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HOY ES DOMINGOJesús Higueras

El amor de Dios no sabe quedarse quieto

Es la fotografía exacta de tantas vidas que, golpeadas por la incertidumbre, el dolor o la culpa, optan por protegerse cerrándose. El miedo, cuando no se afronta, termina por aislar. Y el aislamiento, poco a poco, apaga la esperanza

El segundo domingo de Pascua, que la Iglesia celebra como Domingo de la Divina Misericordia, nos sitúa ante una verdad maravillosa: el amor de Dios no sabe quedarse quieto. No es un sentimiento pasivo ni una idea consoladora. Es un amor en movimiento, que sale al encuentro del hombre allí donde está, incluso —y sobre todo— en su fragilidad.

El Evangelio hoy nos presenta a los apóstoles encerrados, con las puertas atrancadas por miedo. No es una imagen lejana. Es la fotografía exacta de tantas vidas que, golpeadas por la incertidumbre, el dolor o la culpa, optan por protegerse cerrándose. El miedo, cuando no se afronta, termina por aislar. Y el aislamiento, poco a poco, apaga la esperanza.

Sin embargo, Cristo resucitado no espera a que le abran. Atraviesa las puertas cerradas y se hace presente en medio de ellos. Este detalle es decisivo. Dios no se detiene ante nuestras resistencias. No se queda fuera esperando condiciones ideales. Entra, irrumpe, se acerca. Y lo hace con un saludo que es una realidad que lo cambia todo: «La paz esté con vosotros».

Lo más sorprendente no es solo su presencia, sino lo que muestra. Jesús enseña sus llagas. Podría haberse presentado sin rastro de sufrimiento, con una gloria incontestable que borrara toda memoria de la cruz. Sin embargo, conserva las heridas. Y no como un recuerdo doloroso, sino como el lugar mismo donde se manifiesta su identidad.

Ahí está el núcleo de la misericordia. Dios no elimina las heridas como si nunca hubieran existido. Las transforma en lugar de encuentro. En las llagas de Cristo, el sufrimiento humano no es negado, sino asumido y redimido. Por eso, también nuestras propias heridas —las físicas, las morales, las que nacen del pecado o de la historia personal— dejan de ser un obstáculo para convertirse en el punto de contacto con Dios.

La figura de Tomás completa esta escena con una fuerza especial. Su ausencia inicial no es casual. El miedo lo ha llevado a separarse del grupo. Y quien se aísla, pierde la posibilidad del encuentro. Tomás no cree, no porque sea más incrédulo que los demás, sino porque no está. La fe no es solo una convicción interior; es también una pertenencia, una comunión.

Cuando finalmente vuelve a la comunidad, Jesús sale de nuevo a su encuentro. No lo reprende. No lo humilla. Le ofrece precisamente aquello que necesita: tocar sus heridas. Y Tomás, en un gesto de humildad, se deja ayudar. Entonces brota la confesión más clara del Evangelio: «Señor mío y Dios mío».

No es casualidad. Solo quien se deja acompañar puede llegar a esa certeza. Solo quien acepta su propia pobreza puede encontrarse de verdad con el Resucitado. La soberbia cierra, la humildad abre. La autosuficiencia endurece, la necesidad dispone.

La Divina Misericordia no es otra cosa que el nombre que recibe el amor de Dios cuando se encuentra con la debilidad del hombre. No es un amor abstracto, sino concreto, dirigido a cada herida, a cada historia, a cada fracaso. Un amor que no se escandaliza de nuestra miseria, sino que la busca para transformarla desde dentro.

En un mundo que tiende a esconder las heridas o a maquillarlas, este domingo nos recuerda algo esencial: no hay que huir de ellas. Es precisamente ahí, en lo que más duele, donde Cristo resucitado nos está esperando. Ahí es donde el amor, por fin, deja de ser una idea y se convierte en experiencia.

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