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HOY ES DOMINGOJesús Higueras

Dios no es un ser solitario

Celebrar la Santísima Trinidad no significa resolver un problema matemático sobre cómo pueden ser tres y uno al mismo tiempo. Significa contemplar que el origen último de todo cuanto existe es el amor

La solemnidad de la Santísima Trinidad nos invita a contemplar el misterio más profundo de la fe cristiana: la intimidad misma de Dios. Y quizá lo primero que descubrimos al asomarnos a ese misterio es algo que rompe muchas imágenes falsas que el ser humano ha proyectado sobre Él. Dios no es un ser solitario, aislado en una eternidad vacía, que crea el mundo por necesidad, aburrimiento o simple deseo de compañía. En el corazón de Dios ya existe desde siempre una plenitud absoluta de vida y de amor.

Cuando pronunciamos los nombres de Padre, Hijo y Espíritu Santo, no estamos usando símbolos poéticos ni metáforas lejanas. Estamos confesando que Dios es comunión. En Él existen relaciones reales y eternas de conocimiento y de amor. El Padre ama al Hijo, el Hijo vive vuelto hacia el Padre y el Espíritu Santo es el vínculo vivo de ese amor infinito. Dios no es soledad: Dios es familia, encuentro, donación mutua.

Por eso el cristianismo no cree en una divinidad fría o impersonal. El Dios revelado por Jesucristo conoce, ama, habla, escucha y se entrega. Esa es su identidad más profunda. La Trinidad nos enseña que el amor no es algo que Dios hace de vez en cuando; el amor es lo que Dios es eternamente. Toda la creación nace precisamente de esa sobreabundancia de amor que existe en su interior.

Y aquí aparece una consecuencia decisiva para nuestra propia vida. El libro del Génesis afirma que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Si Dios fuera un ser cerrado sobre sí mismo, entonces la plenitud humana consistiría en el individualismo, en la autosuficiencia o en vivir únicamente para uno mismo. Pero si Dios es Trinidad, entonces el ser humano solo alcanza su identidad cuando aprende también a vivir en relación.

Hemos sido creados para el encuentro. Necesitamos amar y ser amados. Necesitamos salir de nosotros mismos. El egoísmo puede proporcionar una satisfacción inmediata, pero termina encerrando el corazón y empobreciendo la existencia. En cambio, quien vive pensando en los demás, quien se entrega, quien sabe compartir su tiempo, su escucha, su paciencia y su vida, comienza a parecerse al mismo Dios.

La Santísima Trinidad ilumina también muchas heridas del mundo actual. Vivimos en una sociedad que, a pesar de estar hiperconectada tecnológicamente, experimenta cada vez más soledad, aislamiento y dificultad para establecer vínculos verdaderos. Muchas personas viven rodeadas de información, pero faltas de comunión. Precisamente por eso la fiesta de hoy resulta tan actual. El ser humano no está hecho para vivir encerrado en sí mismo, sino para construir relaciones verdaderas basadas en el amor y en la entrega.

Cada familia unida, cada amistad sincera, cada acto de servicio silencioso y cada reconciliación son un pequeño reflejo de la Trinidad. Allí donde alguien sale de sí mismo para amar, Dios se hace visible.

Celebrar la Santísima Trinidad no significa resolver un problema matemático sobre cómo pueden ser tres y uno al mismo tiempo. Significa contemplar que el origen último de todo cuanto existe es el amor. Y significa recordar que la plenitud del ser humano no se encuentra en poseer más, imponerse más o aislarse más, sino en aprender a amar como ama Dios: viviendo para los demás.

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