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MAÑANA ES DOMINGOJesús Higueras

El verdadero sentido de la alegría cristiana

Por eso el cristiano puede estar alegre incluso en medio del sufrimiento. No porque el dolor sea bueno, sino porque el dolor no tiene la última palabra

Cuando los discípulos de Juan Bautista preguntan a Jesús si Él es el Mesías o si deben esperar a otro, la respuesta de Cristo no es un argumento teológico ni un discurso brillante. Es una enumeración de hechos concretos: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y —como señal decisiva— a los pobres se les anuncia la Buena Noticia. Ahí está la esencia del cristianismo y, con él, el fundamento de la verdadera alegría.

Sería un error reducir la pobreza a una categoría exclusivamente económica. Pobre es toda persona que vive con carencias profundas: quien no ha sido amado, quien arrastra heridas afectivas, quien se siente inútil, fracasado, culpable o espiritualmente vacío. Pobre es el que ha perdido la esperanza y la dignidad interior. Y precisamente a esos pobres —a los que el mundo no aplaude ni celebra— se dirige el Evangelio como una buena noticia real.

Cuando Jesús afirma que a los pobres se les anuncia la Buena Noticia, está diciendo algo radical: esas personas son capaces de recuperar su dignidad. El valor de su vida no depende de lo que hayan logrado, ni de si se cumplieron sus expectativas, ni de si sus sueños se hicieron realidad. Su valor no se mide por el éxito, la utilidad o el reconocimiento. Su valor es anterior a todo eso, porque procede de un Dios que los ama sin condiciones.

La alegría cristiana nace exactamente ahí. No nace de una vida cómoda, ni de la ausencia de problemas, ni del bienestar material. Tampoco nace de un optimismo ingenuo. La alegría cristiana brota de una certeza: Dios se ha hecho carne. Ha entrado en nuestra historia concreta, con sus heridas y sus límites, para decirnos que cada vida humana tiene un valor infinito.

Desde la llegada de Cristo ya no existe ninguna vida insignificante. Ninguna. Todo ser humano, desde el primer instante de su concepción hasta el último latido de su corazón, posee una dignidad inviolable. No porque sea fuerte, joven, productivo o brillante, sino porque ha sido querido y llamado por Dios a la vida y a la eternidad. Esta verdad cambia la mirada y transforma el corazón.

Por eso el cristiano puede estar alegre incluso en medio del sufrimiento. No porque el dolor sea bueno, sino porque el dolor no tiene la última palabra. La última palabra la tiene el amor de Dios, que sostiene, acompaña y redime. La alegría cristiana no es euforia pasajera; es una paz honda, sobria y firme, que no depende de cómo vayan las cosas.

En definitiva, estamos alegres no porque nuestra vida nos vaya bien, sino porque somos infinitamente valiosos para Aquel que nos creó, nos ama y nos espera. Esa es la alegría que nadie puede quitar. Esa es la alegría cristiana.

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