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MAÑANA ES DOMINGOJesús Higueras

«Tú eres mi hijo amado»

Juan el Bautista se resiste. Sabe que no está ante un pecador que necesite conversión. Su intuición es clara: «Soy yo el que necesita ser bautizado por ti»

La fiesta del Bautismo del Señor cierra el tiempo de Navidad situándonos ante el núcleo de la fe cristiana, pues en ella se nos da una revelación decisiva: quién es Jesús y qué ha venido a hacer por nosotros.

Juan el Bautista se resiste. Sabe que no está ante un pecador que necesite conversión. Su intuición es clara: «Soy yo el que necesita ser bautizado por ti». Y, sin embargo, Jesucristo responde con una frase que marca todo su ministerio: «Conviene que cumplamos toda justicia». Jesús no se defiende, no se distancia, no se coloca por encima. Entra en el Jordán como uno más. No porque tenga pecado, sino porque ha decidido cargar con el pecado del mundo.

Aquí está la clave. Jesús no solo cumple la justicia: se convierte Él mismo en justicia, santificación y redención. En el Jordán, Juan el Bautista introduce en el agua a Aquel que introduce a la humanidad entera en el corazón del Padre. El Hijo eterno se sumerge en la condición humana herida para que nadie quede fuera de la salvación. No hay distancia. No hay excepción. No hay vidas descartadas.

El río Jordán no es un simple escenario. En esas aguas Jesús acoge el peso del mal, la suciedad del pecado, la fragilidad de todos. Permite que sobre Él recaiga lo que no le pertenece para que a nosotros se nos conceda lo que no merecemos. Esa inmersión es ya un anuncio silencioso de la cruz. El Jordán apunta al Calvario. El agua anticipa la sangre. El gesto humilde prepara la entrega total.

Por eso el Bautismo del Señor no se entiende sin la Pascua. Jesús baja al agua como bajará al sepulcro; sale del Jordán como saldrá victorioso de la muerte. Desde el inicio de su vida pública queda claro que su camino no será el del poder, sino el del amor que se abaja. No viene a salvar desde fuera, sino desde dentro. No redime evitando el dolor, sino atravesándolo.

Entonces se abre el cielo y resuena la voz del Padre: «Tú eres mi Hijo amado». Lo cual no es una frase retórica sino una proclamación. Y aquí la fiesta nos toca de lleno. Porque esa misma palabra es pronunciada sobre cada uno de nosotros en el bautismo. No como metáfora, sino como realidad. Antes de cualquier mérito, antes de cualquier fracaso, somos hijos amados.

La fiesta del Bautismo del Señor es, en definitiva, la celebración de una victoria que ya ha comenzado. Cristo ha vencido al pecado y a la muerte, y nos ha asociado a esa victoria por el bautismo. No caminamos hacia la salvación a ciegas: caminamos dentro de ella. Desde el Jordán hasta la cruz, y de la cruz a la vida eterna, todo está ya abierto. Esa es la buena noticia.

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