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España con sensatez (3ª parte): No cuatro palabras, con tres basta

Con cierta y concisa sensatez, podríamos resumir la actual situación en menos palabras que las que argumentaba el presidente Sánchez en su última declaración institucional —a la que ya nos viene acostumbrando como si estuviese en un régimen presidencialista que sin duda anhela—, cuando definía la posición del Gobierno en cuatro palabras: «NO A LA GUERRA», un eslogan con cierta visión populista, calificado así tanto por gran parte de los medios nacionales como por no pocos internacionales.

Vivimos momentos propicios para grandes estadistas e inteligentes diplomáticos donde desplegar el complejo arte de gestionar las relaciones internacionales a través del tacto, la negociación y, a menudo, la contención del lenguaje debería ser el método y la forma de actuar en escenarios complejos, cambiantes y de enorme incertidumbre.

Lamentablemente, estas actitudes, que deberían ser el común denominador entre quienes tienen la obligación de actuar como dirigentes equilibrados, honestos, transparentes y creíbles, capaces de atraer y promover consensos en los actuales complejos escenarios internacionales, claramente han desaparecido o, simplemente, en el mejor de los casos, escasean. Y han sido sustituidas todas estas actitudes por personajes locuaces en la palabrería y en el diseño y creación de argumentaciones y relatos, siempre con diferente vara de medir los acontecimientos según se les antoje y con una fijación claramente y meticulosamente medida en fustigar la polarización y conseguir la atracción de masas que sean utilizadas como meros altavoces de sus mensajes propagandísticos: serviles masas que les apuntalen, en todo caso, en su principal y cardinal objetivo, aferrarse a un poder que llegan a considerar como derecho divino; actitud absolutista propia de regímenes europeos de siglos pasados, pero presente en muchos países con regímenes personalistas, autocráticos y claramente de escaso rigor democrático.

El complejo escenario internacional ha sido históricamente el lugar donde han surgido y emergido verdaderos estadistas, personas capaces de medir, conjugar y recomponer el difícil equilibrio de los acontecimientos. Y quienes lo han sabido ejercer se han ganado el respeto de todas las partes y la condescendencia de todos, así como el reconocimiento de que sus logros acaben descritos en libros de historia de las relaciones internacionales para su estudio. Pero quienes han querido entrar en estos escenarios aprovechándose de las complejas circunstancias internacionales para desviar, encubrir, enmarañar o simplemente desatender sus obligaciones internas han acabado siempre mal parados, e igualmente los historiadores han sabido ensañarse con ellos para su recuerdo ad vitam aeternam.

Ejemplo de pragmatismo y diplomacia en los acontecimientos actuales lo tenemos en la presidenta Meloni, la cual ha sabido compaginar una postura de salvaguarda respecto a la utilización de las bases americanas en suelo italiano —que pasaría ineludiblemente por la consulta en el Parlamento italiano— con una opinión adversa a la guerra y al conflicto directo con Irán, conjugando una diplomacia inteligente que no le ha supuesto ni buscado un enfrentamiento directo con EE. UU. e Israel.

El difícil equilibrio internacional es semejante a las caras de una moneda, y aunque nos aferremos a intentar que el canto de la misma tenga las mismas posibilidades que las posiciones del anverso o el reverso, difícilmente conseguimos que la realidad así se ajuste, obligándonos a discernir ineludiblemente cuál es la postura más adecuada.

En la actual situación internacional, nuestro país ha de elegir en qué posición desea situarse en la historia. Y si bien cabría indicar que en la esfera internacional no existe la plena perfección en la ineludible decisión de elección de bandos, es evidente que cuando tus comportamientos o tu palabrería parecen estar más cerca de los discursos populistas de dictaduras autocráticas, represivas y despóticas como China, Rusia, Corea del Norte, Irán, Venezuela y Cuba, entre otras, recibiendo de forma reiterada la congratulación y felicitación por tu posición de grupos terroristas o países catalogados como narcoterroristas o benefactores del terrorismo —con los que mantienes o has mantenido relaciones que esquivan los portales de transparencia y buena gobernanza que todo Estado debería acreditar y responder ante su sociedad—, es evidente que algo vienes trabajando para conseguir estar más cerca de estos países y de sus comportamientos. Un mensaje, actitud y línea diplomática que hasta el momento no identificamos en ningún otro país europeo o identificado como socio o aliado; tal vez porque esos otros países, manteniendo sus convicciones e independencia en sus decisiones, sí están manejando de forma sutil e inteligente este arte de la diplomacia y de las relaciones internacionales que nuestro país, y especialmente su ministro de Exteriores, tan poco y mal saben hacer.

En solo 24 horas nuestro primer diplomático ha pasado de enarbolar la bandera de su patrono a afirmar que no habría consecuencias y tragar saliva ante las amenazas de Trump; a no saber exactamente qué papel tenía nuestro país en el conflicto como consecuencia de una reunión —parece nada casual— con el embajador de EE. UU. y la ministra Robles; y finalmente a enviar el mejor navío de guerra de nuestro país a la zona de conflicto escoltando a otros navíos de guerra, acabando además por diluir ante la opinión pública la decisión del Consejo de Ministros de aprobar en la misma semana una transferencia de crédito al Ministerio de Defensa de 1.339 millones de euros, algo que, según entendieron los portavoces, carecía de importancia para informar en su comparecencia posterior. Sin duda vendrán nuevos capítulos de su incontinencia diplomática, de él y del Gobierno en general, que le está llevando a desaparecer o a quedar relegado en las importantes y cruciales reuniones europeas, y por tanto, finalmente, a nuestro país.

No es ser ambiguo en cuanto a la posición ante una guerra: nadie la desea. Pero debemos irnos al origen y debemos identificar quiénes la han provocado o alentado directa o indirectamente. Y aquí es donde debemos detenernos a identificar qué debemos analizar y reflexionar y qué posición es la que verdaderamente nos afecta, ahora o para el futuro. Y es que detrás de estos acontecimientos encontramos países que han sido históricamente fuentes del pensamiento y la radicalización del terrorismo, sirviéndole a este a través del apoyo técnico, económico, armamentístico y de refugio; a un terrorismo que carece de total legitimidad y valor y que ha atacado en cualquier lugar para dar visibilidad a su mensaje y garantizar su continuidad.

Los Acuerdos de Abraham, que buscaban una estabilidad en Oriente Medio, fueron abruptamente paralizados por los atentados de 2023 mediante un ataque sin precedentes a la población civil de Israel, un terrorismo de Estado que igualmente se identifica con un terrorismo doméstico cuando masacramos a la población disidente a nuestros intereses, como es el caso reciente de Irán con su población o el caso de Venezuela. El ataque contra Irán, obviamente, no es legal según el derecho internacional, pero tampoco lo es la masacre de su población, ni la clara intención de armarse con tecnología nuclear para acabar con los Estados enemigos, ni la evidente financiación de grupos terroristas repartidos por todo el mundo que, como ideología y pensamiento único, tienen la obsesión de acabar con toda la civilización occidental.

La diplomacia exige una actitud de diálogo y de comprensión que lleve a una postura compartida, y esta sería la meta a alcanzar. Por este motivo me atrevo a afirmar que sí existe una frase más acertada y que, en cierta medida, puede consensuar —o debería hacerlo— a gran parte de la sociedad; de hecho, su consenso estaría por encima del «NO A LA GUERRA».

Esta frase cuenta no con cuatro, sino con tres palabras, y espero que igualmente fuese pronunciada al menos con el mismo nivel de ímpetu que la anterior por todo el Gobierno de nuestro país, al igual que por sus grupos de simpatizantes.

Esta frase debería unir y compartir posturas y, de hecho, de conseguir que en el mundo y en los países que lo apoyan o legitiman de alguna manera desapareciera de sus vastos intereses, muy probablemente la misma guerra igualmente se desvanecería.

Esta frase cuenta no con cuatro palabras, sino con tres, y es: «NO AL TERRORISMO».

Puedo entender que no es del todo del agrado populista del Gobierno cuando se sustenta en partidos claramente identificados con la apología del terrorismo; cuando los ministros de este Gobierno desaparecen de actos concretos —esta misma semana se abandonó al Rey en el concierto In Memoriam por las víctimas del terrorismo— para asistir a otros de mayor calado populista; cuando ha decidido que es mejor invertir su tiempo y su trabajo desde Moncloa en el lavado y limpieza del relato de quienes cometieron actos de terrorismo y que se llevaron la vida de más de 855 personas. Es evidente, con todo este comportamiento, que cuesta algo más pronunciar esta frase de tan solo tres palabras y además hacerla circular al modo de la otra.

Por cierto, llegará el día en el que se desclasificarán los papeles del pacto con los herederos de ETA, un acuerdo que exponencialmente se afirmaba que nunca se realizaría y que al poco tiempo se descubriría como otra de las grandes mentiras de este Gobierno, y que sin duda apuntala lo difícil que es pronunciar estas simples tres palabras para algunos.

Creo que esta frase sí es de consenso en la gran mayoría de España, y sería sin duda igualmente un posicionamiento del Gobierno tanto a nivel interno como diplomático a nivel internacional.

Venga, repita conmigo: «NO AL TERRORISMO, NO AL TERRORISMO… NO AL… (Señor Sánchez, ¡no le escuchamos…!)».

Ricardo Castilla es CEO instituto de Investigación CONCEPTO

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