Fundado en 1910
Luis E. Íñigo

Para la izquierda, todos somos fascistas

Como hoy en día. Quizá no lo hacen aún los políticos, excepto el inefable Pablo Iglesias, que, nostálgico del 36, lanzó hace tiempo una demencial alerta antifascista

Las izquierdas españolas de los años treinta, republicanas o socialistas, que en esto se distinguían poco, dieron enseguida en ver fascistas por todas partes. Los veían ya en fecha tan temprana como 1933, cuando fascistas, lo que se dice fascistas, en España eran tres y el que toca la guitarra. Apenas habían pasado de conatos las primeras iniciativas abiertamente inspiradas en el fascismo italiano, como la impulsada por el periodista canario Manuel Delgado Barreto, director del diario maurista La Acción, que fundó en 1922 La Camisa Negra, una revista tan efímera como minoritaria, o La Traza, un grupo anticatalanista organizado en 1923 por oficiales de la guarnición de Barcelona. No fue fascista, desde luego, la dictadura de Primo de Rivera, proclamada en septiembre de ese mismo año, que respondía más bien a los típicos perfiles del regeneracionismo autoritario conservador, y menos aún su Unión Patriótica Española, partido poco operativo y carente de apoyo efectivo de masas.

El fascismo terminaría por aparecer en España, como lo hizo en toda Europa, pero lo haría muy tarde y con fuerza más bien risible. Sus primeras bocanadas las dio en abril de 1930 bajo los ropajes del extravagante Partido Nacionalista Español, fundado por el neurólogo valenciano José María Albiñana. Pero incluso este enclenque movimiento, más estético que ideológico, se inspiraba en la derecha radical francesa antes que en la italiana. El fascismo de verdad vio la luz poco después, cuando Ramiro Ledesma Ramos, un joven funcionario de Correos, impulsó la fundación del semanario La Conquista del Estado, y, mas o menos a la vez, el abogado Onésimo Redondo fundaba en Valladolid las Juntas Castellanas de Actuación Hispánica. Pero incluso tras fusionarse ambos grupos, en octubre de 1931, en las llamadas Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (JONS) no pasaron de unos pocos cientos de militantes, que se esfumaron cuando, por su simpatía hacia el golpe de Sanjurjo de agosto de 1932, fueron ilegalizadas, como el PNE de Albiñana. Lo dicho: tres y el que toca la guitarra.

La llegada al poder de Hitler, en enero de 1933, galvanizó a los fascistas españoles. Pero el caldo de cultivo resultaba aún poco nutritivo para alimentar su crecimiento. Los financieros e industriales que en Italia o Alemania habían apoyado a los fascismos apostaban en España por monárquicos y, sobre todo, cedistas. Más receptivo a sus directrices, el joven José Antonio Primo de Rivera, hijo del dictador logró cierto apoyo de aquellos, que financiaron su Falange Española desde octubre de 1933. Solo entonces puede hablarse con propiedad de un fascismo español, aunque sigue tratándose de un fascismo peculiar, antiliberal y antimarxista, pero católico y muy influido por el tradicionalismo español. Activistas y violentos desde el principio, los falangistas tampoco lograron convertirse en un partido de masas, con una representación en las Cortes que se limitaba a dos diputados, y no lo serían tampoco tras fusionarse con las JONS en febrero de 1934. Un Gobierno de centro-derecha, como el de entonces, a pesar de la ayuda monárquica e italiana, no resultaba propicio a los designios antisistema del débil fascismo español.

Pero las cosas cambiaron pronto. José Antonio se sacudió la tutela monárquica y se erigió en líder único del partido, que empezó a crecer tanto en afiliación como en radicalismo, dejando atrás sus veleidades intelectuales y monárquicas, y centrándose en el entrenamiento militar de sus todavía reducidas milicias. Las elecciones de 1936 no trajeron para el partido muchos votos; las masas conservadoras confiaban aún en la CEDA. Pero la victoria del Frente Popular y la quiebra del orden que caracterizó a la primavera de 1936, con sus ocupaciones de fincas y sus asaltos a iglesias y locales derechistas, cambiaría en muy poco tiempo sus expectativas. Decenas de miles de jóvenes tan desencantados con el parlamentarismo como convencidos de la inminencia de la revolución bolchevique dispararon la militancia de una Falange cuya ilegalización en marzo nada pudo hacer para detener su progresión.

Para entonces, los fascistas españoles ya no eran tres y el que toca la guitarra, sino decenas de miles. Pero no tantos como aseguraban las izquierdas obreras, que, deseosas de apoyar con argumentos sus ansias revolucionarias, veían fascistas por todas partes desde octubre de 1934. Fascista vaticanista –fenómeno tan peculiar como un marxista católico– era Gil-Robles, el enemigo por excelencia de las izquierdas, pero también Lerroux, cuya ejecutoria republicana parecía haberse esfumado por arte de magia en la memoria de los líderes obreros. Bien extraño debía de ser aquel fascismo que había permitido a su enemigo jurado, tras haber sido amenazado de muerte por él, ganar unas elecciones y regresar al poder poco más de un año después. Pero la izquierda entera terminó por contagiarse del despropósito. Cuando Casares Quiroga habló por vez primera ante las Cortes como nuevo presidente del Gobierno, el 19 de mayo de 1936, se proclamó beligerante, pero no contra la violencia generalizada, sino contra «el fascismo», expresión a la que dio el contenido ambiguo y extenso que solía darle por entonces la izquierda, que parecía abarcar a la derecha en su conjunto.

Como hoy en día. Quizá no lo hacen aún los políticos, excepto el inefable Pablo Iglesias, que, nostálgico del 36, lanzó hace tiempo una demencial alerta antifascista. Pero lo hacen, y mucho, los simpatizantes de la izquierda, que empezaron calificando de fascista a Vox, como si fuera lo mismo ser derecha radical que fascista, y han empezado a extender ahora el calificativo al más bien timorato Partido Popular y a todos los que, sencillamente, no simpatizan con esa izquierda irreconocible que ha olvidado los principios universalistas y solidarios que le dan su razón de ser para abrazar los postulados identitarios del reaccionario movimiento woke. Corren tiempos difíciles para la democracia. Y no son solo los fascistas quienes la amenazan, sino esa izquierda en crisis de identidad que ha abandonado a los humildes, dejando el campo libre para quienes, sencillamente, muestren algún interés en escucharles.

  • Luis E. Íñigo es historiador e inspector de Educación.
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