El escritor Carlos Zanón, autor de 'Objetos perdidos'
Entrevista
Carlos Zanón, escritor: «Es más fácil narrar cómo se descuartiza a alguien que transmitir ternura»
El autor barcelonés regresa cuatro años después con 'Objetos perdidos'
Han pasado cuatro años desde que Carlos Zanón (Barcelona, 1966) publicó su anterior novela, Love song. El maestro del género negro vuelve ahora con Objetos perdidos, que sigue a un abogado experto en encontrar a personas desaparecidas. En ella, el comisario del festival Barcelona Negra rebusca en sus vidas pasadas –fue abogado de oficio y poeta antes que novelista– y pergeña una novela melancólica, sórdida y en última instancia tierna, sobre la que conversa con El Debate en una cafetería de Barcelona.
–Objetos perdidos parte de un caso real, la misteriosa desaparición de dos jugadores de rugby en Barcelona, pero la historia va más allá de la trama noir.
–A veces no sabes muy bien por qué se te quedan las historias, pero aquella de los dos jugadores… Que no se supiera qué ocurrió, que enviaran un detective, que la familia pidiera parar la investigación… Me parecía como de novela de Mendoza. En mi caso, la estructura del suspense me sirve para no dar pasos en falso, para tener unas vías de tren, por así decirlo, en torno a las cuales construir todo lo demás.
Portada de 'Objetos perdidos', de Carlos Zanón
–Construir, sobre todo, al personaje de Álex Gual, que está constantemente a punto de tocar fondo pero siempre hay algo que se lo impide.
–Álex se está yendo sin mucha épica, pero no es un suicida: es un tío sin esperanza, no un desesperado. Es el instinto de supervivencia, que no deja de ser un misterio. Hay un momento en que la cabeza dice «se acaba la historia», pero el cuerpo no: aun enfermo, sigue intentando vivir. En este sentido, una vía que quería explorar en la novela –aunque finalmente tiene menos peso– era la de la gente que vive en la calle.
–En Barcelona hay unas 2.000 personas que duermen en la calle. En Objetos perdidos hay un capítulo estremecedor dedicado a una de ellas, Giselle.
Hay mucha gente que desaparece. En la Fundación Arrels conocen muchos casos; gente que se va. No tienes valor para enfrentarte a tu familia y entonces te vas, y apareces en otro lado. En el caso de Giselle, lo va perdiendo todo –el trabajo, la casa– porque cada vez necesita más tiempo para beber, para estar tranquila bebiendo.
–Casos que pasan desapercibidos en la Barcelona que retratas: fría, inmisericorde, con personajes ciegos al sufrimiento ajeno…
–Sí, pero más que de Barcelona yo quería hablar de la metrópoli. De la gran ciudad, que te da el anonimato y la libertad para ser quien quieras ser, pero cuya cara B es la soledad. Hoy estamos hiperconectados pero tú, yo o cualquiera de estas personas [señala al resto de clientes del café] pasa dos meses sin contestar al WhatsApp y no hay nadie que llame.
Estamos hiperconectados, rodeados de cosas que nos dicen que estamos en lo cierto, pero a la vez muy desvinculados de lo que representa la comunidad, de la gente, de perder el tiempo. Dices cosas muy intensas en redes sociales pero en el rellano de tu casa esquivas al vecino para no coincidir en el ascensor. No sé, mi madre iba al mercado y tardaba cuatro horas en volver: era una red que nos la hemos cargado, absolutamente, y creo que era más importante de lo que parecía.
–Otro aspecto de la ciudad que retrata es la faceta criminal: es una Barcelona de mafias y delincuentes. ¿Crees que es real?
No, yo creo que es una realidad inventada. He sido abogado de oficio muchos años y no hay tantos homicidios en Barcelona: es más probable que tú o yo tengamos alzhéimer que que nos peguen un tiro. La novela negra funciona en sociedades donde la violencia no es bestial, porque si vives rodeado de violencia, no lo buscas como evasión.
El autor de 'Objetos perdidos', Carlos Zanón
En Objetos perdidos también he intentado retratar lo ridículo o lo paródico de la gente que vive en el lumpen, en la delincuencia, porque son gente cutre, bastante carencial. Son violentos y saben hacer negocios, pero no son nada estimulantes. Me molestan las series o novelas que romantizan al matón, que lo ponen en un altar. He intentado quitarle el brillo a una cosa que claramente no lo tiene.
–Tolstoi escribió aquello de que todas las familias felices se parecen y que cada familia infeliz lo es a su manera, pero ahora no recuerdo dónde escuché la reflexión contraria: que el mal es, en realidad, aburrido y siempre igual, mientras que el bien puede tener derivadas infinitamente ricas.
–Completamente de acuerdo, incluso a la hora de narrar: es es mucho más fácil explicar cómo se descuartiza a alguien que transmitir ternura, generosidad o pequeños detalles. Creo que ahí es donde te la juegas como escritor.
–El principal personaje criminal de su novela es el mefistofélico Don Paco, ¿de dónde nace el personaje?
Quería hacer un personaje ambiguo. Salvando las distancias, me fijé en Long John Silver, de La isla del tesoro, que es una joya. Quería escribir un personaje carismático, pero súper violento, y que nunca sabe cuándo dejar la partida. Y a partir de ahí articular una reflexión sobre por qué nos gusta caer bien a los violentos. Lo estamos viendo con Trump, ¿no?
–Algo de esto último hay en Niño Gordo, la voz interior que escucha Álex Gual.
En alguna críticas han dicho que es un Pepito Grillo, pero yo quería hablar sobre cómo nos construimos sobre nuestras heridas. Y sobre cómo a lo largo de nuestra vida las relaciones que generamos y cómo nos comportamos tienen que ver con esas heridas. Si tú has sido hijo pequeño, lo eres toda tu vida: vas dejándote vencer por ello o edificando otro personaje, pero no puedes escapar.
–Han sido cuatro años desde que publicó su última novela. Cuatro años, además, complicados en lo personal, ¿cómo ha sido volver a escribir?
Los que nos dedicamos a esto intentamos entender lo que nos pasa a medida que lo escribimos. No empecé a escribir Objetos perdidos tras superar lo que me ocurrió, sino que ocurrió más o menos al mismo tiempo. Trabajar, escribir, te acompaña y te ordena. Además, yo soy muy fan de la ficción: me gusta mucho que me expliquen una historia y que por debajo me estén explicando otra. La autoficción tiene que estar muy bien hecha para que me guste.