener una civilización cuando se debilita su fundamentación moral.

Occidente, aunque a veces pretenda olvidarlo, no nació por casualidad. Su concepción de la dignidad humana, de la persona, de la caridad, del perdón, del sacrificio y de la esperanza está profundamente vinculada al cristianismo. Europa no es cristiana por accidente, sino por una larga sedimentación histórica, cultural y espiritual. Por eso no debería sorprender que ante el vacío, muchos vuelvan la mirada hacia esas raíces. El ser humano puede vivir rodeado de consumo, entretenimiento y tecnología, pero tarde o temprano vuelve a plantearse las mismas preguntas esenciales: quién soy, para qué vivo, qué sentido tiene el sufrimiento o dónde encontrar una esperanza que no dependa de las modas ni de los mercados. Ahí reside la fuerza permanente del cristianismo. No es únicamente tradición cultural ni referencia identitaria. Ofrece una respuesta integral al drama humano. Habla de la vida y de la muerte, de la libertad y de la responsabilidad, del dolor y de la redención. Y lo hace con una profundidad que ninguna ideología moderna ha conseguido sustituir.

De ahí que comiencen a surgir nuevas comunidades, movimientos y formas de presencia cristiana en la vida pública, especialmente entre los jóvenes. Una generación que creció en ambientes profundamente secularizados empieza a buscar algo más sólido que el relativismo dominante. No es casual que se multipliquen las concentraciones, peregrinaciones, vigilias, encuentros y actos de carácter cristiano en diferentes lugares del mundo. Tampoco es casual que muchos conversos, intelectuales, artistas o jóvenes educados en ambientes secularizados estén redescubriendo la fe católica como una posibilidad viva. Muchos no llegan inicialmente por la fe. Se acercan atraídos por la belleza de una catedral, por la música sacra, por el silencio de un monasterio o por el testimonio coherente de quienes viven sus convicciones sin complejos. Pero ese primer acercamiento revela una realidad significativa: el alma contemporánea parece cansada de la frivolidad y del vacío.

El reciente viaje papal a España seguido con enorme repercusión internacional, ha puesto de manifiesto esa corriente de fondo. Más allá de interpretaciones políticas interesadas, la presencia del Papa actuó como un poderoso símbolo de unidad espiritual. La bendición de la Torre de Jesucristo coronada por la gran Cruz, en la Basílica de la Sagrada Familia, contemplada por millones de personas, tuvo una fuerza simbólica difícil de ignorar. En una época saturada de imágenes efímeras, aquella escena transmitía memoria, trascendencia y esperanza.

Tampoco es casual que se multipliquen peregrinaciones, vigilias, encuentros y manifestaciones públicas de fe en numerosos países. Ni que cada vez más jóvenes, intelectuales, artistas y conversos redescubran el catolicismo como posibilidad viva y no como simple herencia cultural. Durante años se anunció la desaparición de Dios de la vida pública. Quizá todavía sea prematuro hablar de un gran retorno religioso. Pero sí parece evidente que una parte creciente de la sociedad comienza a percibir las consecuencias de vivir sin trascendencia. Ser católico empieza a estar de moda. Pero la fe no es una moda, una pose estética ni una reacción política. Exige conversión, caridad, sacrificio, verdad y coherencia. Precisamente por eso resulta significativo que deje de avergonzar y que vuelva a ser contemplada por muchos como fuente de sentido en medio de la confusión.

El cristianismo vuelve a llamar a la puerta de Europa como memoria impregnada en su ADN y en su fundamento de esperanza. Frente a la materia vacía, el espíritu. Frente al ruido, el silencio. Frente a la ideología, la verdad. Frente a la desesperanza, la promesa de una eternidad que el hombre moderno había pretendido olvidar, pero que nunca dejó de necesitar.

  • Íñigo Castellano y Barón es conde de Fuenclara
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