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MAÑANA ES DOMINGOJesús Higueras

«Pero él hablaba del templo de su cuerpo»

El templo más bello que jamás se ha construido es el ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios. No hay oro, mármol ni cúpula que pueda igualar la dignidad de una persona en gracia, porque el alma que acoge al Espíritu Santo se convierte en morada de la Trinidad

Mañana, la Iglesia celebra la dedicación de la basílica de San Juan de Letrán, la catedral del Papa y madre de todas las iglesias del mundo. Es una fiesta que, más allá de su dimensión arquitectónica, nos recuerda que el verdadero templo de Dios no está hecho de piedras, sino de personas. En el Evangelio, cuando Jesús dice que «hablaba del templo de su cuerpo», revela un misterio que transforma para siempre la manera de entender la presencia divina: Dios no habita ya en edificios, sino en el corazón del hombre.

El templo más bello que jamás se ha construido es el ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios. No hay oro, mármol ni cúpula que pueda igualar la dignidad de una persona en gracia, porque el alma que acoge al Espíritu Santo se convierte en morada de la Trinidad. Cada hombre y cada mujer son llamados a ser santuario viviente, lugar de encuentro entre el cielo y la tierra. Cuando cuidamos nuestro interior, cuando cultivamos la pureza, la verdad, la caridad, estamos restaurando ese templo que a veces el pecado ha deteriorado.

Ser templo significa haber sido creados para el encuentro con la divinidad y para manifestar su presencia a los demás. No somos recipientes cerrados, sino ventanas abiertas: Dios quiere reflejar su luz a través de nuestra vida. Cada gesto de amor auténtico, cada palabra que consuela, cada acto de justicia, son como piedras preciosas en el altar interior donde Él habita.

En el centro más profundo de nuestro ser, allí donde se aquietan los pensamientos y cesan los ruidos del mundo, podemos hacer comunión con el Dios verdadero. No hace falta viajar a lugares santos ni levantar grandes construcciones: basta con recogerse en el silencio y abrir el alma. Es allí, en ese santuario invisible, donde el Espíritu de Dios se une a nuestro espíritu y donde se realiza el verdadero culto.

Por eso Jesús dice a la samaritana que el Padre busca adoradores en espíritu y en verdad. No le interesan ritos vacíos ni apariencias religiosas, sino corazones que vivan en autenticidad, sencillez y amor. Adorar en espíritu y en verdad es dejarse habitar por Dios, permitir que Él transforme nuestro cuerpo y nuestra alma en un templo vivo.

La fiesta de San Juan de Letrán nos invita, por tanto, a mirar hacia dentro: a reconocer que cada uno de nosotros es una catedral habitada por Dios, llamada a irradiar su belleza y su presencia al mundo. Porque Cristo, al hablar del templo de su cuerpo, hablaba también del nuestro.

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