Si nadie endiosase las ideologías, León XIV habría reunido a diez millones de personas
«Muchos viven –y se desviven– a merced de las ideologías, es decir, de totalidades doctrinales elaboradas por personas que lo único que pretenden es ¡tomarles el pelo!»
Su Santidad el Papa León XIV logró reunir en Madrid a más de un millón y medio de personas; pero he de añadir que, si muchos dejasen de endiosar las ideologías, las cifras de asistencia hubiesen sido todavía más desorbitadas.
Tengo una fe resuelta en que, si las gentes viviesen al margen de las ideas que les inoculan sus ídolos politizados (políticos, periodistas e influencers incluidos), se acabarían abrazando al catolicismo en tromba y en manada. Estoy convencido de que el gran impedimento de unos cuantos para dar este paso es que viven sus ideologías como una religión, puesto que profesan hacia ellas una fidelidad desaforada.
Como todo el mundo sabe, multitud de ideologías manifiestan una inquina directa hacia la Santa Institución, y las que no exudan semejante odio predican cosas que no están alineadas ni con la Doctrina Social de la Iglesia Católica, ni con el mensaje de Jesucristo. Aquí, se cumple aquella advertencia que brotó de los labios de Jesús, esa que reza: «el que no está conmigo está contra mí» (Lc 11, 15-26).
Al fin y al cabo, cabe preguntarse: ¿Qué es una ideología? Porque, en el fondo, no me parece otra cosa que una creación humana al servicio de un interés humano; es decir, un conjunto o totalidad doctrinal que han engendrado un grupo de personas para extraer algún tipo de beneficio personal y egoísta; no una verdad que haya caído del cielo, de una bondad indiscutible y objetiva en sus pareceres, que intente velar por nuestro bien.
En resumidas cuentas, una ideología no es otra cosa que una máquina de fabricar votos a base de soliviantar descontentos humanos, desencantos de grupos de personas que podrían adherirse a un discurso pergeñado por unas élites concretas, las cuales intentan acrecentar su ego –y su bolsillo– a expensas de recolectar seguidores para su causa.
Una ideología no es otra cosa que una agencia de marketing o de publicidad orientada a vender un producto que atraiga al mayor número de adeptos; diseñada, para más inri, por unos optimates de una moralidad dudosamente intachable, frecuentemente corruptos y ególatras en su aplastante mayoría, más interesados en salirse con la suya que en procurarnos a nosotros algún tipo de bien en nuestras vidas.
¿Y qué es un periodista al servicio de una ideología? Alguien que manipula los titulares y que ofrece una visión sesgada de la realidad, todo con el objetivo de arrastrar a su audiencia por las sendas de la línea editorial del periódico –o del medio de comunicación– para el que trabajan; línea editorial cavilada y pertrechada por humanos, que no está enraizada en verdades caídas del cielo, y más cimentada en el amarillismo, en impactar y en alinearse con sus servidumbres políticas que en desentrañar los auténticos problemas del mundo.
Además de todo lo dicho, considero pertinente recordar que tanto las consignas ideológicas como las líneas editoriales que tratan de blindarlas no se sostienen en el tiempo; caducan, porque son efímeras, transitorias… Cambian de rumbo -y de dirección- con mayor frenesí que un caballo desbocado. Parafraseando a G.K. Chesterton, no cambian de rumbo para ajustarlo al ideal, sino que optan directamente por cambiar el ideal. ¿Por qué se muestra una lealtad idolátrica hacia algo tan tornadizo e inestable? Detente, por unos instantes, a pensarlo…
Si los periodistas, un día, le dan una prioridad pseudorreligiosa a determinada enfermedad, a un incendio en el Amazonas o a la extinción de los canguros en Australia, dos semanas más tarde, se olvidarán de esto, para priorizar religiosamente una posible invasión extraterrestre o el advenimiento de un universo paralelo en el que todo se mueve al revés que en el nuestro, mientras que el público, en ambos casos, lo vivirá como si fuese su religión principal; y, así, sucesivamente… En otras palabras, las masas se desviven –con fe ciega, vehemente, irascible y combativa– por cosas que, transcurridos unos días, su locutor de radio y periódico de referencia van a enterrar en el olvido…
Lo mismo sucede con las ideologías: si determinada problemática es elevada –por unas élites partidistas– a la preocupación mundial y nacional, en cuanto deje de surtir efecto emocional en el «hombre-masa», se sacarán un nuevo conejo de la chistera… Para que lo defiendan con una fe pseudorreligiosa; y con un temperamento de lo más acalorado, además de maleducado. Vuelvo a parafrasear a G.K. Chesterton: no cambian de rumbo para ajustarlo al ideal, sino que optan directamente por cambiar el ideal.
En síntesis, muchos viven –y se desviven– a merced de las ideologías, es decir, de totalidades doctrinales elaboradas por personas que lo único que pretenden es ¡Tomarles el pelo! Además de extraer de ellos algún tipo de beneficio personal y egoísta; véase ¡Tomarles el pelo! ¿Por qué se rinde tantísima fidelidad «intelectual» ante la realidad que unos jetas y paniaguados construyen? Si lo pensásemos con parsimonia, llegaríamos a la conclusión de que carece de sentido.
Así pues, resulta patético que, una cosa que no le preocupaba a casi nadie, se transfigure en la preocupación mundial y nacional porque lo digan unos pseudointelectuales, políticos y periodistas que lo único que persiguen es vanagloriarse, ufanarse, ensoberbecer su ego, ensanchar los umbrales de su popularidad y nutrir sus bolsillos de billetes de quinientos euros por doquier.
Dicho esto, es preciso recordar que, por culpa de rendir pleitesía ante algo tan hueco –y tan estúpido– como una ideología, unos cuantos se muestren reacios a abrir las puertas de su corazón a alguien que trata de auxiliarles de manera desinteresada, amorosa, abnegada y sacrificada, como lo es el Papa León XIV; diametralmente lo contrario a los intelectuales ideológicos, ideólogos de partido y periodistas ideologizados, todos ellos movidos por el interés personal, el odio, el ego y el bienestar propio.
No olvidemos que el testimonio de Jesucristo es la prueba más colosal de defender el bien y la verdad de manera desinteresada, porque ¿Qué interés personal hay en morir crucificado? ¿Y qué interés personal anida en los corazones de Doce Apóstoles que predicaron una Palabra que les costó el aislamiento social e incluso el martirio? Además, ¿Acaso Su Santidad Papa León XIV, con sus dotes personales, prudencia y madera para caer bien, no hubiese llevado una vida más halagüeña de haber puesto sus talentos al servicio del escalafón empresarial? Detente, por unos instantes, a pensarlo…
Como colofón, considero imprescindible agregar que quienes han vertido desprestigio contra la Santa Madre Iglesia, aunque puedan albergar una parte de razón en cuanto la imperfección pecaminosa de sus representantes, no están libres de ego, desinterés, propaganda marrullera ni de afán de enriquecerse, lo cual tampoco les transfigura en prohombres verdaderamente fiables en sus postulados e intenciones. Detente, por unos instantes, a pensarlo…
¡Alza la mirada! Porque Jesucristo ha resucitado ¡En verdad ha resucitado!