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TRIBUNADAVIDE TOMASELLI

La carne es maestra. El cuerpo a cuerpo de la educación en tiempos de IA

Policarpo enseñaba con su persona entera. Y un signo de la autoridad y la fiabilidad del maestro consiste precisamente en esto: que todo su ser está implicado en la verdad que comunica y en el bien que propone

Hace un año estaba haciendo de guía en una exposición cultural. Al terminar una de las visitas, una mujer se acercó, se presentó –era la directora de un museo italiano– me dio las gracias y me dijo: «Estaba escuchando a otro guía, pero, cuando te vi explicar, me di cuenta de que lo hacías con el cuerpo: dejé a mi guía y empecé a seguir tu explicación». Más allá de alimentar mi vanidad, aquella observación me dejó pensando. ¿Qué significa exactamente «explicar con el cuerpo»? Esa pregunta, unida a la lectura de la encíclica Magnifica humanitas, ha dado origen a este artículo.

Unos meses después viví otra experiencia que me ayudó a comprenderlo mejor. Impartía una asignatura en un Máster y tenía que dar la misma clase dos veces: primero en formato online y después de manera presencial. El contenido era idéntico, como también el perfil de los alumnos. Sin embargo, las dos experiencias fueron radicalmente distintas, tanto para ellos como para mí. Entonces entendí con mayor claridad que enseñar no consiste simplemente en transmitir unos contenidos, sino en entablar un cuerpo a cuerpo: la aventura del conocimiento. Pero no dejemos de prestar atención a los desafíos de la época actual.

Cualquier profesor que hoy tenga delante una tropa de alumnos impacientes se habrá hecho, al menos una vez, una pregunta inquietante: ¿qué puedo ofrecerles yo que no puedan encontrar en la IA? ¿Cuál es mi aportación verdaderamente insustituible? En mi caso, soy plenamente consciente de que la IA puede proporcionarles, en cuestión de segundos, una cantidad de información que mi cerebro tardaría meses en asimilar. La respuesta la encontré un día, mientras explicaba un tema y me descubrí conmovido por la belleza de lo que estaba proponiendo. Eso no. Esa conmoción, ese asombro ante el pequeño fragmento de realidad que contemplamos juntos, esa pasión desbordante están negados a la IA. Y esa conmoción, ese asombro, esa pasión siempre se comunican a través de un cuerpo: una voz que se quiebra, el cambio a veces imperceptible del tono, una mirada que se ilumina, una mano que se agita… Parecen detalles, pero no lo son. Es eso lo que queda impreso en nuestra memoria de los maestros, no el océano de datos que transmitieron.

Afirma León XIV en su Magnifica humanitas (140): «Los procesos educativos, en cambio, requieren tiempo para madurar, una confrontación con la realidad más allá de las apariencias y un camino paciente». Hacia el final del documento, el Papa muestra el fundamento último de esta concepción de educación: «En una época que tiende a acelerar y a fragmentar, la carne humana sigue pidiendo ser cuidada y reconocida por manos capaces de ternura, por mentes atentas y buenas palabras. La cultura digital multiplica las conexiones y ofrece nuevas posibilidades de encuentro; sin embargo, el corazón humano conserva una necesidad irrenunciable de proximidad. Invito a salvaguardar los espacios y los momentos en que la presencia física sigue siendo decisiva […]. Son signos de una humanidad que sigue creyendo que cada cuerpo es templo del Espíritu y casa de Dios» (239).

No deja de ser significativo que León XIV recurra al pagano Platón para sostener su reflexión (140). Se trata del autor de la antigua Grecia del que conservamos un mayor número de obras completas y, sin embargo, en el Fedro, además de criticar la escritura, afirma explícitamente que el filósofo no pone por escrito las cosas que más valen, aquello que verdaderamente hace de un hombre un filósofo. La misma idea reaparece en la Carta VII, donde escribe: «No hay ni habrá nunca una obra mía que trate de estos temas [las cosas más grandes]; no se pueden, en efecto, precisar como se hace con otras ciencias, sino que después de una larga convivencia con el problema y después de haber intimado con él, de repente, como la luz que salta de la chispa, surge la verdad en el alma y crece ya espontáneamente».

A partir de estos testimonios, en las últimas décadas algunos estudiosos han intentado reconstruir aquellas reflexiones platónicas –las llamadas Doctrinas no escritas– que el filósofo de Atenas habría reservado a la oralidad, es decir, a la enseñanza en la Academia y no al papel. La cuestión me parece fascinante: desde el punto de vista metodológico y pedagógico, Platón resulta sorprendentemente poco platónico. El autor que, en la teoría, concibe el cuerpo como la tumba del alma, como estorbo y fuente de confusión en el proceso de conocer, en la práctica se da cuenta de que no puede haber conocimiento sin una convivencia «física» entre maestro y alumno. Intuyó que la verdad sobre las cuestiones más significativas solo puede alcanzarse mediante una particular comunión de vida y de búsqueda entre quien enseña y quien aprende.

Solemos decir: «el roce hace el cariño». Yo me atrevería a añadir: «el roce hace la educación». ¿Y debería extrañarnos esa contradicción en la obra de un genio como Platón? Creo que no. Esa contradicción no hace sino poner de manifiesto que la experiencia siempre desborda la reflexión. Ojalá nuestra reflexión sea siempre lo bastante amplia como para acoger toda la riqueza de la experiencia que vivimos.

Una de las páginas de la primera literatura cristiana que mejor puede ayudarnos a comprender en qué consiste el cuerpo a cuerpo entre maestro y discípulo es una carta de un gran Padre de la Iglesia del siglo II, Ireneo de Lyon. La dirige a Florino, un antiguo compañero que, tras haber compartido con él los primeros pasos de la fe, había abrazado una doctrina herética. Ambos habían sido discípulos de Policarpo de Esmirna, quien, a su vez, había conocido al apóstol Juan.

Así recuerda Ireneo su encuentro con Policarpo: «Porque, siendo yo niño todavía, te vi en casa de Policarpo en el Asia inferior […]. Y es que yo me acuerdo más de los hechos de entonces que de los recientes (lo que se aprende de niños va creciendo con el alma y se va haciendo uno con ella), tanto que puedo incluso decir el sitio en que el bienaventurado Policarpo dialogaba sentado, así como sus salidas y sus entradas, la índole de su vida y el aspecto de su cuerpo, los discursos que hacía al pueblo, cómo describía sus relaciones con Juan y con los demás que habían visto al Señor y cómo recordaba las palabras de unos y otros; y qué era lo que había escuchado de ellos acerca del Señor, de sus milagros y su enseñanza».

La relación entre Policarpo e Ireneo no se reduce a la transmisión de unos contenidos intelectuales. El maestro está llamado a encarnar aquello que enseña. Por eso Ireneo recuerda no solo sus palabras, sino también el lugar donde se sentaba, sus gestos, su modo de vivir, incluso el aspecto de su cuerpo. Policarpo enseñaba con su persona entera. Y un signo de la autoridad y la fiabilidad del maestro consiste precisamente en esto: que todo su ser está implicado en la verdad que comunica y en el bien que propone.

En mi memoria, como sucedía en la memoria de Ireneo, permanecen grabados los instantes en que escuché a mis maestros comentar ciertos textos o presentar algún autor. Son recuerdos imborrables que revelan la verdadera naturaleza del conocimiento: conocer es un acontecimiento y, como todo acontecimiento, está hecho de tiempo, espacio y cuerpos. No consiste en la asimilación atemporal de unos datos, sino en el encuentro histórico con un maestro que señala una faceta de la realidad y nos invita a mirarla con él.

Esta necesidad de una enseñanza encarnada vale de un modo particular para la transmisión del anuncio cristiano. ¿Acaso el cristianismo no es una vida que se va transmitiendo de rostro a rostro, de mirada a mirada, de corazón a corazón? Todo ello se hace patente en el origen mismo de la pretensión cristiana. Dios, que en sí mismo es Misterio inaccesible, ha querido salir a nuestro encuentro haciéndose hombre. Él sabe que el ser humano no tiene otra manera de conocer que no sea viendo y oyendo. Por eso se hace visible y cercano. Asume nuestra fragilidad para que podamos acercarnos a Él sin quedar deslumbrados por su gloria. En Cristo, Dios se adapta a nuestra condición.

Quisiera terminar con una última observación. Estar físicamente ante un maestro supone aceptar una cierta vulnerabilidad. Un alumno que no quiere dejarse interpelar por lo que escucha puede refugiarse tras el escudo de la pantalla y fingir que atiende. La presencia siempre nos expone. Pero ¿no es acaso esa exposición la condición de todo encuentro verdadero?

Davide Tomaselli es profesor de la Facultad de Literatura Cristiana y Clásica San Justino de la Universidad Eclesiástica San Dámaso

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