Irán va hacia la catástrofe con los ojos abiertos
Tras el fracaso del diálogo, el fanatismo irracional iraní se ha intensificado. La reacción inmediata ante la decisión de Trump de imponer un bloqueo naval ha sido advertir que responderá atacando infraestructuras portuarias del Golfo
Una mujer con una bandera de Irán en la plaza de la Revolución de Teherán
Hay paralelismos en la historia El fanatismo, la negación de la realidad, conduce a tragedias personales y nacionales. En un mundo flexible, la rigidez total lleva -casi siempre- al desastre. El fracaso de las negociaciones de Islamabad (Pakistán) entre Washington y Teherán no ha cerrado una etapa, sino que ha abierto otra más clara y previsible: la de otra confrontación armada, donde Irán ya no intenta evitar el choque, sino gestionarlo en sus propios términos. Durante años, Teherán combinó presión militar, diplomacia zigzagueante y ambición nuclear. De armas nucleares, entiéndase bien.
Ahora, tras el colapso del diálogo, toda ambigüedad desapareció. La estrategia iraní gira en torno a tres ejes: control regional, presión económica y resistencia para debilitar la voluntad política americana. El eslogan «No a la Guerra», ante un régimen que solo desde enero ejecutó casi 2.000 opositores y atacó a seis países cercanos, se parece a la proclamada «Paz en nuestro tiempo» de Chamberlain tras reunirse con Hitler. Ingenuidad, cobardía o ceguera.
El primer elemento es el dominio del espacio inmediato, con el estrecho de Ormuz como pieza central. Irán ha convertido ese paso marítimo en un instrumento político más que militar. No busca cerrarlo de forma permanente, sino manipular su funcionamiento para causar incertidumbre en los mercados energéticos y elevar el costo de cualquier acción estadounidense. Teherán ha utilizado minas navales, amenazas difusas y cobro de peajes para obligar a los buques a transitar bajo su control directo, creando un mecanismo de presión económica sobre Occidente. El presidente Donald Trump ha declarado que recuperará la libre navegación en esta ruta clave. Y en esto está logrando el apoyo de potencias europeas.
Aumento del fanatismo
Tras el fracaso del diálogo, el fanatismo irracional iraní se ha intensificado. La reacción inmediata ante la decisión de Trump de imponer un bloqueo naval ha sido advertir que responderá atacando infraestructuras portuarias del Golfo, si sus propias exportaciones son bloqueadas. No es una amenaza improvisada, sino coherente con una doctrina que busca internacionalizar el conflicto: si Irán no puede vender petróleo, nadie en la región lo hará con normalidad. El objetivo no es la victoria militar directa, sino forzar a fuerzas externas -China, India, Europa- a presionar a Washington.
El segundo eje es la negociación como herramienta secundaria, no como objetivo. Las declaraciones del presidente del parlamento iraní, Mojamed Bagher, son claras: la diplomacia es «una herramienta entre otras», no un fin en sí misma. Esta visión coincide con el enfoque tradicional del régimen, pero ahora se declara sin disfraz. Irán no abandona la diplomacia; la utiliza como extensión de la violencia. Exige compensaciones, reconocimiento de su control sobre Ormuz y levantamiento de sanciones, condiciones que sabe imposibles de aceptar, pero que le permiten —creen— justificar la continuidad del conflicto.
La ruptura del diálogo responde también a una diferencia fundamental. Washington busca acuerdos limitados -alto el fuego, libertad del estrecho, prohibición nuclear- mientras Teherán exige un rediseño más amplio del equilibrio regional, incluyendo garantías de no agresión y reconocimiento de su papel como potencia. Esa diferencia convierte toda negociación en un choque de principios, no solo de intereses.
Objetivos opuestos
El tercer eje es la resistencia estratégica. Irán asume que no puede derrotar militarmente a Estados Unidos, pero sí puede impedirle lograr una victoria clara. Mantiene capacidades reales -misiles, drones- y potenciales -reservas de uranio- que pueden funcionar como disuasión y herramienta de escalada controlada. Su lógica es prolongar el conflicto hasta que el precio político en Washington supere los beneficios. En este punto, el calendario estadounidense -elecciones legislativas en noviembre- importa tanto como el equilibrio militar. Pero del actual abril a noviembre falta medio año. Difícil que en ese tiempo no se pueda lograr la derrota yihadista, con la consecuente alza de popularidad presidencial. Además, como se demostró, la Fuerza Aérea israelí implica un eficaz aporte al dominar el aire.
EE.UU. ha respondido con una estrategia opuesta: presión máxima, bloqueo naval y amenaza de nuevas acciones militares. Su cálculo es que el régimen iraní, debilitado por ataques previos y descontento popular, aceptará las condiciones propuestas. O incluso -en el mejor de los casos- colapsará y será sustituido por un gobierno sensato.
Jerusalén juega un papel central. Para Teherán, la guerra no es bilateral, sino un conflicto contra el eje EE.UU. - Israel. Las acciones previas, destrucción de estructuras y eliminación del liderazgo, han impuesto la percepción de una amenaza existencial en el régimen. Esa percepción fomenta —curiosamente— una estrategia agresiva y opuesta a concesiones. Desde el lado israelí, la lectura es que la presión constante debilita la teocracia. Marco Rubio afirma que «el problema central no es el comportamiento puntual iraní, sino la naturaleza de la dictadura y su ambición nuclear». Esta visión impulsa una solución tajante. El resultado será, pues, una confrontación donde cada parte intente imponer su objetivo. Washington quiere resultados rápidos y visibles. Irán apuesta por la supervivencia. No es una estrategia de victoria, sino de impedir la derrota. Muy poco probable.