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MAÑANA ES DOMINGOJesús Higueras

«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo»

Llamar a Jesús «Cordero» significa afirmar que Él no viene simplemente a enseñar, sino a entregarse. Su vida está orientada desde el inicio hacia el don total de sí mismo

Con la expresión «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» Juan el Bautista hace una declaración decisiva, que sitúa toda la vida de Jesucristo bajo una misión única y no negociable: restaurar la armonía original que Dios pensó para el ser humano desde el principio.

La Biblia no presenta el pecado como una simple falta moral o una infracción de normas. El pecado es, ante todo, una fractura. Atenta contra nuestra comunión con Dios, desordena la relación con los demás, hiere la creación y fragmenta al hombre por dentro. Allí donde el hombre estaba llamado a vivir en unidad, aparecen la desconfianza, el miedo y la división. Por eso la salvación no puede consistir en seguir un consejo ético o un programa de mejora personal. Hace falta una restauración real, en la raíz más profunda de nuestras decisiones, que solo Dios puede llevar a cabo.

Cuando Juan el Bautista señala a Jesús como el Cordero de Dios, está utilizando una imagen cargada de memoria y sentido. El cordero es la víctima inocente ofrecida en sacrificio. Es el animal de la Pascua, cuya sangre marcaba las puertas y salvaba de la muerte. Llamar a Jesús «Cordero» significa afirmar que Él no viene simplemente a enseñar, sino a entregarse. Su vida está orientada desde el inicio hacia el don total de sí mismo.

Jesús no elimina el pecado ignorándolo ni justificándolo. Lo quita cargándolo. Asume sobre sí el peso de la ruptura para restablecer la comunión. Por eso se presenta como víctima de expiación: no para aplacar a un Dios violento, sino para revelar hasta dónde llega el amor de un Padre que quiere reconciliarlo todo. En la cruz, Cristo entra en el lugar donde el pecado parece tener la última palabra y lo desarma desde dentro, ofreciendo perdón allí donde solo había condena.

Aquí está la clave: es imposible entender la vida y las enseñanzas de Jesucristo sin su destino final. Cada gesto de misericordia, cada palabra de verdad, cada curación, apunta hacia la entrega suprema. Pero ese destino no es la muerte. La muerte es atravesada, pues Cristo elige morir por amor, y precisamente por eso la muerte no puede retenerlo. La resurrección no es un final feliz añadido, sino la confirmación del Padre que el amor es más fuerte que el pecado y que la vida tiene la última palabra.

Al llamarlo Cordero de Dios, la Iglesia confiesa que nuestra salvación no nace del esfuerzo humano, sino de un don recibido. Somos lavados, justificados y reconciliados no por nuestros méritos, sino por su sangre derramada. Y al participar de su Pascua, somos asociados a su victoria. La armonía perdida no solo se promete: empieza a ser restaurada ya en quienes aceptan dejarse salvar.

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