Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón
La mansedumbre y la humildad pueden parecer virtudes pequeñas, pero poseen una enorme fuerza transformadora. Son las virtudes del corazón de Cristo
«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón». Resulta llamativo que, cuando Jesús nos quiere contar lo que sucede en su propio corazón, no habla de fuerza, poder, sabiduría o de sus milagros. El Señor se define a sí mismo como manso y humilde. Y nos pide que aprendamos precisamente esas dos virtudes.
Vivimos en una sociedad que admira la potencia y la destreza, el éxito y la capacidad de imponerse sobre los demás. Los personajes más visibles suelen ser quienes hablan más alto, quienes responden con mayor dureza o quienes consiguen dominar a otros. La agresividad parece haberse convertido en una forma de prestigio. Las redes sociales, la política y muchas veces la propia vida cotidiana están llenas de enfrentamientos, descalificaciones y juicios implacables.
Por eso las palabras de Cristo resultan tan actuales.
La mansedumbre no consiste en la debilidad ni en la pasividad. El hombre manso no es el que renuncia a la verdad ni el que se resigna ante la injusticia. La mansedumbre es la capacidad de gobernar la propia ira. Es la fuerza interior que impide que el mal ajeno provoque en nosotros otro mal.
Todos llevamos dentro una tendencia a la ira. El pecado original ha dejado en el corazón humano una inclinación a reaccionar con violencia, exterior o interior, cuando las cosas no suceden como esperamos. A veces esa violencia se manifiesta en palabras hirientes o en gestos de desprecio. Otras veces permanece dentro de nosotros, convertida en resentimiento, irritación o juicio constante hacia los demás.
La persona mansa es aquella que no se altera fácilmente, que no se descuaderna interiormente ante las debilidades ajenas, que sabe mirar las limitaciones de los demás sin perder la paz. Puede corregir sin humillar, sufrir sin odiar y afrontar las dificultades sin dejarse dominar por el enfado.
Sin embargo, la verdadera raíz de la mansedumbre es la humildad. Nos enfadamos muchas veces porque nos creemos superiores. Nos irritan los defectos ajenos porque olvidamos los propios. Juzgamos con dureza porque pensamos que nosotros nunca actuaríamos de la misma manera.
La humildad cristiana consiste en reconocer que todo es un don. Lo bueno que hay en nuestra vida procede, en último término, de la gracia de Dios. Nuestra fe, nuestra fidelidad, nuestras virtudes o nuestros talentos no son méritos exclusivamente nuestros. Son regalos recibidos. Si el Señor no nos sostuviera cada día con su misericordia, quizá caeríamos en las mismas debilidades que criticamos en los demás.
Por eso el humilde no se considera mejor que nadie. Sabe que comparte la misma condición humana y que todos necesitamos ser salvados.
En un tiempo que admira a los poderosos que se imponen y triunfan aplastando a otros, los cristianos estamos llamados a mostrar otro camino. La mansedumbre y la humildad pueden parecer virtudes pequeñas, pero poseen una enorme fuerza transformadora. Son las virtudes del corazón de Cristo.
Quizá el mayor testimonio que hoy puede ofrecer un creyente sea precisamente éste: conservar la paz cuando otros se enfadan, comprender cuando otros juzgan y recordar, ante las propias virtudes y las ajenas debilidades, que todo es gracia y que todos vivimos de la misericordia de Dios.