Retorno a Roma de Gregorio XI, por Giorgio Vasari
Picotazos de historia
La muerte de Gregorio XI y el caos en el cónclave que desencadenó el Cisma de Occidente
La muerte de Gregorio XI en 1378 provocó el regreso del papado a Roma y la elección de Urbano VI. Su mandato, marcado por tensiones internas, desató el Cisma de Occidente, dividiendo a la Iglesia Católica durante casi 40 años
En 1378 falleció en Roma el Papa Gregorio XI, nacido y bautizado como Pierre Roger de Beaufort. El difunto había sido un ferviente defensor de la necesidad de que el Sumo Pontífice de la cristiandad regresara a la ciudad de Roma, tras setenta años de ausencia.
Durante ese largo tiempo, Roma había decaído notablemente, a diferencia de la ciudad de Aviñón, nueva sede papal adquirida a la reina Juana de Nápoles, que había prosperado espectacularmente. La mudanza también había afectado a la composición del colegio cardenalicio, ahora formado en su mayoría por individuos de origen francés, y desde entonces todos los papas habían tenido que sufrir las presiones e injerencias de los reyes de Francia. Precisamente, eran estos los más interesados en que la sede de los Papas permaneciera dentro de territorio francés.
Juana I de Nápoles
Gregorio XI, decidido como estaba, partió de Aviñón el 13 de septiembre de 1376, realizando el viaje en etapas cómodas hasta alcanzar la ciudad de Roma el 17 de enero de 1377.
La ciudad estaba en estado de abandono y decadencia. Hubo que iniciar obras de urgencia para hacer habitables los palacios de Letrán, Vaticano y los numerosos que habían alojado a los cardenales y la administración, a los funcionarios y sus familias.
Muchos de los documentos del archivo, así como los volúmenes que formaban la biblioteca, se habían quedado en Aviñón, pero el Papa insistía en que todo fuera trasladado con la mayor premura y que la maquinaria burocrática y administrativa se pusiera en funcionamiento en Roma lo antes posible. Muchos cardenales, obligados a abandonar sus lujosas y cómodas residencias, en las que habían invertido mucho dinero, consideraban la mudanza como un destierro especialmente cruel.
A la muerte de Gregorio XI, había en Roma 16 cardenales. De estos, 11 eran franceses, aunque 7 pertenecían al llamado partido Limousin, que había apoyado a Gregorio XI. Los restantes eran cuatro italianos y un español (Pedro Martínez de Luna, nuestro futuro Benedicto XIII). Siete cardenales estuvieron ausentes del futuro cónclave, todos ellos franceses y del grupo contrario a los Limousin.
Miniatura del siglo XV de un manuscrito de las Crónicas de Jean Froissart, que representa el Gran Cisma de la Iglesia católica iniciado en 1378
El pueblo de Roma estaba exultante con la vuelta del Papa y su corte, y justo cuando las cosas parecían empezar a marchar mejor para la milenaria ciudad, el Papa falleció. Ahora sentían la angustia de que «esos franceses» volvieran a llevarse al Papa, tal vez para siempre. Desesperados, se echaron a la calle: Romano lo volemos o almanco italiano («Lo queremos romano o italiano, al menos»).
Mientras tanto, los cardenales se habían reunido con los representantes de las grandes familias romanas y las «fuerzas vivas» de la ciudad y de la comarca. Recibieron garantías suficientes respecto a la salvaguarda de su seguridad, de todos ellos, incluidos los comandantes de la guardia papal. Fiados en estas garantías, los cardenales decidieron que el cónclave se celebrase en el palacio Vaticano y no en el castillo de Sant'Angelo, como pedían los más timoratos entre ellos.
Tras la solemne misa del Espíritu Santo, la mañana del 8 de abril, se inició el cónclave. Durante toda la mañana se discutió y quedó claro que no se ponían de acuerdo. En cierto momento, tras el almuerzo, alguien mencionó el nombre del arzobispo de Bari, quien no era cardenal. Esa tarde, los votos a favor del arzobispo superaron los dos tercios necesarios para la elección. El cardenal Orsini, que no había emitido su voto pero estaba a favor, salió a la ventana y anunció la elección de forma algo prematura. El gentío, que afuera estaba esperando el resultado, entendió «Bar» (localidad francesa) en vez de Bari y pusieron el grito en el cielo.
Un grupo asaltó el palacio, pero al final no pasó nada. La ciudad había vivido algaradas y revueltas infinitamente mayores, pero para los cardenales franceses, tal comportamiento era una desagradable novedad y esa noche salieron de Roma todos los que habían votado en contra.
Al día siguiente, se repitió la votación y, por trece votos a favor (incluido el del torpe cardenal Orsini), fue elegido Bartolomeo Prignano, arzobispo de Bari y último arzobispo no cardenal en ser elegido Papa de la Iglesia Católica. Tomó el nombre de Urbano VI.
Urbano VI
El nuevo Papa no provenía de ninguna familia aristocrática; al contrario, su fuerte acento delataba sus humildes orígenes de trabajadores napolitanos. La mayor parte de su vida eclesiástica había estado dedicada a la burocracia. Las virtudes que tenía eran las propias de un buen funcionario: metódico, austero, discreto, concienzudo, etc. Pero, al ponerse la tiara, surgió un individuo absolutamente desconocido.
Urbano VI, quien, como funcionario, habría tenido que soportar la condescendencia e impertinencia de los cardenales franceses –actitud que habían señalado numerosos autores, incluyendo a Petrarca– sufrió una transformación radical.
El amable y solícito funcionario, eficiente y culto, se transformó delante de los ojos de todos en un furibundo tirano que maltrataba de palabra y obra a todos por igual.
Bueno, a todos no. Con los cardenales franceses era especialmente hiriente y agresivo. ¡Hasta llegó a agredirles físicamente!
A finales de junio, los cardenales franceses que se habían quedado en Roma (acompañados por nuestro Pedro de Luna), huyeron de la ciudad y se reunieron con los que huyeron el día de la votación y los que habían estado ausentes, en la ciudad papal de Anagni. Desde allí se plantea, por primera vez, la posible invalidez del cónclave debido a las presiones que recibieron los cardenales.
El Papa rechaza cualquier insinuación al respecto y la tensión entre los dos grupos aumenta al negarse Urbano a cumplir con los acuerdos pactados durante el cónclave. Para entonces, la sensación general es que Urbano VI está desequilibrado o, al menos, que la elección le había perturbado seriamente. Los cardenales disidentes, ahora con amplia mayoría, excomulgan a Urbano VI, el día 9 de agosto en la catedral de Anagni. El 20 enviarán el solemne documento, con el sello de todos los cardenales participantes, a las distintas cortes de Europa. El 20 de septiembre, eligen al cardenal Roberto de Ginebra como nuevo Papa, tomando el nombre de Clemente VII.
Este cardenal guerrero era la peor elección posible. Al mando de compañías de mercenarios, origen de los condotieros, había asolado el norte de la península italiana. Todos ven en él al responsable de masacres, violaciones y saqueos, y se negaron a aceptarlo como papa. Acaba de surgir lo que se conocerá como el Cisma de Occidente, que durará hasta el año 1417.