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MAÑANA ES DOMINGOJesús Higueras

La sed de Dios

Pero allí está Jesús esperándola. Nada en el Evangelio sucede por casualidad. Jesús ha querido pasar por Samaría y detenerse en ese pozo porque desea encontrarse con ella

El encuentro de Jesús con la mujer samaritana junto al pozo de Sicar es uno de los diálogos más profundos del Evangelio. En él aparece una realidad que atraviesa toda la historia humana: el hombre tiene sed de Dios, pero antes aún Dios tiene sed del hombre.

La escena comienza con un detalle sorprendente. Es mediodía, la hora más dura del día en Oriente. Nadie va al pozo a esa hora. Sin embargo, una mujer llega sola a sacar agua. Lo hace precisamente entonces para no encontrarse con nadie. Su historia personal está marcada por el fracaso, por relaciones rotas y por una cierta vergüenza social. Prefiere el calor del mediodía a la mirada de los demás.

Pero allí está Jesús esperándola. Nada en el Evangelio sucede por casualidad. Jesús ha querido pasar por Samaría y detenerse en ese pozo porque desea encontrarse con ella. No es la mujer la que busca a Dios; es Dios quien sale al encuentro del hombre. Y lo hace con una petición sorprendente: «Dame de beber».

Jesús, el Hijo de Dios, se presenta como un mendigo. No comienza corrigiendo la vida de aquella mujer ni recordándole su pasado. Empieza pidiendo. Pero su sed no es simplemente física. En realidad, Cristo tiene sed del corazón humano. Tiene sed de nuestra pobreza, de nuestra debilidad y de nuestra indigencia.

Dios no se escandaliza de la fragilidad del hombre. Al contrario, la busca. Porque ha venido precisamente para eso: para poner en el centro de nuestra vida un manantial nuevo. Cuando la conversación avanza, Jesús revela el verdadero sentido de su presencia: «El que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás; el agua que yo le daré se convertirá en él en un manantial que salta hasta la vida eterna».

Toda la vida humana está atravesada por la sed. Sed de amor, sed de verdad, sed de reconocimiento, sed de plenitud. Son deseos profundamente legítimos y limpios. Pero la experiencia nos muestra que muchas veces el mundo no logra saciarlos. Buscamos en relaciones, en proyectos o en éxitos algo que calme esa inquietud interior, y sin embargo la sed vuelve a aparecer.

San Agustín lo expresó con una frase que resume toda la historia espiritual del hombre: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Solo Cristo puede saciar verdaderamente el corazón humano.

Jesús desea que le entreguemos nuestra vida, incluso nuestro pecado. Él quiere entrar precisamente en esos lugares de nuestra vida donde sentimos vergüenza o fracaso. La mujer samaritana llega al pozo escondiéndose de todos. Sin embargo, después de encontrarse con Cristo, corre al pueblo y anuncia lo que le ha sucedido. El encuentro con Jesús transforma la vergüenza en misión.

Porque cuando el hombre se deja encontrar por Cristo, descubre que dentro de sí comienza a brotar un manantial nuevo: una vida que ya no se agota en este mundo, sino que se abre a la eternidad.

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