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Las Hermanitas de los Pobres, durante la misa de su despedida

Las Hermanitas de los Pobres, durante la misa de su despedidaDiócesis de Salamanca

Las Hermanitas de los Pobres se despiden de Salamanca tras 154 años: «Dios nos ayudará, es su obra»

La carestía vocacional les obliga a dejar la casa que gestionaban, que seguirá funcionando para cuidar de los ancianos, «nuestro tesoro»

Las Hermanitas de los Pobres recibieron el pasado miércoles, 1 de julio, el afecto y el agradecimiento de la Iglesia de Salamanca en una eucaristía de acción de gracias que sirvió como despedida y reconocimiento a una presencia de 154 años dedicada al cuidado de los ancianos, siguiendo el carisma de santa Juana Jugan. La celebración, presidida por el obispo, monseñor José Luis Retana, tuvo lugar en la iglesia de su residencia, en la avenida de San Agustín, donde las religiosas estuvieron arropadas por residentes, trabajadores, bienhechores, voluntarios, amigos y miembros de la comunidad diocesana.

Al término de la eucaristía, la superiora de la comunidad tomó la palabra para reiterar el agradecimiento de las Hermanitas de los Pobres. Comenzó con una frase de su fundadora, Santa Juana Jugan: «Dios nos ayudará, es su obra». Una expresión, explicó, nacida de «un corazón plenamente confiado en la providencia» y que hoy ilumina el sentir de la comunidad, «aún en medio del dolor de la despedida».

La superiora recordó el humilde origen de la congregación, nacida del gesto de su fundadora con una anciana ciega, sola y paralítica. «La cargó sobre sus hombros y le ofreció su propia cama», relató. A partir de aquel gesto sencillo, muchos ancianos pobres llamaron a su puerta, y ella comenzó a atenderlos viviendo sin rentas, confiándolo todo a la providencia y bajo la protección del patriarca San José.

Ese mismo espíritu llegó también a Salamanca. La superiora recordó que D. Mariano Lluch conoció a las Hermanitas en Marsella y transmitió su entusiasmo a su hermano, monseñor Joaquín Lluch, obispo de Salamanca, quien inició en 1868 las gestiones para establecer en la diócesis una casa que encarnara el espíritu de Juana Jugan. La fundación, sin embargo, no pudo hacerse realidad hasta 1872.

El primer acogido

Las primeras hermanitas salieron de Madrid el 23 de diciembre de aquel año y llegaron a Peñaranda de Bracamonte en la madrugada del día 24. Desde allí fueron conducidas a Salamanca, donde el obispo había preparado para ellas «una casita con su jardín» en el número 15 de la calle Padilleros. Al día siguiente, día de Navidad, recibieron a su primer acogido: un anciano que necesitaba cuidados y hogar. «Él fue el primero de un larguísimo desfile de centenares y millares de ancianos que desde entonces han pasado por esta casa», expresó la superiora.

«Nosotras nos marcharemos, pero parte de nuestro corazón se quedará aquí», aseguró. Antes de concluir, les recordó que no están solos, porque «el Señor seguirá acompañándolos y nosotras cada día los llevaremos en nuestra oración, poniendo sus intenciones en el corazón de Dios».

Durante su homilía, monseñor Retana afirmó que el bien realizado por las Hermanitas de los Pobres permanece más allá de su marcha: «Las obras cambian, las personas pasan y las circunstancias evolucionan, pero el amor entregado nunca se pierde. Permanece en el corazón de quienes lo reciben y en el de Dios, que conoce cada gesto realizado con generosidad».

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