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Luis E. Íñigo

Convivencia en las aulas

Si la convivencia se deteriora cada vez más en las aulas es porque falta disciplina. Falta en las familias, que por algún arcano motivo creen que pueden educar a sus hijos sin ponerles límites y que el diálogo lo arregla todo…

Convivencia en las aulas llaman ahora a eso que antes se llamaba disciplina. No es ningún fenómeno extraño; en la era de lo políticamente correcto a todo se le cambia el nombre, buscando siempre uno que ofenda menos a los cada vez más sensibles oídos de la opinión pública. O quizá de la opinión publicada, que no es ni mucho menos lo mismo. Denominamos desaceleración a la crisis económica y reformas estructurales a los recortes del gasto público. Una conocida ministra, no precisamente de izquierda, llegó, en el colmo del descaro, a llamar recargo temporal de la solidaridad a la subida de impuestos que acababa de aprobar su gabinete. Y, por supuesto, qué mejor que presentar como procés lo que fue, por mucho que se tratara de disfrazarlo para mejor engañar a los incautos, que son muchos, un golpe de Estado perpetrado sin vergüenza alguna por los máximos responsables de defender en Cataluña el ordenamiento jurídico vigente.

No se trata en modo alguno de algo baladí, y mucho menos casual. En la era de la posverdad, en la que el relato vale más que el dato –incluso un fiscal general del Estado de cuyo nombre no quiero acordarme se consideró legitimado para revelar información privada de un encausado para ganar el relato a la oposición– quien nombra las cosas es quien les da forma. Tampoco la idea es nueva, aunque haya cobrado en nuestros días mayor vigor que nunca. Fue Antonio Gramsci el que escribió, ya hace un siglo, que era necesario alcanzar «la hegemonía cultural» para luego transformar el mundo y, con él, al ser humano. Y aconsejó para lograrla no solo el control absoluto de todos los centros productores y difusores de cultura, desde las universidades a la moda, desde los medios de comunicación a, añadiríamos hoy, las redes sociales, que deben lanzar al unísono un mensaje único, sin resquicio alguno para la crítica, sino también el control, no menos absoluto, del lenguaje. «La realidad está definida con palabras. Por lo tanto, el que controla las palabras controla la realidad», afirmó. Y poco tardaron en seguirle los filósofos posmodernos franceses como Michel Foucault, Jacques Derrida, Gilles Deleuze o Jacques Lacan, referencias ideológicas del actual movimiento woke. Para todos ellos, la realidad no viene dada; creamos el mundo al darle nombre. El que sea capaz de imponer la forma de llamar a las cosas, puede crear las cosas, y no solo las del presente o las del futuro, las de la política o la economía. También puede reescribir todos aquellos conceptos que Lacan llamaba «metanarrativas»: los relatos sobre la verdad, la moralidad judeocristiana, el progreso y, por supuesto, las certezas biológicas, pues, como sostiene Judith Butler, impulsora de la teoría queer, tanto el género como el sexo son tal solo constructos sociales y, como tales, pueden deconstruirse y construirse de nuevo sin cesar (Butler, 2007).

Lo malo es que la realidad tiende a mostrarse tozuda. Un hombre no será una mujer por mucho que nos empeñemos en decirlo. Ni dar más dinero a las regiones más ricas podrá pasar por una idea de izquierda, aunque así lo afirme el mismísimo presidente del Gobierno. Tampoco la convivencia es lo mismo que la disciplina, por más que traten de vendérnoslo los sesudos –y muy alejados de las aulas– ideadores de las modernas leyes educativas. Simplemente, porque la primera es una consecuencia de la segunda, y solo puede existir si esta existe. Y porque, en contra de lo que muchos progres de la izquierda caviar de nuestros días parecen pensar, la verdadera disciplina viene de dentro, no de fuera, y sin ella no solo no es posible la convivencia sino que tampoco lo es el aprendizaje. Por supuesto, las connotaciones de la palabra no gustan demasiado a los adalides de lo políticamente correcto. Disciplina suena a militar, casposo y, cómo no, facha. La convivencia es mucho mejor, dónde va a parar. Su mera pronunciación evoca un idílico paraíso de pájaros cantores y juegos armoniosos en el que los niños, dejados a su libre albedrío, disfrutan sin cesar sin necesidad alguna de normas ni de quienes las impongan. Porque, ya lo dijo Rousseau, el hombre es bueno por la naturaleza; es la sociedad quien lo corrompe.

Rousseau, por supuesto estaba equivocado. El ser humano, por naturaleza, no es ni bueno ni malo, simplemente porque naturaleza y moral son dos categorías distintas. La primera desconoce la libertad; su ley es el instinto. La segunda requiere de ella, pues solo quien es libre puede obrar bien o mal, pero también de los valores y las normas, pues es su existencia la que diferencia entre uno y otro. Así las cosas, podremos repetirlo mil veces, pero la realidad siempre se impone: los niños no se educan solo a base de diálogo y cariño, que también; necesitan límites claros, normas unívocas, profesores dispuestos a aplicarlas sin que les tiemble la mano y familias que les den su apoyo. Solo entonces podremos hablar de convivencia.

Y eso es precisamente lo que nos falta. Si la convivencia se deteriora cada vez más en las aulas es porque falta disciplina. Falta en las familias, sobre todo, que por algún arcano motivo creen que pueden educar a sus hijos sin ponerles límites y que el diálogo lo arregla todo… aunque se trate de niños de dos años. Falta en muchos profesores, que han perdido la fe en ella o se arredran ante las dificultades que comporta imponerla. Y falta, desde luego, en nuestras leyes, que mientras predican la presunción de veracidad de los docentes (solo faltaría), la debilitan exigiéndoles pruebas para sancionar al alumno por una falta muy grave si no reconoce por escrito haberla cometido, y convirtiendo algo tan sencillo como el castigo (otra palabra horrenda y facha) en un procedimiento sancionador tan rígido y formal como el que requiere la incoación de un expediente disciplinario a un funcionario público. Decididamente, hemos perdido el norte.

  • Luis E. Íñigo es historiador e inspector de Educación

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