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MAÑANA ES DOMINGOJesús Higueras

La plenitud de Cristo

Cuando la norma se absolutiza y se convierte en un fin en sí misma, degenera en legalismo estéril. Pero cuando se comprende como camino hacia el amor, adquiere todo su sentido

«No he venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud» (cf. Mt 5,17). Estas palabras de Jesús, pronunciadas en el corazón del Sermón de la Montaña, deshacen de raíz una interpretación superficial del cristianismo como ruptura con todo lo vivido por el pueblo elegido. Cristo no es un revolucionario que pretende arrasar la historia religiosa de Israel para comenzar desde cero. Dios no actúa así. El Señor se ha ido revelando de manera paciente y progresiva a través del pueblo que nace de Abraham, educando a su gente como un padre educa a su hijo, paso a paso, etapa tras etapa.

La Ley dada a Israel no fue provisional ni una carga absurda. Fue pedagogía divina. A través de mandamientos concretos, de normas morales y cultuales, Dios enseñó a su pueblo a distinguir el bien del mal, a ordenar la vida, a reconocer su señorío. La historia de la salvación no es una sucesión de rectificaciones, sino un itinerario que alcanza en Cristo su culminación. Jesús no borra la Ley; la lleva a su verdad más honda. La plenitud no consiste en añadir preceptos, sino en revelar el corazón de lo que ya estaba contenido en ellos.

¿Y cuál es ese corazón? El amor. La Ley es un medio; el fin es la comunión con Dios y la transmisión de su amor a los demás. Cuando la norma se absolutiza y se convierte en un fin en sí misma, degenera en legalismo estéril. Pero cuando se comprende como camino hacia el amor, adquiere todo su sentido. Jesús lo muestra con claridad: no basta con no matar; hay que desterrar el odio del corazón. No basta con no cometer adulterio; hay que purificar la mirada. La plenitud de la Ley es la misericordia, ese amor concreto que se inclina sobre la miseria del otro y la abraza.

En este contexto se entienden también sus palabras sobre la importancia de cada tilde, de cada detalle de la Ley. Nada es irrelevante cuando se ama. En la vida ordinaria sabemos que el amor verdadero se manifiesta en los gestos pequeños: una palabra oportuna, una llamada a tiempo, una paciencia repetida mil veces. Los detalles construyen la fidelidad. Jesús no nos invita a una espiritualidad grandilocuente, sino a la coherencia cotidiana. Hasta lo más pequeño cuenta, porque el amor se encarna en actos concretos.

Ahora bien, esta atención a lo pequeño no significa caer en el escrúpulo ni en la neurosis moral. No se trata de vivir obsesionados por minucias, sino de comprender que nuestra vocación no es hacer cosas extraordinarias, sino realizar con extraordinario amor las cosas de cada día. La santidad no suele escribirse en titulares; se teje en la trama humilde de una vida entregada.

Cristo da plenitud a la Ley porque la devuelve a su fuente: el corazón del Padre. Y quien acoge esa plenitud descubre que la obediencia deja de ser una carga para convertirse en respuesta agradecida. Entonces la norma ya no oprime; orienta. Y la vida, sostenida por muchos pequeños actos de fidelidad, se transforma en un testimonio silencioso de que el amor es la verdadera ley que no pasa.

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