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TRIBUNAEmiliano Jiménez*

Clericalismo secular de un periódico

Si se reconoce el pasado tal como fue, parece razonable admitir que la Asociación Católica de Propagandistas, por su trayectoria, no es una asociación «ultra» sino una entidad católica con un historial de diversidad ideológica, hostilidad inicial de los conservadores y, posteriormente, de los auténticos «ultras».

En un tópico no falto de razón, en los últimos años la polarización ideológica en las llamadas democracias occidentales –entre las que, sin duda, nos encontramos– ha llevado a que las tomas de postura sobre muchos temas, más allá de la inevitable parcialidad, adopten la lógica de que el fin justifica los medios. Se identifica al enemigo ideológico y se busca destruirlo, cancelarlo, diríamos ahora, recurriendo a la peor de las mentiras: la media verdad.

Pero en algunos casos, como el que les mostraré, la hostilidad no es en absoluto reciente. Ese es el caso del clericalismo secular del diario El País, desde poco después de su refundación en los inicios de la transición democrática española. No seré yo quien le niegue a este medio la condición de periódico de referencia y bien editado, que ha prestado un servicio a nuestro país, como otros de ideologías diferentes u opuestas.

Mi objetivo es poner ante sus ojos la pretensión de este medio de cancelar, mediante medias verdades, aquellas realidades eclesiales que no son de su agrado. Lanzan anatema apelando a esas medias verdades y, por eso, hablo de clericalismo. Y lo califico de secular porque atacan con saña aquellas expresiones del cristianismo –principalmente el católico– que no se ajustan a su particular forma de entender la religión. No me extenderé en lo que El País entiende por cristianismo «bueno», porque mi objetivo es poner de relieve el uso de las medias verdades por parte de este medio en relación con la Asociación Católica de Propagandistas.

Cinco letras mágicas: Ultra

Las palabras, a lo largo de la historia, adquieren o abandonan significados y, a veces, se convierten en armas políticas. En el contexto de la psicología social y la lingüística, términos como «rojo» –asociado frecuentemente con ideologías de izquierda o comunistas–, «facha» –abreviatura de fascista, aplicada a posiciones de extrema derecha–, «masón» –relacionado con la masonería, a menudo en narrativas conspirativas–, «ultra» –para designar extremistas, usualmente de derecha– y «nazi» –evocando el nazismo–, entre otros similares, operan como etiquetas cognitivas y discursivas. Estas facilitan la simplificación de la complejidad inherente al mundo social y político, permitiendo procesar información de manera expedita, aunque a expensas de la objetividad.

Desde una perspectiva cognitiva, estas etiquetas funcionan como heurísticos, mecanismos que el cerebro humano emplea para manejar volúmenes elevados de datos con eficiencia. La realidad es multifacética: individuos, ideas y eventos poseen capas históricas, culturales y contextuales que demandan un análisis detallado. Sin embargo, según la teoría de la categorización social propuesta por Henri Tajfel, las personas tienden a agrupar elementos en categorías para reducir la carga mental.

Por ejemplo, al denominar a alguien como «rojo», se condensa su identidad en una presunta afinidad ideológica, obviando aspectos como su contexto socioeconómico o sus motivaciones personales. Este proceso simplifica la realidad mediante divisiones binarias o polarizadas, eliminando la necesidad de confrontar evidencias contradictorias. El empleo de tales etiquetas desalienta la lectura objetiva al fomentar sesgos cognitivos.

Al aplicar una etiqueta, se evade el esfuerzo analítico requerido para «leer» la realidad en profundidad, es decir, recopilar datos, considerar perspectivas alternativas y evaluar contextos. Esto genera una falsa sensación de comprensión, distorsionando la percepción. A nivel social y cultural, estas palabras se difunden en discursos mediáticos o ideológicos, creando ecosistemas donde la objetividad se interpreta como debilidad o deslealtad. Por instancia, calificar a un opositor como «ultra» justifica el rechazo de sus argumentos sin debate racional.

¿Los propagandistas católicos son ultras?

El País se refiere a la Asociación Católica de Propagandistas como «ultras»: «ultracatólicos». Con eso quieren indicar que son conservadores o de extrema derecha, que apelan a una politización de la fe cristiana para defender banderas políticas «de derechas».

Si nos remitimos a la historia, la realidad es más compleja. Contrariamente a una percepción monolítica conservadora, la ACdP y Herrera Oria fueron vistos con hostilidad por las fuerzas más conservadoras desde el principio.

Aunque su misión se centraba en la evangelización y la formación de líderes católicos, la ACdP enfrentó críticas y hostilidades desde sectores conservadores, monárquicos y tradicionales, que la percibían como potencialmente divisiva o demasiado conciliadora con corrientes modernas o regionalistas. Estas tensiones se manifestaron especialmente a través de intervenciones diplomáticas de la nunciatura apostólica y la Secretaría de Estado vaticana, así como en episodios que involucraron al rey Alfonso XIII protestando contra la actuación de los propagandistas.

Durante la II República, la derecha más dura atacaba sin piedad a Ángel Herrera Oria y a la Asociación Católica por su accidentalismo.Los propagandistas han albergado en su historia una diversidad ideológica notable.

Tememos a Onésimo Redondo (fundador de las JONS, con afinidades falangistas) y a Blas Piñar (defensor de una línea dura nacionalcatólica, quien solicitó la baja de la ACdP por desacuerdos ideológicos).

A Marcelino Oreja Elósegui, Víctor Pradera y José María Pemán representando unos el carlismo y otros la lealtad de los borbones.

Otros ejemplos de esa diversidad son José Antonio Aguirre (del Partido Nacionalista Vasco), Luis Sols Lucía, Manuel Carrasco i Formiguera (dirigente de Unió Democràtica de Catalunya), Manuel Giménez Fernández o Joaquim Maria de Nadal (secretario de Francesc Cambó). De estos dos últimos, condenados a muerte por el bando rebelde durante la guerra civil, y uno de ellos fusilado.

Es cierto que durante la dictadura encontramos colaboradores con el régimen como Fernando María Castiella, José Ibáñez Martín, José María Fernández-Ladreda, Pedro Gamero del Castillo, José Larraz, Alberto Martín Artajo, Cruz Martínez Esteruelas, Joaquín Ruiz-Giménez y Federico Silva Muñoz.

Pero también opositores como Joaquín Ruiz-Giménez, cuando se distancia de la dictadura, o José María Gil-Robles.

Sin olvidar el grupo de intelectuales y profesionales que organizaron el Grupo Tácito como columna de opinión colectiva en el diario Ya, con el apoyo del presidente de la Asociación Católica de Propagandistas, Abelardo Algora. En ese grupo, entre 1970 y 1976, colaboraron, entre otros, propagandistas como Alfonso Osorio, Eduardo Carriles, Pío Cabanillas, Íñigo Cavero, Landelino Lavilla, Marcelino Oreja Aguirre, José Joaquín Puig de la Bellacasa, José Luis Álvarez y Óscar Alzaga. Seguro que todos ellos fueron atacados con saña por los defensores de mantener la dictadura tras la muerte de Franco.

Parecería razonable, si se reconoce el pasado tal como fue, admitir que la Asociación Católica de Propagandistas, por su trayectoria, no es una asociación «ultra» en sentido estricto, sino una entidad católica con un historial de diversidad ideológica, hostilidad inicial de los conservadores y, posteriormente, de los auténticos «ultras».

En los últimos años han pasado por la Asociación personas liberales y antiliberales, conservadoras y liberal-conservadoras, de centro-izquierda, de centro-derecha y de derechas. Hemos tenido miembros que han apostado por diferentes partidos, en el libre ejercicio de su libertad. Si examinamos la realidad como recomendaba Tácito, sine ira et studio, debemos concluir que la Asociación Católica de Propagandistas no es una asociación ultra y que, al darle este calificativo, el diario El País solo busca cancelarla sin entrar a dialogar.

* Emiliano Jiménez es miembro de la Asociación Católica de Propagandistas.

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