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MI TORRE DE MARFILIgnacio Crespí de Valldaura

¿El 'esnoblisment' domina el mundo? El esnobismo del hortera sofisticado

Parece que la ética está curvada ante la estética, véase postrada de bruces ante la imagen que proyectamos hacia fuera; y alguien ha dictado que dicha reputación ha de tener cierta tonalidad moderna y colorida

Hace más de un lustro, alumbré un neologismo conocido como ‘esnoblishment’, orientado a retratar ese esnobismo al servicio del ‘establishment’ hortera, véase aquel elitismo esnob -sine nobilitate, sin nobleza- que abjura de la tradición, pero sin renunciar a ser élite; a esa élite encubierta bajo «los barnices pálidos» (como diría Shakespeare) de una modernidad molona y rebosante de color, policromática, aureolada con luces de neón, ‘trendy’, ‘fashion’, ‘chic’, arrolladoramente ‘sexy’ y muy -pero que muy- ‘cosmopaleta’.

En síntesis, el vocablo ‘esnoblishment’ es el resultado de una mezcolanza etimológica entre las palabras ‘establishment’ y ‘esnob’, y que ha sido forjado con una intención clarividente: desvelar que todo está dominado por un ideal estético que resulta más comercial que seducir a través de lo ético, en base al cual el poder establecido (‘el establishment’), de corte progre-liberal, se sirve del esnobismo de lo moderno, colorido y molón (‘cool’, ‘chic’, ‘trendy’ y ‘fashion’) para que todo el mundo se acabe arrodillando ante su estilo. En otras palabras, se trata de una táctica estética para instaurar su ética; es decir, una manera más atractiva a nivel publicitario y propagandístico de inocularnos sus ideas y su filosofía de vida; y, además, de forma subliminal, soterrada, subrepticia, opaca, sin que nos demos cuenta, sin que percibamos sus intenciones.

Una manifestación ilustrativa de lo que acabo de exponer: parece que, hoy en día, lo primordial es que todo lo que hagamos, digamos y publiquemos -en redes sociales- sea ‘trendy’, es decir, tendencioso, moderno y ‘chic’ al mismo tiempo; en román paladino, lo importante es que esté de moda y que tenga una impronta ‘fashion’, en aras de parecer que somos «normales». Me da la sensación de que salirse de los umbrales de «la normalidad» es uno de los pecados capitales de nuestro tiempo.

Por ejemplo, elegimos a un líder político más su apariencia acrisolada que por el ideario que defiende; y, también, en función de si es alguien que goza de una buena imagen entre las personas de nuestro entorno. Verbigracia, vamos a los restaurantes más movidos por si es el sitio de moda que por si realmente nos gusta lo que nos van a servir en la mesa. Vemos tal o cual serie más influenciados por si la han visto nuestros coetáneos que por si verdaderamente es de nuestro agrado. Nos vestimos de una u otra manera espoleados por la preocupación de si nos hacer brillar en nuestro ambiente. En multitud de grupos de amigas, se da la casualidad de que se casan dos y que, por arte de birlibirloque, a otras tres les piden matrimonio escasos meses más tarde; luego, nos llevamos las manos a la cabeza por el estrepitoso número de divorcios. Etcétera, etcétera, etcétera…

En definitiva, parece que la ética está curvada ante la estética, véase postrada de bruces ante la imagen que proyectamos hacia fuera; y alguien ha dictado que dicha reputación ha de tener cierta tonalidad moderna y colorida, fresca, «oxigenada», adaptada a los cánones «del siglo XXI». Un espectro -invisible- ha decidido que «lo normal» y «lo moderno» tienen el deber de caminar juntitos de la mano.

Esto, también, goza de un exceso de predicamento en el mundo del marketing. Parece que un legislador invisible ha decretado que toda campaña publicitaria, publicación en redes sociales, fotografía, vídeo o podcast tenga que ser, a la fuerza, moderna, ‘chic’, ‘trendy’, ‘fashion’… Es anatema intentar comunicarle algo a los demás si no pasas por el tamiz de esta normativa inapelable. Un examinador intangible lo ha ordenado y te suspenderá si no acatas sus órdenes.

Esta vez, puedo confiar en que mis venerables lectores habéis entendido -sin mácula de error- lo que estoy tratando de decir; de hecho, vivimos bombardeados, las veinticuatro horas del día, por esta realidad. Ahora bien, es posible que más de uno discrepéis de la conclusión a la que voy a llegar a continuación, que es que unas élites de corte progre-liberal están sacando rédito de este caldo de cultivo. En mi modesta opinión, tiene bastante lógica: si predicas o practicas el liberal-progresismo, es razonable -aunque yo esté en contra- que aproveches un clima en el que lo moderno, molón y colorido estén «en la pomada» para fomentar un modus vivendi alejado de la Santa Tradición.

De hecho, hay un fenómeno social indiscutible -apodíctico, irrefutable- que coadyuva a respaldar mi teoría, que es el de que los defensores de la Santa Tradición, precisamente, nos hemos visto compelidos a jugar con sus mismas cartas. Es innegable los frutos que está dando el valernos de una estética -véase imagen- más moderna, molona y colorida (‘fashion’, ‘trendy’ y ‘chic’) para convencer a miles -por no decir, millones- de católicos a que vuelvan al redil.

A la sazón, se nos presenta un gran dilema, que es el de que la estética nos lleve a reconciliarnos con la rectitud ética -y espiritual- o que la estética termine por devorar a la ética -y espiritualidad- católica. En esto último, es en lo que no tenemos que caer; y, si tan solo surte efecto lo primero, por mi parte, bienvenido sea.

Yo me muestro partidario, aunque no forme parte de mi estilo, de jugar esta baza, pero siempre con prudencia y templanza, con cuidadosa rectitud u ortodoxia, con un talante respetuoso y cauteloso, además de precavido, diligente, próvido y solícito; y, sobre todo, con un objetivo meridiano: que sirva como puerta de entrada para reconciliar a las masas con la Santa Tradición, no para metamorfosear la Tradición Católica en modernidad desangelada y para despojar a nuestra fe de su halo de santidad.

Con esto, puedo dar por concluido el artículo; pero para los que estéis interesados en ahondar un poco más en la cuestión, voy a incorporar un puñado de párrafos adicionales.

A pesar de que, en este nuevo orbe de «nativos digitales», se haya potenciado el fenómeno descrito, existen multitud de precedentes históricos que arrojan luz sobre pareja realidad. La popularización de las vanguardias artísticas modernas, de la estética jipi, de las «chicas ye-yé» y del estilo garÇon son pruebas fehacientes - entre una kilométrica marabunta de ejemplos- de lo que he tratado de explicar. El dibujar lo progre como el summum de la modernidad molona y policromática no es un invento de nuestra época. El veneno del ‘esnoblishment’ es bastante longevo.

A su vez, esa inclinación -tan palpitante en la sociedad de nuestro tiempo- hacia el uso de un lenguaje ‘disruptivo’, como exhibición de frescura, modernidad y adaptación, también, tiene precedentes catalogados en los anales de la historia. George Orwell (1903-1950), en su celebérrima novela 1984, derramó toneladas de tinta para advertirnos de la tiranía de la nueva lengua (o neolengua). Antonio Gramsci (1891-1937), considerado como uno de los puntales de la «izquierda cultural», promovió que, para cambiar a la sociedad, era imprescindible dominar y alterar el lenguaje.

Hay un par de pensadores enclavados en la «izquierda cultural» que me hubiesen dado la razón en una parte de lo que he desarrollado en el artículo, aunque con enfoques muy dispares. Estos son Walter Benjamin (1892-1940) y Herbert Marcuse (1898-1979).

A juicio del primero, los escaparates urbanos, el consumo, las mercancías, el espectáculo y la fascinación visual adormilaban a la gente y la tenían mentalmente influenciada. Ahora bien, él lo veía como una consecuencia del capitalismo y del fascismo, y pretendía resolver este problema con una politización del arte, mientras que yo lo entiendo como un producto tanto del capitalismo, como del progresismo y como de la politización de la estética; es decir, como una fusión ecléctica de todos estos elementos, que atenta contra la tradición cristiana occidental; de ahí, que piense que manejen estos resortes unas élites de signo liberal-progresista, por aunar elementos tanto del liberalismo como del progresismo y por inyectar quimeras progres en «la ciudadanía» a través de instrumentos de índole capitalista. En resumen, si Walter Benjamin veía la salida en recetas de izquierda cultural, yo considero que dicho izquierdismo cultural es una causa de lo que él criticaba.

Herbert Marcuse, por su parte, sostiene, en su obra El hombre unidimensional, que el consumo masivo, el entretenimiento, la publicidad y el confort tecnológico provocan que muchas personas acepten el orden social impuesto sin rechistar; algo que tiene relación con una asociación que he hecho en renglones anteriores, la cual consiste en relacionar la aceptación de lo que prolifera en redes sociales y de lo que ponen de moda con «la normalidad», con el hecho de ser visto como «una persona normal». Ahora bien, él bosquejó una solución de izquierda cultural al problema (que no comunista al estilo soviético, ojo, con el que, también, fue muy crítico), mientras que mi manera de solventarlo es de corte escolástica, católica.

Venerable lector, antes de que te sirvan un gintonic en una copa de balón, observa que no esté mezclado con el jarabe del ‘esnoblishment’. Es una pócima sabrosa, pero viscosa, además de perniciosa.

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