Los pastos
«Los recursos -por muchos que haya- se demuestran insuficientes para combatir las llamas»
Los pastos son siempre una molestia. Ya sea en solares, en alcorques, en las cunetas o a campo abierto suponen no sólo un riesgo potencial de incendio sino de molestias más variadas, sobre todo en el ámbito urbano por la fauna de todo tipo que concentran.
Este verano estamos sufriendo las consecuencias de un invierno rico en lluvias como no se recordaba. Ante esta situación lo normal es que la vegetación campee por sus anchas y que con la llegada del calor aquello se convierta en un almacén de combustible de excelente calidad. Como se veía venir, desde diversas administraciones se actuó hasta donde se pudo pero si se mira bien se comprueba que aún quedan grandes reservas de yesca que ponen los pelos de punta a cualquiera.
Esto hace que los incendios forestales suban de generación cada verano. El volumen del combustible los hace cada vez más agresivos e inatacables. Los recursos -por muchos que haya- se demuestran insuficientes para combatir las llamas.
Un ejemplo de esta proliferación vegetal lo tenemos en el cauce del Guadalquivir a su paso por Córdoba. Quienes ya peinan canas recuerdan sus orillas limpias de vegetación, dispuestas a minimizar los graves efectos de una riada.
En esos tiempos, también se veía una estampa que fue muy aplaudida cuando se eliminó. Era frecuente ver ovejas y vacas en la orilla del río, junto a murallón que no sólo limpiaban la vegetación sino que también suponían una gran molestias para la población. Y también lo hacían en la sierra y en la periferia de la ciudad. Había vaquerías en el Campo de la Verdad, sí, pero también junto al Parque Figueroa y al Hospital Reina Sofía, cuyos olores nauseabundos entraban sin reparo en las habitaciones de los enfermos.
Hace una treintena de años que afortunadamente desapareció esa estampa que se mantenía como imagen de una ciudad que había que superar y poner al día. En estas tres décadas, además, ha crecido la denominada legislación ambientalista hasta tal punto que dentro de poco prohibirán a los humanos expeler metano en plena naturaleza. También, se ha demonizado el glifosato como solución eficaz, algo en lo que algunos países han comenzado a recular en esta prohibición que tiene mucho de ideológica.
Todo este panorama nos ha llevado a la situación actual, donde el miedo a los incendios forestales ocupa una de las primeras posiciones en las preocupaciones de la sociedad española. Es lógico. Todos estos cambios se han ido sucediendo con normalidad, sin prever las consecuencias que podían traer en un futuro. Había que hacerlos pero, a lo mejor, había que hacerlo de otro modo, sin tanta rigidez, pensando en lo que podía pasar el día de mañana, que es hoy.