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Una capilla particular descubierta por la policía durante la persecución religiosa en México.

Una capilla particular descubierta y profanada por la policía durante la persecución religiosa en MéxicoColección Archivo Casasola

31 de julio de 1926: El día en que callaron las campanas y quedaron vacíos todos los sagrarios de México

La «Ley Calles» impedía ejercer su ministerio a los sacerdotes extranjeros, prohibía el traje talar y disolvía las órdenes religiosas en un país con un 97% de católicos

«Se cerró el templo, el sagrario quedó desierto, quedó vacío, ya no está Dios ahí, se fue a ser huésped de quien gustaba darle posada ya temiendo ser perjudicado por el gobierno», se lee en un testimonio manuscrito citado por el historiador Jean Meyer en el primer tomo de La Cristiada, obra fundamental para comprender la Guerra Cristera, y que recoge David Ramos en ACI Prensa.

El 31 de julio de 1926 entraron en vigor las reformas del Código Penal en materia de culto religioso, que imponían severas restricciones a la vida de la Iglesia. Seis días antes, el 25 de julio, los obispos mexicanos habían anunciado que, a partir del 31 de julio, se suspendería, «en todos los templos de la República, el culto público que exija la intervención del sacerdote, ya que es el único medio del que disponemos al presente para manifestar nuestra inconformidad».

La ley, que prohibía, entre otros puntos, el culto fuera de los templos y el uso de vestimenta religiosa en público, impedía ejercer su ministerio a los sacerdotes extranjeros y disolvía las órdenes religiosas, sería conocida como «Ley Calles», por su principal promotor, Plutarco Elías Calles, entonces presidente de México.

«Ya no se oyó el tañer de las campanas que llaman al pecador a que vaya a hacer oración», continúa el testimonio recogido por Meyer. «El pueblo estaba de luto, se acabó la alegría, ya no había bienestar ni tranquilidad, el corazón se sentía oprimido», prosigue.

A cien años de aquella jornada, el P. Rafael Becerra, estudioso de la vida del beato Anacleto González Flores, uno de los mártires de la persecución religiosa en México, describe la suspensión del culto como «una verdadera tragedia para el pueblo mexicano». «Aquello representó una profunda ruptura en su vida cotidiana y en su imaginario religioso. Era algo impensable, incluso después de varios años de tensiones y persecución», dijo a ACI Prensa el sacerdote.

«Como arrancarle el corazón»

De acuerdo con el censo de 1921, de los poco más de 14 millones de habitantes de México alrededor del 97 % se reconocían católicos. La población, explicó Becerra, «vivía una piedad popular profundamente arraigada y comprendía la existencia a la luz de la fe», por lo que «suspender el culto público significaba arrebatarle al pueblo lo más preciado». «Era como arrancarle el corazón: impedirle el acceso ordinario a los sacramentos y a la comunión con el Dios que lo comprende, lo ama y lo salva», añadió.

El P. Becerra, actual párroco de Our Lady of Guadalupe en Helotes, Texas (Estados Unidos), recordó que «durante los días anteriores a la suspensión, y de manera especial el 31 de julio, multitudes de laicos acudieron a los templos para recibir los sacramentos por última vez». «Los católicos buscaron la confesión, la Eucaristía, el bautismo para sus hijos y la celebración de matrimonios que, en muchos casos, fueron adelantados», señaló, y subrayó que, para los mexicanos, «quedarse sin misa y sin sacramentos era experimentado como una forma de muerte espiritual».

Pero la funesta «Ley Calles» sería solo el principio. Según la Conferencia del Episcopado Mexicano, la Guerra Cristera y la persecución religiosa de inicios del siglo XX dejó «más de 200.000 mártires que entregaron sus vidas defendiendo su fe: Niños, jóvenes, ancianos; campesinos, obreros, profesionistas; sacerdotes, religiosos laicos».

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