Israel y el Líbano negocian directamente un acuerdo de paz bajo la amenaza de Hezbolá
Estados Unidos impulsa acuerdos parciales –alto el fuego y mecanismos de supervisión para empezar–, pero choca con la profunda desconfianza
El secretario de Estado de EE.UU. Marco Rubio durante la instalación de la mesa de negociación entre Líbano e Israel
El secretario de Estado de EE.UU., Marco Rubio, instó el martes a Israel y Líbano a aprovechar una «oportunidad histórica» para la paz, al iniciarse en Washington el primer diálogo directo entre ambas naciones. Estados Unidos intenta frenar el conflicto entre Israel y el grupo terrorista Hezbolá. «Somos conscientes que afrontamos décadas de historia y complejidades, que nos han traído hasta la oportunidad que se nos presenta aquí para terminar la guerra».
Según Rubio la meta del encuentro es «acabar con décadas de influencia de Hezbolá en la zona», al dar la bienvenida a los representantes diplomáticos de ambos países. «La esperanza es que podamos delinear, paso a paso, un marco sobre el cual lograr una paz duradera», agregó. La reunión inicial entre los embajadores Yejiel Leiter y Nada Hamadeh concluyó tras casi tres horas.
Poco después del inicio de las conversaciones Hezbolá disparó cohetes contra 13 poblados del norte de Israel. El gobierno hebreo descartó cualquier alto el fuego con el grupo, de quien exige su desarme. «Queremos la paz y la normalización con el Estado libanés... no hay diferencias importantes entre nosotros. El problema es Hezbolá», afirmó el canciller Gideon Saar desde Jerusalén. El presidente libanés, Joseph Aoun, dijo que espera que las conversaciones marquen el «comienzo del fin del sufrimiento del pueblo libanés».
Mesa de negociación entre Líbano e Israel instalada en Washington
El Líbano se vio arrastrado a la guerra el pasado 2 de marzo, cuando la guerrilla proiraní Hezbolá atacó a Israel, contra la orden directa de Beirut.
Los ataques israelíes han matado más de 1.800 terroristas y unos 240 civiles, con 800 mil personas que han huido al norte hasta que vuelva la calma. La reunión –primera desde 1993– contó con la participación del secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, como mediador entre los embajadores israelí y libanés en Washington. La expectativa de que se concrete un avance significativo es baja, ya que el actual líder de Hezbolá, Naim Qassem –sucesor del sucesor de Hasán Nasralá–, exigió que se cancelaran y las calificó de «sumisión y capitulación». Increíble desvergüenza de un grupo que mantiene al país como rehén de su fanatismo, contra la voluntad popular mayoritaria.
Hartos de violencia
El presidente libanés, Joseph Aoun, ha dicho que espera que se pueda alcanzar primero un acuerdo de tregua, y que luego se inicien negociaciones en toda regla entre ambas naciones, que técnicamente llevan décadas en guerra. Sobre el terreno, los residentes de Beirut expresan su esperanza de que las conversaciones terminen con la violencia. «Estamos hartos», declaró Majmud Bidul, un empresario muy respetado en Beirut. «Ya hemos sufrido muchas guerras y queremos paz». Cabe señalar que Jerusalén y Beirut no tienen disputas fronterizas, ni terrestres ni marítimas.
La relación entre Israel y el Líbano no comenzó como una enemistad estructural. Tras la creación de Israel en 1948, la frontera norte fue durante años la más tranquila. Todo cambió a partir de 1970, cuando un conflicto interno árabe –el llamado «Septiembre Negro»– alteró el equilibrio regional y trasladó el epicentro de la violencia al sur libanés. Este hecho, impulsado por el Rey Hussein de Jordania al expulsar –y masacrar– a las milicias palestinas que desafiaban su poder, terminó con la expulsión de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) de Yaser Arafat de su territorio.
Cartel con la imagen de un combatiente chiíta del movimiento Amal, asesinado en acto de servicio, cuelga entre edificios del barrio predominantemente chiíta de Burj Hammoud
Derrotada pero no desarticulada, la OLP se instaló en el sur del Líbano, una nación débil. Pronto llegó a operar como un «Estado dentro del Estado». A partir de entonces, esa franja se convirtió en plataforma de ataques contra el norte de Israel: infiltraciones, cohetes y atentados que incluían episodios de alto impacto internacional, como la masacre de los Juegos Olímpicos de Múnich de 1972.
Desde la visión israelí el problema dejó de ser el Estado vecino como tal, sino un territorio sin control soberano desde el cual operaban terroristas hostiles. Esa lógica explica la primera gran intervención: la Operación Litani en 1978, destinada a alejar a la OLP de la frontera. En 1982, Israel lanzó una invasión a gran escala con un objetivo claro: destruir la infraestructura militar palestina y forzar su salida definitiva del Líbano.
La OLP fue efectivamente expulsada –un éxito táctico judío– pero el vacío que dejó no trajo estabilidad. Al contrario, en ese espacio emergió un actor más radical y, con el tiempo, más poderoso: Hezbolá. Fundado en 1982 por Irán, el grupo chií combinó fanatismo religioso, plan político y capacidad militar. Para Israel, representa una amenaza cualitativa distinta: no sólo una guerrilla, sino una extensión del eje iraní en su frontera norte.
El Líbano debe monopolizar la fuerza
Durante los años 80 y 90, Israel mantuvo una «zona de seguridad» en el sur del Líbano para proteger sus comunidades del norte. Allí se desarrolló un conflicto de desgaste contra Hezbolá, que fue perfeccionando tácticas de guerrilla hasta forzar la retirada israelí en 2000. Ese repliegue, visto en Israel como una decisión estratégica, fue presentado por los terroristas islámicos como una «victoria», consolidando su «legitimidad interna».
El siguiente momento clave fue en 2006, con una guerra abierta tras el secuestro de soldados israelíes. Desde entonces, la relación ha sido de disuasión inestable: escaramuzas, acumulación de armamento y una frontera inestable. Esa lógica se mantiene hoy. Desde octubre de 2023, Hezbolá ha lanzado ataques en apoyo a Hamás, y el norte de Israel vive bajo amenaza, con intercambios de fuego casi diarios. Washington busca evitar una guerra total. La posición israelí es clara: no puede haber estabilidad mientras mantengan su arsenal en el sur del Líbano, en violación de resoluciones internacionales. Para Jerusalén, el requisito mínimo es el desarme efectivo y su retirada al norte del río Litani (40 km al norte de la frontera).
Del lado libanés la situación es más ambigua. El Estado formal –debilitado por crisis económicas y divisiones internas– sostiene que no logra controlar a Hezbolá. Figuras políticas libanesas han advertido, según prensa local y europea, que desarmar al grupo «sin un acuerdo regional es inviable». Al mismo tiempo, Hezbolá se presenta como «resistencia» frente a Israel –hecho que ningún libanés cree– y rechaza desarmarse. Aquí reside el núcleo del problema: el Líbano no es un Estado independiente en materia de seguridad, mientras Israel exige precisamente esto para firmar un acuerdo permanente.
Las perspectivas, por tanto, son de contención más que de resolución. Washington impulsa acuerdos parciales –alto el fuego y mecanismos de supervisión para empezar–, pero choca con la profunda desconfianza.
En resúmen, la historia de Israel y el Líbano no es la de dos Estados enfrentados de manera clásica, sino la de un conflicto creado por grupos armados autónomos. La OLP primero y actualmente Hezbolá. Jerusalén, por su parte, ha pasado de operaciones puntuales a una ofensiva más amplia y contundente. Cuando exista un Líbano cuyo Gobierno monopolice la fuerza –como todo país normal– la paz podrá ser la nueva realidad.