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en primera líneaJuan Van-Halen

La memoria histérica

En la Transición, años antes de las leyes de Zapatero y Sánchez, a los perdedores de la Guerra Civil se les reconocieron sus derechos económicos, asistenciales y sociales. Una decena de normas trataron de compensar las penosas situaciones sufridas en la guerra y la posguerra. Lo viví

No pocos de nuestros enfrentamientos vienen de la ley de Memoria Histórica a la que, por sus consecuencias y manipulaciones, llevo tiempo considerando de «memoria histérica». Fui ponente de mi Grupo en el Senado. Un día Bieito Rubido recordó la reacción del emperador Carlos V, tras Mühlberg, ante el intento de algunos de sus capitanes de profanar la tumba de Lutero: «Dejadlo reposar que ya encontró su juez. Yo hago la guerra a los vivos, no a los muertos».

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El Debate (Asistido por IA)

Sánchez es valiente haciendo la guerra a los muertos, pero cuando hay que demostrar cierto arrojo reacciona cobardemente; así en su huida de Paiporta mientras los Reyes permanecían entre los damnificados. No paró hasta expulsar del Valle de Cuelgamuros, antes Valle de los Caídos, los restos de Franco o de Primo de Rivera, o exhumar los del general Queipo de Llano de la Basílica de La Macarena, en Sevilla. No comporta riesgo lancear moros muertos; el lancero no precisa valor. Los ejemplos de cobardía en decisiones del personaje suponen muchas veces, a mi juicio, rupturas claras con la ley. No entiendo considerar normal que títulos del Reino, otorgados por el entonces jefe del Estado, puedan declararse suprimidos una vez sucedidos por nuevos titulares con la firma del Rey Juan Carlos y publicados en el BOE, Y ocurrió. Podrían recordarse no pocas decisiones similares.

Ahora llega el turno a las condecoraciones. Se retira la gran cruz de la Orden de Sanidad al primer catedrático de psiquiatría, Antonio Vallejo-Nájera, llamado por algún medio zurdo «Mengele español», muerto hace 66 años, padre de otro ilustre psiquiatra y escritor, Juan Antonio Vallejo-Nájera, también fallecido, académico de la Nacional de Medicina como su padre. En los últimos tiempos creo poco en las condecoraciones. Ostentan grandes cruces de la Orden de Carlos III, máxima condecoración española, personajes como Pablo Iglesias, Ione Belarra, Irene Montero y Leire Pajín, por no extenderme a muchos otros. Incluso se otorgó la gran cruz de Carlos III a Máximo Huerta, ministro de Cultura durante una semana; le hizo dimitir Sánchez por una deuda con Hacienda ya resuelta. Ahora no deja dimitir a nadie; son su escudo. Era un Sánchez distinto al de hoy. O no. Ya se estaba enriqueciendo el grupo del Peugeot que, otra mentira, resultó ser un Mercedes.

Debemos demasiados disparates a aquella primitiva ley de Memoria Histórica de Zapatero transformada por Sánchez en ley de Memoria Democrática. Leyes ideológicas, vengativas, nacieron para dividir a los españoles. La desembocadura es la llamada –e inexistente– «ley de nietos», aderezada luego por la instrucción de una directora general del Ministerio de Justicia, casualmente hermana de ese tropel verbal que es Óscar Puente. Supongo que Sofía Puente, premiada luego por Bolaños, sabía lo que hacía para que nuestro censo aumente significativamente, con su repercusión electoral. Se ha metido en un buen lío; ya está querellada. Un amigo me recuerda que tras la guerra se exiliaron a Argentina 2.500 ciudadanos españoles. Ahora son más de un millón los «nietos» que solicitan la nacionalidad. Cada exiliado tuvo casi medio millar de «nietos». Por su ausencia perdimos a una multitud de eficaces reproductores que nos hubiesen venido de perlas en determinadas circunstancias.

Sobre la «memoria histérica» habría mucho que escribir. Alguna vez recordé a Gustavo Bueno: «El concepto de memoria es esencialmente subjetivo, psicológico, individual: la memoria está grabada en un cerebro individual y no en un cerebro colectivo». Y remachó: «La tarea del historiador no consistirá tanto en recuperar la memoria histórica tal cual sino en demoler la memoria deformada». Lo que nos ofreció Sánchez, con el prólogo en la ley de Zapatero, que luego se supo que andaba por esos mundos ejerciendo de cobrador del frac, es una manipulación de la Historia a gusto del consumidor de izquierdas. Para esa ley hubo malos malísimos en uno de los bandos de la guerra civil y buenos buenísimos en el otro. Existieron crímenes horrorosos en una zona y bondades inimaginables en la zona contraria. No tengo que especificar a qué bando se refiere la ley.

Hace unos años escribí que por la «memoria histérica» nos desgañitaríamos hablando de las muchas muertes en las cunetas debidas a los llamados nacionales, pero no de los cerca de ochenta mil asesinados en la retaguardia republicana. Hablaríamos de la matanza de Badajoz, históricamente debatida, pero no de los enterrados vivos en la mina de Camuñas o los asesinados en los llamados trenes de la muerte de Jaén. Hablaríamos de las Trece Rosas, pero no de las enfermeras de Somiedo, violadas y asesinadas, beatificadas por el Papa Francisco. Y, olvidadizos, no hablamos de los miles de asesinados en Paracuellos, entre ellos casi trescientos menores.

En la Transición, años antes de las leyes de Zapatero y Sánchez, a los perdedores de la Guerra Civil se les reconocieron sus derechos económicos, asistenciales y sociales. Una decena de normas trataron de compensar las penosas situaciones sufridas en la guerra y la posguerra. Lo viví. A un tío segundo mío, militar que perdió la guerra, se le reconocieron sus haberes y el grado que se supuso hubiese alcanzado. Según leyes de la «memoria histérica», hemipléjicas y por ello injustas, golpistas considerados como tales por ellos mismos, así Largo Caballero y Prieto, cuentan con monumentos en Madrid y en otras ciudades. Otros dignos homenajes desaparecen. El muro de Sánchez.

Apenas se recuerda que el paso a la democracia lo pilotaron el Rey Juan Carlos, y dos exministros del Movimiento: Fernández-Miranda y Suárez. Pensamiento y acción. Y «de la ley a la ley».

  • Juan Van-Halen es escritor y académico correspondiente de la Historia y de Bellas Artes de San Fernando
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