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León XIV hablando en la Iglesia Patriarcal de San Jorge, en Estambul (izquierda), y al presidente de EE. UU, Donald Trump

León XIV hablando en la Iglesia Patriarcal de San Jorge, en Estambul (izquierda), y al presidente de EE. UU, Donald TrumpAFP

La advertencia de San Agustín que resuena en la confrontación que Trump busca con León XIV

Ante las críticas recibidas en redes sociales, el Papa defiende su misión como «peregrino y constructor de paz» ajeno a agendas de política exterior

En el primer vuelo del Papa hacia Argel, al iniciar su tercer viaje apostólico, esta vez a África, el Papa León XIV respondió con serenidad a las críticas vertidas contra él por Donald Trump en redes sociales. No solo afirmó que «no le tengo miedo a la Administración Trump», sino que añadió que no entrará en debate con él.

Además, de forma significativa, el Pontífice subrayó: «Siempre lanzo el mismo mensaje: la paz. Lo digo para todos los líderes del mundo, no solo para él: intentemos acabar con las guerras y promover la paz y la reconciliación». Y añadió: «No somos políticos, no miramos la política exterior con la misma perspectiva. Pero creemos en el mensaje del Evangelio como constructores de paz. La Iglesia tiene la obligación moral de ir en contra de la guerra».

Más allá de la anécdota o del titular incendiario, la figura del líder fuerte de nuestro tiempo no debe leerse como un accidente histórico, sino como un síntoma de una sociedad que ha decidido habitar, con todas sus consecuencias, la «ciudad del hombre».

San Agustín, en su obra capital La ciudad de Dios, ofrece la clave para interpretar este fenómeno. Para el santo obispo de Hipona, la historia humana se divide en la tensión entre dos amores: el amor propio llevado hasta el desprecio de Dios, que funda la ciudad terrena, y el amor a Dios llevado hasta el desprecio de sí mismo, que funda la ciudad celestial.

El contexto político actual, dominado por el ego a derecha y a izquierda, la búsqueda de la gloria humana y el apetito de dominio, es el reflejo de esa ciudad terrena descrita por el santo, que pone su gloria en sí misma y en la exaltación de su propia cabeza.

El poder sin virtud

No es casual que León XIV, que llegó a ser superior precisamente a la orden de los agustinos, beba directamente de estas fuentes en sus intervenciones más recientes.

En sus últimas declaraciones, tanto antes de aterrizar en Argelia –tierra de san Agustín– como durante el propio viaje, el Pontífice ha subrayado que su misión no se rige por agendas de política exterior, sino por el anuncio cristiano.

Una distinción que es, en sí misma, puramente agustiniana: mientras la ciudad terrena «busca la gloria de los hombres», la ciudad de Dios se define por una «verdadera piedad y religión» que no busca el aplauso popular, sino ser testigo de la conciencia ante Dios. Precisamente en su llegada a Argelia, afirmó que una «religión sin piedad» y una vida social sin solidaridad son un «escándalo a los ojos de Dios». Con ello, el Papa subraya que la fe no puede separarse de la compasión práctica.

En un momento en que muchos analistas y politólogos lamentan que el liderazgo ya no se mide por la virtud, sino por la eficacia e incluso por el espectáculo, las enseñanzas de Agustín advierten de que, cuando la virtud deja de ser el fundamento de la autoridad, el poder se desvirtúa de forma inevitable.

En una de sus reflexiones, señala que «sin la virtud de la justicia, ¿qué son los reinos sino unos execrables latrocinios?». Así, cuando la política se desprende de la ejemplaridad moral, el ejercicio del mando se convierte en un puro instrumento de ambición, en el que el ciudadano es seducido no por la verdad, sino por la jactancia y el aplauso popular que Agustín describe como el humo de la vanagloria.

El verdadero sentido de la paz cristiana

Esta crisis externa es, en realidad, un reflejo del desorden interior del corazón humano. La polarización y el populismo que hoy asfixian el debate público no son, aplicando la doctrina agustiniana, más que pasiones desordenadas proyectadas en la vida pública.

El hombre contemporáneo, al igual que los romanos que Agustín criticaba, parece haber perdido el ordo amoris, el orden del amor que permite amar cada cosa según su verdadera importancia.

La analogía con la caída de Roma es inevitable. San Agustín escribió su célebre obra tras el saqueo del año 410, un acontecimiento que conmovió a un mundo que se creía eterno. Hoy, el Occidente liberal experimenta una zozobra similar ante la pérdida de sus fundamentos. El santo recordaba que Roma no se hundió por fuerzas externas, sino porque sus costumbres ya estaban por el suelo mucho antes de que sus muros cayeran. El desorden del alma, explica la enseñanza católica tradicional, termina convirtiéndose en el desorden del mundo.

En definitiva, la política de nuestro tiempo plantea una tensión que puede leerse en clave agustiniana: la de una ciudad que oscila entre la soberbia y el amor propio, y la búsqueda de un orden interior sin el cual resulta difícil hablar de una paz verdadera. Es precisamente en esta misma línea, en la misa del Domingo de Resurrección, que el Papa señaló que la paz que Cristo nos ofrece «no es aquella que se limita a silenciar las armas», sino aquella que «toca y transforma el corazón de cada uno de nosotros».

'La Ciudad de Dios'

«Dos amores fundaron, pues, dos ciudades, a saber: el amor propio hasta el desprecio de Dios, la terrena, y el amor de Dios hasta el desprecio de sí propio, la celestial. La primera se gloría en sí misma, y la segunda, en Dios, porque aquélla busca la gloria de los hombres, y ésta tiene por máxima gloria a Dios, testigo de su conciencia. Aquélla se engríe en su gloria [...]. En aquélla, sus príncipes y las naciones avasalladas se ven bajo el yugo de la concupiscencia de dominio, y en ésta sirven en mutua caridad, los gobernantes aconsejando y los súbditos obedeciendo.

Aquélla ama su propia fuerza en sus potentados, y ésta dice a su Dios: A ti he de amarte, Señor, que eres mi fortaleza (Sal 17,2). Por eso, en aquélla, sus sabios, que viven según el hombre, no han buscado más que o los bienes del cuerpo, o los del alma, o los de ambos [...]. Creyéndose sabios, es decir, engallados en su propia sabiduría a exigencias de su soberbia, se hicieron necios [...]. En ésta, en cambio, no hay sabiduría humana, sino piedad, que funda el culto legítimo al Dios verdadero, en espera de un premio en la sociedad de los santos, de hombres y ángeles, con el fin de que Dios sea todo en todas las cosas (1 Cor. 15,28)».
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