Las esquinas son nuestras
Diga lo que diga el registro mercantil, en nuestro callejero sentimental siempre seguirán vivos el semáforo de El Pote y el cruce del Zara de Juan Flórez
Bad Bunny luce diseño de Zara en la Super Bowl y, a miles de yardas de la final de la NFL, el Zara de Juan Flórez —el primero de Coruña, o sea, del universo— es desde hace unos días otro local en busca de inquilino. Paso frente al escaparate vacío y escucho al puertorriqueño cantando en mi oreja: «Debí tirar más fotos de cuando te tuve».
Es el bajón que te pega cuando pasas de lo macro a lo micro. La realidad —esa ouija a la que todo el mundo juega a moverle el vasito— a menudo se manifiesta mediante esta clase de bofetadas.
Los coruñeses le enseñamos al mundo cómo tiene que vestirse, pero nos hemos quedado a solas con otra esquina anónima. ¿Cómo vamos a describir ahora ese punto? ¿Cómo identificaremos la parada que desde hace cincuenta años conocemos como los taxis del Zara?
Lo de este recodo desnombrado nos ha dejado colgando de la brocha. Lo mismo sucedió en su día con El Pote, aquellos pequeños grandes almacenes de cuando en la ciudad no teníamos centros comerciales. Más tarde llegó El Corte Inglés y descubrimos las escaleras mecánicas. De chavales pensábamos que aquellos peldaños que subían y bajaban entre la planta de señora y la de caballero eran un artilugio prodigioso. Pero eso era porque todavía no conocíamos las escaleras mecánicas inmóviles de Maestro Clavé.
La esquina de Juan Flórez con la avenida de Arteixo, antigua sede del primer Zara de la historia
El Pote no tenía escaleras mecánicas, aunque sí ascensores, donde los niños jugábamos a quedarnos encerrados mientras nuestras madres nos compraban algo de abrigo para sobrellevar el crudo invierno de los setenta. La tienda se levantaba en la confluencia de Juan Flórez y Médico Rodríguez, donde ahora mismo hay un hotel de cuatro estrellas. No me acuerdo de cómo se llama porque los hoteles cambian más de marca que los bares de grifo de cerveza y no soy capaz de llevar la cuenta de tanta partida bautismal.
La de El Pote fue la primera esquina de Juan Flórez a la que de improviso le quitaron el nombre. De pronto nos consumía una duda existencial. Ya no sabíamos cómo convocar a los amigos para ir a dar una vuelta por el centro. ¿Cómo íbamos a quedar en la puerta de El Pote si ya no había Pote ni puerta? La solución que improvisamos consistió en desplazar unos metros el punto de encuentro hasta Cortefiel. El comercio sigue justo donde lo dejamos hace treinta años: en la intersección de Juan Flórez con Sinfónica de Galicia (la antigua Cabo Santiago Gómez, ese señor que se quedó sin calle antes de lograr el ascenso a sargento).
En esa acera, delante del escaparate de Cortefiel, se juntaban a veces Rafael Dieste y su señora, Carmen Muñoz, que de mayores vivían por la zona. Me contaba hace años Manuel Lourenzo que un día se los encontró allí. Primero vio a Rafael, del lado de Juan Flórez. Lo saludó y Dieste le explicó, algo enojado, que había quedado con su esposa y no acababa de llegar. Lourenzo le aconsejó paciencia y siguió caminando. Al doblar a la derecha hacia la cuesta, vio a Carmen, que estaba esperando a su marido del lado de Cabo Santiago Gómez. También estaba algo irritada por la tardanza de Rafael. Despistes de genios. Hay que ser muy grande para quedar en un sitio a una hora y luego desencontrarse en lugar de encontrarse.
Me acordé de todo esto al asomarme a esa encrucijada ahora anónima de Juan Flórez con la avenida de Arteixo y ver la tienda cerrada y sin logos. A la memoria le basta con un leve soplido para inflamarse. Ya lo explicó Bad Bunny: «Pensé que te había olvidado, pero pusieron la canción». Entonces me di cuenta de que, en el fondo, nos va a dar lo mismo lo que pongan los rótulos. Para nosotros siempre será la esquina del Zara. Igual que el semáforo de El Pote nunca ha dejado de existir en nuestro callejero sentimental. Porque, diga lo que diga el registro mercantil, las esquinas son nuestras y vamos a seguir llamándolas como nos salga del alma.