Un Dios tan grande que se hace pan
Tenemos un Dios tan grande que puede hacerse muy pequeño, tan poderoso que puede hacerse frágil y tan libre que acepta encerrarse voluntariamente por amor a nosotros
La solemnidad del Corpus Christi nos invita a contemplar uno de los misterios más sorprendentes de la fe cristiana: tenemos un Dios tan grande que puede hacerse muy pequeño, tan poderoso que puede hacerse frágil y tan libre que acepta encerrarse voluntariamente por amor a nosotros.
A lo largo de la historia, los hombres han imaginado a Dios como alguien lejano, inaccesible y rodeado de majestad. Sin embargo, Jesucristo rompe todos nuestros esquemas. El mismo Dios que creó el universo, el que sostiene la existencia de todas las cosas, decide permanecer oculto bajo la apariencia humilde de un poco de pan y de vino. La grandeza divina se manifiesta precisamente en esa capacidad de abajarse sin perder nada de su gloria.
La Eucaristía no es un simple recuerdo de la Última Cena ni un símbolo destinado a despertar sentimientos religiosos. Es el gran regalo que Cristo deja a la humanidad después de su pasión, muerte y resurrección. En cada celebración de la Santa Misa se actualiza sacramentalmente el único sacrificio de la cruz. No se repite el sacrificio, sino que se hace presente para cada generación y para cada persona.
Por eso, la Eucaristía constituye la expresión más grande del amor de Jesucristo. Después de entregar su vida por nosotros, no quiso abandonarnos. Encontró el modo de permanecer para siempre junto a los hombres de todos los tiempos. Quiso que pudiéramos participar de su entrega redentora, recibir los frutos de su pasión y vivir unidos a Él hasta el final de nuestra peregrinación terrena.
En el discurso del Pan de Vida, Jesús insiste una y otra vez en que Él es el alimento que da la verdadera vida. El ser humano necesita mucho más que el sustento material. El corazón tiene hambres que ningún éxito, riqueza o reconocimiento pueden satisfacer. Necesitamos ser alimentados espiritualmente para no desfallecer en el camino. La Eucaristía es ese alimento que fortalece nuestra esperanza, sostiene nuestra fe y aviva nuestra caridad.
Además, Cristo no se ofrece como alimento para los fuertes que creen bastarse a sí mismos, sino para los débiles que reconocen su necesidad. Comulgar significa admitir que no podemos llegar solos a la meta. Necesitamos la ayuda de Dios para caminar, levantarnos después de las caídas y perseverar en medio de las dificultades. El Pan del Cielo es el alimento de los peregrinos, de quienes avanzan con humildad sabiendo que la gracia es indispensable.
La fiesta del Corpus culmina habitualmente con la procesión eucarística. Después de la Santa Misa, el Señor sale a nuestras calles y plazas para recordar que desea acompañar la vida cotidiana de los hombres. Y cuando permanece en el sagrario, continúa esperando silenciosamente a cada persona. Allí está para escuchar, comprender, consolar y sostener. Allí permanece el Dios que quiso hacerse pequeño para estar cerca de nosotros.
Ante el Corpus Christi, la respuesta más adecuada es la adoración agradecida. Porque quien contempla este misterio descubre que el amor de Dios no conoce límites y que Cristo sigue caminando con nosotros bajo la humilde apariencia del Pan de Vida.
Jesús Higueras es el párroco de Santa María de Caná, en Pozuelo de Alarcón (Madrid)