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HOY ES DOMINGOJesús Higueras

El barro que devuelve la mirada

El ciego del Evangelio no recibe la curación de la misma manera que otros enfermos. Jesús no lo trata como a los demás, porque su historia es distinta. Y así ocurre también con cada uno de nosotros

El evangelio de la curación del ciego de nacimiento (Jn 9) contiene uno de los gestos más sorprendentes de Jesucristo. El Señor no se limita a pronunciar una palabra o a imponer las manos. Hace algo mucho más concreto y, podríamos decir, más humano: escupe en el suelo, hace barro con la saliva, lo aplica sobre los ojos del ciego y le manda lavarse en la piscina de Siloé. Y entonces el hombre comienza a ver.

Este gesto, aparentemente extraño, revela algo muy profundo del modo en que Dios actúa con cada persona.

En los evangelios encontramos muchas curaciones. En ocasiones Jesús toca al enfermo; otras veces basta una palabra; en algunos casos el milagro se realiza a distancia; a veces incluso parece que el Señor actúa casi en silencio. No existe un método único. Jesús no aplica un procedimiento mecánico ni repite siempre el mismo gesto. Cada encuentro es distinto porque Dios trata a cada hombre según su propia historia. Cada vida humana es irrepetible, cada corazón tiene su propio camino y cada sufrimiento tiene una raíz distinta. Por eso Jesús no cura en serie, como si los hombres fuéramos piezas idénticas. Su modo de actuar es siempre personal.

El barro que Jesús hace con su saliva tiene también un significado profundamente simbólico. Recuerda el gesto de la creación del hombre en el Génesis, cuando Dios modela al ser humano con el barro de la tierra. Es como si Cristo volviera a crear la mirada de aquel hombre. No se limita a reparar algo que estaba estropeado; realiza una verdadera recreación.

Pero ese gesto concreto también nos dice algo sobre nuestra identidad. Vivimos en una cultura que empuja constantemente a la comparación. Desde pequeños aprendemos a medirnos con los demás: quién es más brillante, quién tiene más éxito, quién responde mejor a las expectativas. Y no son pocas las personas que viven con una sensación permanente de no dar la talla.

Muchos sufren porque creen que no satisfacen lo que otros esperan de ellos: los padres, la sociedad, el ambiente profesional, incluso el propio círculo de amigos. Se instala entonces una presión silenciosa por parecerse a otros, por imitar modelos ajenos, por encajar en moldes que no corresponden a la propia vida.

Pero Dios no quiere clones humanos. No ha creado a las personas para que repitan una misma forma de vivir. Cada hombre y cada mujer son una obra original. La singularidad no es un defecto que haya que corregir, sino precisamente el lugar donde Dios quiere manifestarse.

El ciego del Evangelio no recibe la curación de la misma manera que otros enfermos. Jesús no lo trata como a los demás, porque su historia es distinta. Y así ocurre también con cada uno de nosotros.

No estamos llamados a cumplir el plan de nadie más. No tenemos que vivir la vida de otros ni responder a expectativas que no nacen de nuestra verdad interior. Dios nos ha dado una historia concreta, una sensibilidad determinada, unas capacidades propias y también unas heridas particulares.

La santidad no consiste en copiar modelos ajenos, sino en dejar que Dios realice su obra única en nosotros. Cuando dejamos de mirarnos constantemente en el espejo de los demás y empezamos a aceptar nuestra propia vocación, algo parecido a lo que le ocurrió al ciego empieza a suceder: la vida se ilumina. Y entonces, poco a poco, aprendemos a ver.

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