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MI TORRE DE MARFILIgnacio Crespí de Valldaura

Pasajes de la Biblia: espectaculares coincidencias simbólicas y numéricas

La Cuaresma alberga una serie de coincidencias bíblicas estremecedoras que son, ni más ni menos, mensajes subyacentes de muerte y resurrección

Hay coincidencias entre diferentes pasajes de la Biblia que, a ojos de un ateo intelectualmente honesto, le podrían parecer arrolladoramente ingeniosas y con una carga simbólica de lo más estudiada; coincidencias que a cualquiera le deberían, como mínimo, estremecer de admiración (o de «remover» un poco, como dirían las lenguas modernas).

A modo de introducción, cabe destacar que la Cuaresma tiene una duración de cuarenta días (sin tener en cuenta los domingos), como una reviviscencia espiritual de los cuarenta días que pasó Jesucristo en el desierto antes de ejercer su ministerio público; ello en aras de entrar en oración con el Padre antes de enfrentarse a su Pasión, muerte y Resurrección, para entrar en contacto con Él a través del ayuno, del silencio y de la superación de toda tentación infligida por el maligno. Aquí, queda demostrado que rezar, véase hablar con el Señor en el silencio, ha de ser el motor principal de nuestras acciones, aquello que las dota de un sentido puro y verdadero.

Pues bien, esta jornada de cuarenta días en el desierto atesora varias coincidencias bíblicas dignas de encomio y mención: los cuarenta días que duró el diluvio en tiempos de Noé; los cuarenta días de ayuno del profeta Elías rumbo hacia el monte Horeb; los cuarenta días que pasó Moisés en el Sinaí; y los cuarenta años del pueblo de Israel en el desierto anteriores a su entrada en la Tierra Prometida.

Con estos datos encima de la mesa, es preciso subrayar que, además de la relación numérica de estos sucesos con los cuarenta días que pasó Jesús en el desierto, existe una analogía simbólica y anticipatoria -véase profética- que no puede pasar inadvertida.

Por un lado, los cuarenta días de diluvio en tiempos de Noé representan la purificación a través del agua, algo íntimamente ligado con el motivo del ayuno, del silencio y de la superación de la tentación propios de los cuarenta días de Cristo en el desierto, actos de sacrificio reparador de los que Jesús se sirvió para redimirnos.

Por otra parte, no olvidemos que el pueblo de Israel faltó a su promesa durante su estancia de cuarenta años en el desierto, algo que hace plausible que Cristo redimiese ese pecado mediante su sacrificio reparador de pasar cuarenta días en el desierto (a través de su ayuno, silencio y superación de la tentación).

En lo concerniente a que el profeta Elías se adentrase cuarenta días en el desierto rumbo hacia el Monte Horeb, creo que se nos hace más evidente la relación simbólica y profética con la estancia de Jesús en el desierto durante cuarenta días; y con el hecho de que Moisés pasase cuarenta días en el Sinaí, también.

Abordadas las relaciones -simbólicas y numéricas- entre los pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento con respecto a la Cuaresma, voy a hacer hincapié en una profecía de lo más explícita, que anticipa aquello que celebramos en Pascua de Resurrección.

Es imprescindible incidir en la relación que hay entre los tres días que tardó Cristo en resucitar con los tres días que se le dio al profeta Jonás por muerto tras ser engullido por aquella ballena, para volver a la vida después de ser liberado de sus entrañas al tercer día. A través de esta analogía, podemos percibir en el Antiguo Testamento un adelanto inequívoco de lo que se nos reveló en el Nuevo que ocurriría. En otras palabras, además de los números, coinciden los mensajes subyacentes de muerte y Resurrección.

No olvidemos que el profeta Jonás se arrojó al mar para enmendar su negligencia de haberse quedarse dormido en un momento crucial para la salvación del pueblo de Nínive, y que, por consiguiente, decidió morir a sí mismo, para, tres días más tarde, resucitar remolcado por la misericordia de Dios. Por esto, digo que, además de los números, coinciden los mensajes subyacentes de muerte y Resurrección.

Esto, para más inri, está explícitamente revelado en el Evangelio según San Mateo (12, 39-41). El fragmento que lo recoge reza así: «Esta generación malvada y adúltera reclama un signo, pero no se le dará otro que el del profeta Jonás. Porque así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del pez, así estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra tres días y tres noches. El día del juicio, los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación y la condenarán, porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay alguien que es más que Jonás».

La simbología de todo esto me parece, como mínimo, espectacular; además del inquietante tino con el que encajan todas las piezas…

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