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María Rabell García
María Rabell GarcíaCorresponsal en Roma y El Vaticano

El mensaje que el Papa ha repetido 550 veces y que la política internacional intenta reducir a eslogan

Mientras líderes mundiales simplifican las palabras del Pontífice sobre la paz para sus propios intereses, el análisis del Magisterio de la Iglesia revela una propuesta mucho más profunda

El Papa León XIV ofrece una flor a Nuestra Señora de Fátima durante la Vigilia de Oración

El Papa León XIV ofrece una flor a Nuestra Señora de Fátima durante la Vigilia de Oración por la pazAFP

La insistencia del Papa León XIV en la paz —más de 550 menciones en apenas un año de pontificado— no ha pasado desapercibida, pero sí muchas veces instrumentalizada. En el actual escenario internacional marcado por la polarización y la lectura política inmediata de cualquier declaración pública, sus palabras han sido absorbidas por un marco que tiende a simplificarlas: el de un llamamiento genérico contra la guerra.

Sin embargo, esa interpretación pasa por alto un elemento clave. En el Magisterio de la Iglesia, la paz no se define como una mera ausencia de conflicto ni a un acuerdo de cese al fuego, sino que remite a una construcción más profunda, arraigada en el orden interior del individuo y proyectada hacia la vida social. Como señala el Catecismo, la paz «es obra de la justicia y efecto de la caridad», y la define, siguiendo la tradición de San Agustín, como la tranquillitas ordinis o la tranquilidad del orden.

La religión católica no es un camino de calma interior anestésica, ni la paz cristiana un estado de quietud psicológica o un pacto con la injusticia. El mensaje evangélico, por el contrario, actúa metiendo el dedo en la llaga para denunciar la oscuridad. De hecho, en el Éxodo, Dios es presentado como un «Dios guerrero» en su lucha contra el pecado.

El problema de la interpretación contemporánea radica en el olvido de que esta paz es, ante todo, una «victoria desarmada» que requiere la salvaguardia de los bienes de las personas y el respeto a la dignidad humana. Sin estos componentes, el mensaje del Papa queda despojado de su carga ética y se convierte en una consigna política vacía.

Más allá de la ausencia de conflicto

No puede haber estabilidad externa si el individuo no ha alcanzado primero una paz interior a través del perdón y la reconciliación con Dios, pues la verdadera liberación solo se gana definitivamente cuando la paz se conquista en los corazones. De hecho, nada más aterrizar en el Continente Africano, León XIV subrayó que «Dios desea la paz para cada país» y que esta debe ser expresión de justicia. Pero sus palabras marcaron una distinción clara: la liberación definitiva de los pueblos no se logra solo con tratados internacionales, sino cuando la paz es «conquistada finalmente en los corazones».

En el momento que vivimos, marcado por la crisis de la familia, el aumento de la depresión y la extensión dramática de prácticas como el aborto y la eutanasia, el mensaje papal sostiene que no puede haber paz si existe una guerra interior en el hombre o una ruptura de la fraternidad en las unidades básicas de la sociedad. Esta sutileza se pierde en el ruido mediático, donde se prefiere el titular de confrontación antes que el análisis de la siembra invisible que el Pontífice realiza en cada discurso al recordar que la paz es «desarmada y desarmante, humilde y perseverante». Es una paz que transforma más que derrota.

La paz como orden interior

Recientemente, se ha observado cómo distintos líderes internacionales han salido en defensa de León XIV a raíz de las últimas críticas de Donald Trump al Pontífice. Mientras diversos actores intentan defender al Papa para arrastrarlo al terreno de sus propios intereses, León XIV ha sido claro al señalar: «No voy a entrar en debate con él», como una forma de evitar precisamente la instrumentalización política de su mensaje.

Esa instrumentalización se produce cuando se ignora el carácter teológico y pastoral de su saludo habitual: «La paz esté con vosotros». Es fundamental entender que este saludo no es un deseo protocolario, sino el recordatorio de que la paz es un «sacramento de unidad». Es la firma de un Dios que ha vencido a la muerte y que, como el Resucitado atravesando las puertas cerradas del Cenáculo, no trae reproches, sino el regalo de la reconciliación. En este sentido, reducirlo a un apoyo o rechazo coyuntural constituye una lectura interesada que desvirtúa el sentido de la paz cristiana.

El mensaje de León XIV se enfrenta al desafío de la profundidad en una era de consumo rápido de información. La paz que él propone es una presencia que se recibe, una respuesta a la crisis de fe y un antídoto contra el desánimo de la humanidad. Si el mensaje del Papa sigue siendo interpretado solo bajo la lupa de la utilidad política, se corre el riesgo de ignorar la única solución que él considera definitiva: la conquista de la paz en el centro mismo del corazón humano.

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