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Lidia Fernández
CrónicaLidia FernándezVarsovia (Polonia)

El plan soñado de Putin: pulsos en la OTAN, crisis energética y choques en la UE

Una eventual ruptura de la OTAN, las disputas sobre sanciones, la crisis energética y los bloqueos internos parecen el plan soñado de Putin. El mensaje del primer ministro polaco sintetiza la actual coyuntura que, indirectamente, puede favorecer al Kremlin

El presidente ruso Vladimir Putin asiste a una reunión con su homólogo indonesio en el Kremlin en Moscú

El presidente ruso Vladimir Putin, en el Kremlin en MoscúAFP

Vladimir Putin lo sabe. La Unión Europea no ha cambiado mucho desde la anexión de Crimea en 2014. Solo había que jugar las mismas cartas, pero sin enseñarlas: paciencia, divisiones internas y desgaste estratégico, el resto lo hace Bruselas.

Imposición de sanciones económicas y financieras contra Rusia, apoyo político a la soberanía de Ucrania y el intento de asilar internacionalmente a Moscú. Fue la estrategia de la UE en 2014, la misma que en 2022. En ambos periodos, la energía ha sido un elemento central: en 2014, Europa ya dependía significativamente del gas ruso, y esa dependencia condicionó la dureza de las sanciones. La UE ha ido reduciendo esa dependencia con los años, pero romper totalmente el vínculo en esta materia se hace imposible geográfica y estructuralmente.

En 2014, muchos líderes europeos interpretaron Crimea como un episodio limitado y no se anticiparon a una escalada mayor ni tampoco hubo consenso sobre si Rusia lanzaría una invasión a gran escala. Hubo señales, pero también dudas y respuestas graduales.

Tras la anexión de Crimea en 2014, la Unión acordó medidas contra el Kremlin y ya entonces la UE mostró síntomas de debilidad como bloque, un hecho que Rusia aprovechó para dividir en torno a las sanciones. Países como Polonia, los Estados bálticos y el Reino Unido defendían sanciones duras e inmediatas. Otros estados, especialmente Alemania, Italia, Hungría, Austria o Grecia, mostraban reticencias por su exposición económica y energética a Rusia.

Rusia, en paralelo, mantuvo contactos bilaterales con varios gobiernos europeos y evitó medidas que pudieran cerrar completamente esos canales, priorizando relaciones con países más dependientes o favorables al diálogo. El Kremlin no necesitó una acción única, sino una estrategia pragmática: no cortó el suministro a la UE en su conjunto, pero sí dejó claro que una escalada podía tener consecuencias. Esto generó presión indirecta sobre gobiernos más vulnerables, reforzando su postura más cautelosa.

Putin no trató a la UE como un bloque, sino como actores independientes en los que tenía interés. En Hungría, alrededor del 80 % del gas natural provenía de Rusia, y ya Viktor Orbán mostró cierta simpatía por Putin; bloqueó algunas medidas contra el Kremlin y retrasó decisiones mientras negociaba acuerdos energéticos con Rusia. Alemania, con gran parte del gas importando a través del Nord Stream 1, actuó de forma cauta y buscó el equilibrio; apoyó sanciones, pero promovió gradualidad. Grecia, en 2014, saliendo de la crisis económica tenía necesidad de inversión externa y mantuvo una postura más flexible favoreciendo contactos con Moscú.

En el tablero europeo sospechar movimientos es, relativamente, fácil por una simple realidad: una excesiva burocracia.

Desde la invasión a gran escala de Ucrania en 2022, la Unión Europea ha mantenido una línea oficial: sanciones económicas a Rusia, apoyo financiero y militar a Kiev y reducción progresiva de la dependencia energética rusa. Sin embargo, esa unidad se sostiene sobre un equilibrio frágil: las decisiones clave en política exterior requieren unanimidad, lo que otorga a cada Estado miembro capacidad de veto; algunos gobiernos cuestionan abiertamente las sanciones o el coste económico del apoyo a Ucrania. Y persisten tensiones por la crisis energética, agravada por la reducción del suministro ruso y conflictos en infraestructuras clave.

El resultado es una Unión Europea que mantiene una posición común en lo esencial, pero con crecientes dificultades para sostenerla en el tiempo.

Hungría: el factor disruptivo

El principal foco de fricción interna es Hungría, el Gobierno de Orbán –con la reciente elección de Péter Magyar se espera que esto cambie– ha bloqueado decisiones estratégicas clave; ha vetado o retrasado paquetes de sanciones contra Rusia; ha bloqueado un préstamo de aproximadamente 90.000 millones de euros para Ucrania; y ha mantenido y mantiene contactos directos con Moscú.

La investigación del Wasinghton Post, los audios filtrados y las no declaraciones del hasta ahora ministro de Exteriores húngaro, Péter Szijjártó, han provocado una crisis de confianza entre los Estados miembros con consecuencias: debilita la coherencia de la política exterior europea; retrasa decisiones críticas en plena guerra y, sobre todo, refuerza la percepción de vulnerabilidad institucional de la Unión Europea como bloque común.

¿Beneficia a Rusia?

El primer ministro polaco, Donald Tusk, se ha puesto por bandera la defensa del flanco Este de la Unión Europea, mientras Polonia construye el mayor muro antidrones de Europa, y que estará listo para 2028.

El mensaje de Tusk en X: «Una eventual ruptura de la OTAN, las disputas sobre sanciones, la crisis energética y los bloqueos internos parecen el plan soñado de Putin». Dan una clara idea de la actual situación de confianza en el continente.

Lejos de ser una afirmación retórica, los acontecimientos recientes muestran una convergencia de factores políticos, energéticos y geoestratégicos que están tensionando la cohesión de la Unión Europea –otra vez–, y condicionando su capacidad de actuación frente a Rusia.

Desde el punto de vista estratégico, varios de estos factores coinciden con objetivos del Kremlin. Fragmentación europea: Rusia ha buscado históricamente explotar divisiones internas en Europa. La capacidad de un solo país para bloquear decisiones clave confirma esa vulnerabilidad estructural. Desgaste económico y social: la crisis energética y el impacto de las sanciones generan tensiones internas en la UE, que erosionan el consenso político necesario para sostener el apoyo a Ucrania. Dilación en la toma de decisiones: Los bloqueos institucionales ralentizan la ayuda financiera y militar a Kiev, afectando directamente al desarrollo del conflicto.

En conjunto, no implica una coordinación directa, pero sí un alineamiento de efectos que favorece la posición rusa.

Las consecuencias para Ucrania son medibles y directas: el bloqueo de fondos europeos limita su capacidad financiera en plena guerra; las tensiones energéticas afectan a infraestructuras clave y a la estabilidad regional, y la reducción o incertidumbre en la ayuda internacional –especialmente tras el descenso del apoyo estadounidense– obliga a Europa a asumir mayor carga. Además, los retrasos políticos tienen un efecto estratégico: aumentan la presión sobre Kiev en el frente militar y en posibles negociaciones.

El factor OTAN

El factor OTAN es uno de los elementos más sensibles en la estabilidad del continente. Si Estados Unidos redujera significativamente su compromiso o abandonara la alianza, las implicaciones serían profundas: Europa perdería su principal garante de seguridad, se abriría un vacío estratégico en el continente y Rusia vería reforzada su posición contra Occidente.

Aunque este escenario es hipotético, el debate sobre el compromiso estadounidense ya está teniendo efectos políticos en Europa, donde crece la preocupación por la autonomía estratégica.

A pesar de que Bruselas intenta reaccionar, se enfrenta a limitaciones claras: falta de instrumentos para sancionar eficazmente a estados miembros disidentes, dependencia de la unanimidad en decisiones clave; y la dificultad para mantener cohesión política en contextos de crisis. Esto sitúa a Bruselas en una posición compleja: actúa, pero con márgenes limitados.

En este contexto, Rusia no necesita necesariamente avanzar militarmente para obtener ventajas estratégicas: la erosión de la cohesión europea y la ralentización del apoyo a Ucrania ya generan efectos favorables a sus intereses. La afirmación de que estos elementos configuran un «escenario ideal» para el Kremlin no implica una coordinación directa, pero sí refleja una realidad: la actual debilidad relativa de la UE en términos de unidad y capacidad de decisión constituye uno de los principales factores que están condicionando el conflicto en Ucrania.

El desenlace dependerá, en gran medida, de si Europa logra sostener su cohesión interna o si estas fracturas se consolidan como un rasgo estructural del nuevo equilibrio geopolítico europeo.

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