Miniatura del siglo XIV que muestra al cardenal Albornoz recibiendo las llaves de las ciudades italianas subyugadas
Gil de Albornoz, el cardenal español que reconquistó Roma para el Papa
Derrotó al rebelde prefecto de Roma en la batalla de Orvieto, que devolvió la capital de la cristiandad a la obediencia pontificia
Sobre la antigua ciudad de Spoleto se yergue una imponente fortaleza. La belleza de sus sólidas trazas compite con el atractivo paisaje que se divisa desde sus almenas. Su nombre no puede dejar indiferente al visitante español: la Rocca Albornoziana. Procede del cardenal español Gil de Albornoz. La construyó a mediados del siglo XIV, cuando era legado del Papa en los Estados Pontificios.
Una influyente personalidad española, de dimensión histórica europea. Nació en Cuenca en 1302, en el seno de una familia de influyente nobleza. Su padre fue tutor del Rey Alfonso XI y su madre perteneció a la poderosa familia aragonesa de los Luna.
Recibió una esmerada educación a caballo entre Castilla y Aragón. Su carrera como clérigo le llevó hasta la corte papal de Aviñón, entonces sede apostólica. Se distinguió como canonista, diplomático y administrador, lo que le abrió las puertas a las más altas magistraturas de la Iglesia.
Fue nombrado arzobispo de Toledo por Benedicto XII en 1338. Se trataba de una de las diócesis más ricas de la cristiandad. Realizó una profunda labor tanto administrativa como religiosa, especialmente con la imposición del respeto al celibato eclesiástico, bastante desatendido.
Demostró su temple y capacidad en el apoyo a la causa cristiana, en grave peligro por la acción de los musulmanes. Las reiteradas correrías de los benimerines habían puesto a Castilla contra las cuerdas. Albornoz movilizó hombres, recursos y relaciones para contrarrestar tan grave amenaza. Contribuyó así a la decisiva victoria en la batalla del Salado y a la recuperación de las estratégicas plazas de Algeciras y Tarifa.
Colaborador eficiente de su rey, Alfonso XI, participó en la elaboración y promulgación del Ordenamiento de Alcalá, base de la legislación española hasta el siglo XIX. La proximidad al monarca le perjudicó gravemente en el momento de la sucesión, dado el odio que su hijo Pedro I profesaba a todo lo relacionado con su padre. Tuvo que exiliarse a Aviñón en 1350.
El cardenal Gil Álvarez Carrillo de Albornoz
Se vivía entonces uno de los momentos más dramáticos de la historia de la Iglesia: el «exilio» de Aviñón. La humillación sufrida por Bonifacio VIII en Anagni a manos de los esbirros de Felipe IV de Francia había enfrentado a sus sucesores con el pueblo romano. La consiguiente inestabilidad sirvió de pretexto para trasladar el gobierno pontificio a la ciudad de Aviñón. La sumisión de los Papas a la monarquía francesa causó un grave escándalo en la cristiandad y una pérdida de autoridad que impedía el regreso del pontífice a su sede romana.
Albornoz fue recibido con todos los honores por el Papa Clemente VI, que vio en él la persona adecuada para dirigir la campaña que se estaba preparando para restablecer la autoridad eclesiástica. Nombrado legado pontificio, fue enviado a Italia a la cabeza de un pequeño ejército. Una tarea que iba a ocupar lo que le quedaba de vida.
La situación no podía ser peor. Las familias nobles se habían transformado en una mezcla de tiranos locales y salteadores de caminos. Por doquier, los más violentos campaban por sus respetos imponiendo la ley del más fuerte. Comenzó actuando militarmente.
Derrotó al rebelde prefecto de Roma en la batalla de Orvieto, que devolvió la capital de la cristiandad a la obediencia pontificia. Entre 1354 y 1357 libró decenas de combates victoriosos, al tiempo que restauraba el poder legítimo donde resultaba posible. Muerto Clemente VI, fue destituido por el nuevo Pontífice, Inocencio VI.
Tras el fracaso de su sucesor, en 1358 volvió a quedar a cargo de los asuntos de la Iglesia en Italia. Reconquistó Bolonia y Forlí de los tiranos locales, al tiempo que se imponía contra los insaciables Visconti. Prácticamente todos los territorios pontificios quedaron bajo la autoridad papal. Su labor de gobierno se completó con la promulgación de las Constitutiones Aegidianae, que constituyeron el armazón jurídico de los Estados Pontificios hasta el siglo XIX.
En 1362, a la muerte de Inocencio VI, rechazó la tiara pontificia que se le había ofrecido. Elegido Urbano V, su sumisión a la corte francesa resultó escandalosa, lo que mereció la reconvención de Albornoz. Le dirigió la «carta más dura que jamás se haya dirigido a un Pontífice», según sus contemporáneos. Don Gil murió en 1367. No pudo ver el regreso del Papa a Roma por el que tanto había combatido, pero su actuación y las exhortaciones de santa Catalina de Siena fueron decisivas para este regreso en 1378.
Albornoz donando el Collegio di Spagna al Papa Clemente I a partir de una ilustración simbólica en miniatura en uno de los manuscritos bíblicos del Collegio
Albornoz es uno de los muchos ejemplos de que la condición de español estaba comenzando a prevalecer sobre los localismos de la Península. Albornoz aceptó orgulloso su condición de «cardenal español». Su última aportación en este sentido fue la creación del Collegium Hispanicum de la Universidad de Bolonia, destinado a la formación de jóvenes españoles para ejercer cargos de responsabilidad, sin distinción de origen, institución que conserva su prestigio hasta hoy.
Un gran hombre que se anticipó a su tiempo. Permite adivinar una España emergente que se estaba construyendo mucho antes de que los Reyes Católicos le dieran forma política.