La gesta de la Cristiada
Cien años de la Cristiada: cuando México prefirió la guerra antes que renunciar a Dios
El levantamiento armado contra la persecución religiosa de Plutarco Elías Calles recuerda la vigencia de una herida que marcó la historia del país y el legado de más de 200.000 católicos que perdieron su vida en defensa de la fe
no fue un simple conflicto de principios del siglo XX: la Guerra Cristera, o la Cristiada, fue la guerra religiosa más dramática, sangrienta y desconocida de la historia de América, resultado de un Estado que buscaba la secularización forzosa y de una sociedad que se negó a que le extirparan su identidad católica.
Cien años después de que los primeros campesinos y guerrilleros se lanzaran al monte, el episodio sigue siendo la herida más profunda en la historia moderna de México. Aquel episodio no nació de la improvisación ni del fanatismo, sino de un marco legal claramente definido: la Constitución de 1917, que sentó las bases de la persecución religiosa que marcaría a México durante décadas.
El padre Francisco Vera antes de ser fusilado
Aquel texto legal incorporó artículos anticlericales diseñados para someter a la Iglesia al control absoluto del Estado– a imitación de la imposición de los principios anticlericales de la Revolución Francesa–prohibiendo a las instituciones religiosas dirigir escuelas, eliminando las órdenes monásticas y despojando a los templos de su capacidad legal para poseer bienes.
La situación alcanzó su punto de ruptura en 1926, cuando el presidente Plutarco Elías Calles promulgó la ley que lleva su nombre, una reforma penal que prohibía a los sacerdotes vestir sotana en público y expulsaba a los clérigos extranjeros, limitando drásticamente el ejercicio del culto.
Ante el asedio legal y para evitar «todo acto que pudiera significar o ser interpretado por los fieles como una aceptación de la ley misma», la respuesta de la Iglesia fue una medida sin precedentes: el 31 de julio de 1926 se suspendió el culto público en todo el país, tras el rechazo de la Santa Sede a la Ley Calles. El historiador Jean Meyer, máximo experto en el movimiento cristero, explica a Aciprensa que sería precisamente esta «suspensión de los servicios religiosos» lo que marcó el inicio de la contienda armada, una lucha que brotó desde el corazón del pueblo y el campesinado de estados como Jalisco, Guanajuato y Michoacán.
Cristeros, durante la celebración de la Santa Misa
«¡Viva Cristo Rey!»
Aunque la jerarquía eclesiástica predicó inicialmente una resistencia pacífica, el gobierno puso en marcha una política sistemática de arrestos e intimidación que pronto escaló hacia las ejecuciones y una represión abierta y violenta por parte del Ejército que hizo desbordar el sentimiento popular.
Fue «el pueblo, ‘el indio’», quien reaccionó, señala el historiador, y lo hizo de manera violenta porque «la Iglesia era más que un edificio de piedras apiladas y el sentimiento popular había sido tocado en lo más profundo, ya que lo profano y lo sagrado están inextricablemente entrelazados».
De esa fractura, el pueblo empezó a armarse de forma espontánea y aparecieron las primeras guerrillas que se lanzarían al combate al grito de «¡Viva Cristo Rey!». No los movía una elaboración teológica ni grandes distinciones doctrinales, sino —como explica a Aci Prensa el obispo Pedro Pablo Elizondo Cárdenas— «era algo del corazón y del sentimiento religioso, del amor a su fe».
200.000 vidas por la fe
En el fragor de la batalla y el paredón surgieron figuras que hoy son pilares de la devoción mexicana. El laico Anacleto González Flores, apodado el «Maestro Cleto», lideró la resistencia pacífica antes de su martirio, mientras que el joven José Sánchez del Río o Joselito, como le llaman en tierras mexicanas, con apenas 14 años se unió a la causa convencido, como explicó a su madre, de que «nunca había sido tan fácil alcanzar el cielo como ahora, y no quiero perder la oportunidad»
Joselito fue sometido a torturas extremas: le cortaron las plantas de los pies, lo desollaron y lo golpearon con saña. Además, le quitaron los zapatos y lo obligaron a caminar descalzo mientras la sangre corría por sus pies. Durante un trayecto de diez calles, desde su parroquia hasta el cementerio —un calvario impuesto por sus verdugos—, José soportó insultos, amenazas y brutales golpes sin dejar de responder con el mismo grito: «¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!». El joven mártir mexicano fue canonizado el 16 de octubre de 2016, un evento que reunió en la plaza de San Pedro a cerca de ochenta mil personas.
También la imagen del jesuita Miguel Agustín Pro, fusilado con los brazos en cruz en 1927, se convirtió en uno de los emblemas más impactantes de la brutalidad de la represión y persecución. Se estima que esta lucha por la libertad religiosa costó la vida a más de 200.000 personas.
Miguel Agustín Pro, segundos antes de ser fusilado
México, un país marcado por la fe
La guerra terminó oficialmente en 1929 con los llamados «Acuerdos», pero la paz fue, para muchos, un espejismo. Aunque el gobierno de Emilio Portes Gil se comprometió a no aplicar las leyes persecutorias, no se realizó ningún cambio constitucional. Los registros históricos sugieren que murió más gente por represalias tras la firma de la paz que durante los propios combates, prolongándose la resistencia en una segunda etapa marcada por la precariedad y el abandono.
No fue hasta 1992 cuando México restableció formalmente las relaciones con la Santa Sede y reconoció la personalidad jurídica de la Iglesia. Aunque la persecución abierta quedó atrás, parte del marco legal nacido del anticlericalismo revolucionario sigue vigente: las leyes aún prohíben a los ministros de culto gestionar medios de comunicación y mantienen bajo propiedad nacional todos los templos construidos antes de 1992.
¿Hubo un ganador militar absoluto en esta guerra? La respuesta más sencilla sería hablar de una especie de 'empate', pero reducirlo a eso sería demasiado simplista. Lo que lograron los cristeros, al igual que los campesinos católicos de la región francesa de La Vendée, fue poner en jaque la propia supervivencia del proyecto revolucionario. Más allá de la derrota o victoria militar, los cristeros dejaron en evidencia la fuerza de la fe en México: pese a la persecución más violenta, la dimensión religiosa del país se manifestó con claridad, consolidándolo como uno de los países más católicos del mundo.
Los cristeros protagonizaron una resistencia épica contra un Estado totalitario surgido de la revolución. Campesinos y laicos lucharon hasta la muerte para defender lo que consideraban inviolable: su fe, expresada en el grito que los unía y los impulsaba a seguir adelante, «¡Viva la Virgen de Guadalupe! ¡Viva Cristo Rey!».