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Ignacio Crespí de Valldaura

Gurús que creen que sus «recetas mágicas» siempre funcionan

Estamos llamados a predicar la Buena Nueva y a socorrer al prójimo, pero pienso que no hemos de caer en la tentación de confeccionar listas de «fórmulas milagro» para encauzar la vida de los demás

Hace escasos días, vi que un medio de comunicación publicó la siguiente cita de Carl Jung: «El zapato que le queda bien a una persona le aprieta a otra; no existe una receta para vivir que funcione en todos los casos».

A ver, sí que considero que existen «recetas» (aunque yo utilizaría otra palabra) para vivir de alcance universal, pero le doy la razón a Carl Jung en el sentido de que creo que hay muy -pero que muy- pocas. Como católico devoto, puedo decir que abrazar los Dogmas Marianos, los Diez Mandamientos, la Palabra de Dios, la doctrina del Catecismo de la Santa Madre Iglesia, el amor a Dios y al prójimo, el ansia por hacer el bien y por encontrar la verdad sí que, al asumirlos como propios, siempre van a redundar en nuestro beneficio espiritual; además de resultar imprescindibles para allanar nuestro camino de salvación.

Ahora bien, sí que le doy la razón a Carl Jung en tanto en cuanto los caminos del Señor son inescrutables y, por consiguiente, la manera de encauzar la vida de fe -y la vida en general- de cada uno es diametralmente distinta; siempre que comulguemos con los parámetros mínimos esbozados en el párrafo anterior, naturalmente.

Intoxicado por esa pulsión -tan palpitante en la sociedad de nuestro tiempo- de encontrar «la formulita» para superar mis problemas, he llegado a creer que lo que me sirvió a mí siempre le iba a ser de utilidad a otros; y tras madurar en mi vida espiritual (y en mi vida en general), me he ido dando cuenta de que no podemos robotizar a las personas con un vademécum de «recetas mágicas».

En resumen, estamos llamados a predicar la Buena Nueva y a socorrer al prójimo, pero pienso que no hemos de caer en la tentación de confeccionar listas de «fórmulas milagro» para encauzar la vida de los demás. ¿Existen verdades universales? Sí. ¿Hay cosas objetivas e irrefutables? Sin lugar a duda; pero no podemos alumbrar un método infalible -ni imbricar una floresta de «pasitos a seguir» dentro de un código militar- para que el prójimo discierna con lucidez sobre su misión en la vida.

Dicho esto, considero que la cita de Carl Jung estampada al principio de este artículo aborda una cuestión interesante; pero, también, creo que hay que cogerla con pinzas y analizarla con bisturí; para, así, separar el trigo de la cizaña que pueda germinar a raíz de dicha frase.

Prosigo con mi disertación: estoy hastiado de ver cómo determinados «gurús» nos exponen -con el rostro iluminado- sus antídotos para superar los obstáculos que nos ofrece la vida. En calidad de persona de vientre oblicuo y adiposo, he de reconocer que me hierve la sangre cada vez que alguien -bastante más raquítico que yo, por cierto- me da directrices de lo que tengo que hacer para perder peso. Verbigracia, me enervan las arengas de aquellos «startuppers exitosos» que nos aconsejan a los demás su decálogo para volvernos millonarios, como si las circunstancias y los problemas de cada uno fuesen los mismos, y como si ellos estuviesen donde están nada más que por la infalibilidad de sus estrategias.

Más ejemplos: por un lado, se encuentran aquellos que están sumamente convencidos de que, para conseguir algo, uno lo que tiene que hacer es obsesionarse con su objetivo y poner absolutamente toda la carne en el asador, sin hacer un juego de equilibrios, enarbolando el lema la revolución americana, ese que dice: «a grandes problemas, grandes soluciones»; por otra parte, están quienes piensa diametralmente lo contrario, es decir, que las cosas se logran sólo y exclusivamente haciendo muy poco y siendo constantes en ello (lo que, en la jerga «cosmo-fashion», se conoce como el método «kaizen»); y, ahora, viene mi veredicto: ambos modus operandi funcionan dependiendo de la materia a tratar, de las circunstancias personales de cada uno y de la manera de ser de la persona en cuestión.

En mi caso, verbigracia, me es muy útil avanzar -con bastante constancia- a base de pequeños pasos a la hora de enriquecer mi vocabulario, adquirir conocimientos filosóficos y perseverar en mi sabiduría teológica; pero, si quiero perder veinte kilos, necesito hacerlo de una atacada, véase a matacaballo y a machamartillo. Así pues, cada cual es un mundo, por lo que recomiendo tratar de conocerse más a uno mismo e identificar qué es lo que más fructífero le resulta en cada órbita de la realidad.

Podría esgrimir ejemplos al respecto a espuertas y raudales, pero creo que mis agudos lectores ya han podido percatarse de lo que estoy tratando de comunicarles.

Antes de terminar, me gustaría ponerme mi toga de filósofo escolástico, para culminar este escrito con una disertación sobre las causas intelectuales de este fenómeno -por no decir, «extravío»- tan inveterado en la sociedad de nuestro tiempo.

Lisa y llanamente, creo que el ansia de perseguir «la receta» o «la formulita» para solucionar todos nuestros problemas tiene su origen en el racionalismo de la época moderna, el cual pretendía -en palabras de un profesor que tuve en la universidad- «matematizar la realidad», a base de pretender que todas las cosas se pudiesen resolver con una fórmula científica o matemática, como si la conducta humana se pudiese controlar con unas leyes tan irrefutables como las de la física. De esto, se desprende la mala costumbre de divulgar la frase hecha cuyo contenido se cumpla en todos los supuestos, y de ir detrás del método infalible para adelgazar, para ser mejor en los negocios, para construir el sistema político ideal que ponga fin a todas las injusticias; etcétera, etcétera, etcétera…

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