La diferencia entre mirar y ver
El Espíritu Santo concede una luz interior que permite descubrir la presencia de Dios allí donde aparentemente no sucede nada extraordinario
Hay una diferencia profunda entre mirar y ver. Muchas personas contemplaron a Jesucristo con sus ojos y, sin embargo, no comprendieron quién era realmente. Veían a un hombre, un maestro, un profeta incómodo para algunos y admirable para otros. Pero no alcanzaban a descubrir el misterio escondido en Él. Por eso, en el Evangelio de san Juan, Jesús afirma: «El mundo no puede recibir al Espíritu de la verdad, porque no lo ve ni lo conoce». Existe, por tanto, una manera de vivir encerrada únicamente en lo visible, en lo inmediato, en aquello que se puede controlar o medir. Y existe otra mirada distinta: la visión sobrenatural del creyente.
La mirada mundana reduce la realidad a lo aparente. Juzga a las personas por su utilidad, por su éxito, por su imagen o por sus resultados. Interpreta la vida desde criterios de eficacia, poder o placer inmediato. Por eso, muchas veces, el sufrimiento parece absurdo, la fidelidad se muestra inútil y la humildad se identifica con la debilidad. El mundo suele detenerse en la superficie de las cosas. Y cuando uno vive únicamente desde esa lógica, termina mirando incluso su propia historia como una sucesión caótica de éxitos y fracasos sin sentido profundo.
Sin embargo, el cristiano está llamado a mirar de otro modo. El Espíritu Santo concede una luz interior que permite descubrir la presencia de Dios allí donde aparentemente no sucede nada extraordinario. El creyente aprende a reconocer que Dios actúa silenciosamente en los acontecimientos cotidianos, incluso en aquellos que humanamente no habría elegido. La fe no consiste en negar la realidad, sino en penetrarla más profundamente.
Esa visión sobrenatural cambia radicalmente la manera de contemplar a los demás. Una mirada mundana clasifica rápidamente: útiles o inútiles, fuertes o débiles, brillantes o mediocres. En cambio, quien vive según el Espíritu descubre personas concretas amadas infinitamente por Dios. El cristiano ya no mira solo las heridas, los pecados o las limitaciones de los demás, sino también la dignidad inviolable que habita en ellos. Por eso, tantas veces, los santos fueron capaces de encontrar belleza donde otros solo veían miseria.
Pero quizá el lugar donde más necesitamos esta mirada sobrenatural es en nuestra propia historia. Con frecuencia contemplamos nuestra vida únicamente desde nuestras heridas, nuestros errores o nuestras frustraciones. Pensamos que ciertos acontecimientos han destruido definitivamente nuestra felicidad o han vaciado de sentido nuestro camino. Sin embargo, el Espíritu Santo nos enseña a leer la vida de otra manera. Nada queda fuera de la providencia y del interés de Dios. Incluso aquello que nos hizo sufrir puede convertirse en lugar de encuentro con Él.
Jesús promete: «No os dejaré huérfanos». El cristiano no vive solo ni abandonado a sus fuerzas. Dios habita dentro de nosotros. Y esta es quizá la verdad más revolucionaria del Evangelio: el Señor no permanece lejano, sino que hace de nuestro corazón su morada. Cuando el creyente descubre esa presencia interior, comienza a mirar el mundo entero de una manera nueva. Porque ya no contempla la realidad únicamente desde la tierra, sino también desde el cielo.