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mañana es domingoJesús Higueras

Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor

Corremos el riesgo de reducir la Navidad a una cuestión estética o gastronómica: luces, mesas bien puestas, tradiciones entrañables. Celebrar el nacimiento de Cristo va mucho más allá. Es acoger, como José, una presencia que descoloca y transforma.

En este cuarto domingo de Adviento, la liturgia pone ante nosotros la figura discreta y decisiva de san José. No es un personaje secundario en el plan de Dios. Es el hombre justo que acepta con sencillez el cambio de planes que el Señor le manda.

Y ahí está la clave: José no entiende todo, pero confía. No pregunta, no exige explicaciones, no negocia condiciones. Obedece libremente porque sabe –aunque no lo controle– que Dios le ama y no le engaña.

José tenía su proyecto de vida. Un proyecto bueno, honrado, sencillo. Casarse con María, formar un hogar, trabajar, cumplir la Ley. Nada extraordinario. Y precisamente ahí irrumpe Dios para pedirle algo que no había previsto y que humanamente resulta desconcertante: acoger una paternidad que no ha elegido, cargar con una historia que no controla, fiarse de una palabra que le llega en sueños. José podría haber desconfiado, podría haberse cerrado, podría haberse refugiado en la lógica o en la norma. No lo hace. Tiene la flexibilidad espiritual suficiente para cambiar el rumbo cuando Dios se lo pide.

Esta actitud no es debilidad. Es fortaleza interior. José no actúa por impulso ni por sentimentalismo, sino por fe. Acepta una providencia que no entiende del todo, pero reconoce su origen. Sabe que viene de un Dios fiel. Por eso se levanta, toma al niño y a su madre, y sigue adelante. Sin discursos. Sin protagonismo. Sin quejas.

A las puertas de la Navidad, la Iglesia nos recuerda que la primera Navidad no fue idílica ni perfecta. No hubo comodidad, ni seguridad, ni control. Hubo confusión, miedo, decisiones tomadas en la oscuridad, caminos inciertos, puertas cerradas. Nada salió según lo previsto, y sin embargo triunfó el amor de Dios. Dios no esperó a que todo encajara para hacerse carne. Entró en una historia frágil, humana, real.

Esto es importante recordarlo hoy. Porque corremos el riesgo de reducir la Navidad a una cuestión estética o gastronómica: luces, mesas bien puestas, tradiciones entrañables. Todo eso tiene su lugar, pero no es lo esencial. Celebrar el nacimiento de Cristo va mucho más allá. Es acoger, como José, una presencia que descoloca y transforma. Es permitir que Dios entre en nuestra vida concreta, con sus límites y contradicciones, y la reoriente desde dentro.

La Navidad no puede quedarse en un paréntesis emocional. Ha de convertirse en un acontecimiento espiritual que siga afectando a nuestra vida día a día: a nuestras decisiones, a nuestra manera de afrontar lo imprevisto, a nuestra capacidad de confiar cuando no entendemos. San José nos enseña que creer no es tenerlo todo claro, sino dar un paso adelante porque Dios es digno de confianza.

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