Atlantic CityLuís Pousa

Reivindicación de febrero

Contra esa imagen depresiva que algunos nos quieren vender, hay que
recordar que este es el mes de los cocidos y del Carnaval, y que es ahora cuando
estallan las flores de las mimosas en una primavera anticipada

Nace febrero y salen de las madrigueras sus odiadores habituales. Es fácil meterse con el pequeño del almanaque. Si durase lo mismo que agosto o diciembre, nadie le tosería. Pero el único mes que se conforma con 28 jornadas —como si todavía tuviese que dar el estirón— aguanta todo tipo de improperios.

Ya lo habrán visto. Circula de nuevo por las redes ese vídeo de un periodista estadounidense que en dos minutos trata de explicar por qué febrero es el mes más triste del año. Para demostrarlo, este hombre apesadumbrado, con pinta de haberse escapado de un telefilme de serie Z, muestra las típicas imágenes de una capital norteamericana en invierno. San Luis, a orillas del Misisipi. Calles vacías, individuos cabizbajos que se refugian en su coche y las clásicas brumas con las que el puritanismo decora el interior y el exterior de las almas. ¿Qué hay de noticioso en la vieja amargura calvinista?

Según su relato, es sin duda el peor mes del año. Los pájaros huyen a otros cielos e incluso los árboles se refugian en su letargo a la espera de tiempos mejores. Eso sí, el locutor admite que el hijo menor del invierno es duro, pero honesto. No engaña a nadie. En el momento culminante de su diatriba, sentencia: si logras sobrevivir a febrero, vivirás un año más.

Para rebatir las tesis del periodista yanqui, que parece recién desembarcado del Mayflower —con su moralina a flor de piel—, bastarán algunas evidencias.

Lacón con grelos

Lacón con grelosTurismo de Galicia

Febrero empieza con una de las fiestas más hermosas del año: la Candelaria. Es cuando averiguamos si el invierno está agonizando o si aún tenemos que tiritar seis semanas más. Ahora lo llaman el Día de la Marmota. Sí, yo también soy fan de Atrapado en el tiempo, y creo que Bill Murray está espléndido en su mano a mano con la marmota Phil. Pero mucho antes de que en la lejana Punxsutawney estudiasen si la sombra del roedor es alargada para afinar sus pronósticos meteorológicos, en Galicia ya sabíamos que «se a Candelaria chora, o inverno vai fóra; e se a Candelaria ri, o inverno está por vir».

Por la Candelaria, que en Valga se celebra con una vistosa procesión de lacones, arranca la temporada oficial de cocidos. En Coruña alguien bautizó estos festines como «jornadas lacónicas». Una formidable paradoja para bautizar un menú nada conciso. Por supuesto, sabemos que el lacón es solo una excusa para juntarnos y arreglar el mundo. Lo importante no es la mesa, sino la sobremesa. Todo es un largo aperitivo —de dos o tres platos bien atiborrados— para llegar a esa charla distendida que cebamos con filloas, orejas, flores, cafés y otros brebajes.

Salvo algún año en que el calendario litúrgico se va de madre y nos disfrazamos en marzo, este es además el gran mes del Carnaval. Palabras mayores. Si fuésemos capaces de teletransportar al melancólico reportero a la calle de la Torre un martes de Entroido, se le pasarían todas las tonterías de golpe. A media tarde, lo plantaríamos en la esquina de la calle San José, en el epicentro del sambódromo coruñés, y comprendería que nadie improvisa mejor que febrero. Va tan a su bola que, de tiempo en tiempo, incluso nos regala 24 horas de propina y se inventa ese día 29 con sabor a bola extra de la existencia. ¿Cuántas vidas bisiestas habremos acumulado ya gracias al denostado febrero?

Asistimos ahora a la explosión de las mimosas. Y hacia final de mes se encienden de flores los campos de grelos de Monfero. Esos amarillos fulminantes se inyectan directos en el fondo de nuestros ojos y rescatan la mirada de su larga hibernación. Entonces febrero se convierte en abril con su luz resucitada. Como si la acabasen de bajar del desván, recién desembalada, para estrenar una primavera anticipada.

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