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MI TORRE DE MARFILIgnacio Crespí de Valldaura

Los lefebvrianos nos previenen de la heterodoxia, pero deben rectificar su exceso de ortodoxia

Mientras los denominados «cristianos progresistas» pecan de heterodoxia, los lefebvrianos acaban de incurrir en puritanismo, quedando ambos unidos por el haz de la desobediencia

No estoy de acuerdo con la postura de los lefebvrianos sobre abjurar del Concilio Vaticano II, puesto que me resulta una reacción un tanto drástica, pero sí que me puede llegar a parecer razonable su desconfianza hacia algunos sectores que malinterpretan la doctrina católica so capa de ampararse artificiosamente en el Concilio; no porque éste me parezca nocivo, ojo (como sí consideran los lefebvristas), sino debido a las tergiversaciones heterodoxas que unos cuantos hacen en su nombre.

Así pues, los lefebvrianos tienen un aspecto loable, que es el de prevenirnos de la heterodoxia, pero pecan de otro que deben rectificar: su exceso de ortodoxia; exceso de virtud del que nos advertía el filósofo Aristóteles; algo que explica su reciente insubordinación al Papa, materializada en la ordenación de cuatro obispos sin su venia, so pena de excomunión y germen de un cisma.

Siento una gigantesca tribulación, desazón y pesadumbre -por no decir un punzante comezón, picazón y desabrimiento- a causa de esta frontera que han traspasado los lefebrvianos, puesto que, a pesar de algunas de sus exageraciones, cumplían una función importante en el seno de la Iglesia, que es la de custodiarla de los vientos heterodoxos que tratan de profanar la Tradición, el Magisterio y la Doctrina.

A esto, es preciso agregar la pujanza apostólica de la FSSPX (Fraternidad San Pío X) entre los jóvenes franceses, fruto de conversiones masivas enraizadas en una formación exquisita, desbrozada de máculas sentimentalistas, relativistas y modernistas; ello sin considerar su presencia en alrededor de sesenta países, sus 1.500 miembros, 735 sacerdotes, 264 seminaristas, 145 hermanos, 88 oblatos, 250 hermanas y 94 escuelas, tal y como lo detalla uno de los columnistas estrella de El Debate, en uno de sus artículos más recientes.

Me da muchísima pena que unos audaces -o corajudos- defensores de la ortodoxia en tiempos de tempestad, como lo son los miembros de la FSSPX, hayan cometido la infamante osadía de rebelarse contra el Primado de Pedro y Obispo de Roma, Su Santidad el Papa León XIV.

En base a lo dicho, cabe matizar que la ausencia de ortodoxia deviene en heterodoxia, pero la ortodoxia en exceso corre el riesgo de degenerar en puritanismo, para dejar de ser ortodoxa y, así, trocarse en heterodoxia camuflada. G.K. Chesterton puso mucho énfasis en prevenirnos de ambas realidades.

De esta guisa, mientras los denominados «cristianos progresistas» pecan de heterodoxia, los lefebvrianos acaban de incurrir en puritanismo, quedando ambos unidos por el haz de la desobediencia. Los primeros, imitadores de Lutero, y los segundos, un ariete de resistencia contra la «protestantización» de la Iglesia, al final, han terminado por hacer cruzar sus caminos en un punto de insubordinada convergencia; porque de la Palabra de Jesucristo no entiende de relativismos saduceos, ni de purismos farisaicos.

En otras palabras, unos de los principales combatientes de nuestro tiempo contra el espíritu de Lutero, como lo son los lefebvrianos, han acabado por cometer un pecado muy similar al del díscolo sacerdote agustino. Por esto, les suplico que rectifiquen, que vuelvan al redil del Sumo Pontífice; y que las autoridades del Vaticano, también, pongan un poco más de esmero en trabar unas santas capitulaciones con ellos. Los de la FSSPX me parecen los principales responsables de este dislate, pero, como en toda disputa, siempre hay aspectos que se pueden mejorar por parte de las dos partes.

A pesar de la grave falta de prudencia y de templanza en la que acaban de incurrir los lefebvristas, percibo, por otro lado, una carencia de justicia y de fortaleza por parte de algunas jerarquías eclesiásticas, que es la de haber aplicado una vara de medir mucho más severa con los de la FSSPX que con sectores que relativizan la pureza de la doctrina católica. Todo hay que decirlo.

Espero que vosotros, mis venerables lectores, valoréis el esfuerzo que estoy haciendo por analizar esta problemática con una visión global, completa, sin dejarme atrapar por las zarzas de los razonamientos dicotómicos; porque los enfrentamientos maniqueos me generan urticaria, debido a mi amor por la pacificación y el entendimiento, por valorar los pormenores de las cosas, con su extenso ramillete de pros y de contras, de luces y de sombras.

El maligno es extremadamente diestro, mañoso, ducho y avezado en sembrar conflictos dicotómicos, maniqueos, donde solamente hay buenos y malos, para infiltrarse en ambas trincheras. Lo que acaba de acaecer me parece un ejemplo ilustrativo de ello; del mismo modo que él -el demonio- se sirve del ‘ismo’ de feminismo para atacar a la doctrina católica, habida cuenta de que él fue el primer ‘machista’ de la historia, tras pasar a ser el ángel caído por mor de sus celos ante el protagonismo que Dios le dio a La Mujer, véase a la Bienaventurada Virgen María. Esto es algo que no debemos pasar por alto.

Es más, la palabra ‘diablo’ procede del término griego διάβολος (diábolos), derivada del verbo διαβάλλειν (diabállein); y la terminación de este verbo es βάλλειν (bállein), que significa «lanzar», «arrojar». ¿Por qué digo esto? Pues, precisamente, debido a que una de sus insidiosas habilidades es la de lanzarnos o arrojarnos a los unos contra los otros; de ahí, su maña para infiltrarse en dos bandos contrapuestos, en aras de enfrentarnos a unos contra otros en defensa de sus pecados. Como colofón, reivindico que, frente a la discordia soliviantada en nombre del pecado, nos solacemos en la unidad en Cristo.

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