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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Y ahora, ¡llega la censura climática!

Tras imponer por ley y bajo multa una historia única y doctrinaria del siglo XX español, ahora pretenden llevar a la Fiscalía las críticas a la histeria con el clima

Act. 11 ene. 2026 - 11:37

La ingeniera de apellido difícil Sara Aagesen, madrileña de 50 años de padre danés y madre española, lleva viviendo del apocalipsis del clima desde 2002, cuando gobernando el hoy turbio lobista Zapatero se incorporó a la Oficina Española del Cambio Climático, inventada por el compinche de Delcy y Nicolás como parte de su ingeniería social. En 2018, Sánchez nombró vicepresidenta y ministra de Transición Ecológica a la integrista climática Teresa Ribera. Aagesen se fue con ella y acabó ascendida a secretaria de Estado de Energía. Ambas son señoras altivas y de posibles. Socialismo Moët & Chandon, para entendernos.

Ribera resultó una calamidad en el Gobierno. Pero como hacía gala de la ideología en boga, la del alarmismo climático, y como a Peter todavía no lo habían calado por ahí, acabó de comisaria en Bruselas, empaquetándose 35.000 euros al mes tras haber sido un desastre. Teresa ordenó cerrar las nucleares mientras toda la Europa inteligente apostaba por ellas. Su ecologismo pasado de rosca le fundió los plomos a España y Portugal. El apagón tercermundista fue el fruto de acelerar con las renovables sin garantizar la aportación de energía tradicional que sostiene la red en momentos delicados. Por supuesto, no ha dimitido nadie por el estropicio. Ni siquiera la presidenta de Red Eléctrica, la aparatchick socialista Beatriz Corredor, que ahí sigue, cobrando medio millón al año.

Teresa Ribera era además la fenómena que derribaba presas y se negaba a limpiar los cauces de los ríos por sus fijaciones ecologistas. Fue también –ay– la caradura que en plena tragedia de la dana no se molestó ni en arquear una ceja. Aunque era todavía la vicepresidenta del ramo, de la que dependían los cauces, se encontraba desaparecida en el extranjero, preparando su examen para forrarse en Bruselas. Insólitamente, la jueza que lleva el caso ha llamado a declarar con urgencia a Feijóo, pero no tiene nada que preguntar a Ribera (ni al ágil Galgo de Paiporta).

Con la marcha de Ribera a su bicoca europea, Sara Aagesen ascendió a vicepresidenta-florero en su lugar. Personaje de aire y talante pijillo, en los debates contempla a sus adversarios con un rictus de olímpico desprecio, como si fuesen unos gañanes alocados. En el asunto del apagón –que ella llama eufemísticamente «el cero»– ha dado mil rodeos para no reconocer lo que todo el mundo veía claro desde el minuto uno: la burramia fanática con las renovables provocó el fundido a negro.

La izquierda, incapaz de dar soluciones económicas a las acogotadas clases medias, ha buscado nuevas banderas para cubrir su impericia. Son el feminismo politizado, la apología de la homosexualidad y el rollo trans, la subcultura de la muerte (aborto y eutanasia) y el cambio climático. Tales causas se viven con un fervor cuasi religioso, en especial la última. Si no estás de acuerdo con que la mano del hombre está cambiando el clima del planeta y que al mundo se le agota el tiempo, pasas a ser tachado de «negacionista climático» (categoría a la que se acaba de incorporar hasta Bill Gates, que se ha apeado de la burra y ahora dice que en modo alguno existe una amenaza que vaya a acabar con el hombre e invita a centrarse en luchar contra la pobreza y las enfermedades).

Una cosa es cuidar el planeta e intentar reducir al mínimo la contaminación, en lo que todos estamos de acuerdo, y otra, alarmar con un inminente apocalipsis climático que nunca llega. El hoy rey Carlos III de Inglaterra alertó en 2009 sobre que la humanidad tenía solo cien meses para evitar «un colapso climático y medioambiental irreversible». Ya han pasado 17 años…

Nuestro Gobierno no está dispuesto a razonar, a cotejar datos, a escuchar a científicos que aportan otro punto de vista. Simplemente, queda prohibido discutir el catecismo climático, según explicita ahora una asombrosa noticia que ha publicado el Pravda: «El Gobierno lleva a la Fiscalía los insultos y amenazas contra los divulgadores climáticos». Los ejemplos que aportan de gravísimas amenazas son los siguientes: «Venga, pobreza y delincuencia, pero con árboles. Sois una enfermedad para los ciudadanos». «Cárcel, deberíais haber ido a la cárcel, que le habéis comido la cabeza a los jóvenes». Oh, ¡qué terribles ataques! Normal que la ministra posh acuda corriendo a la Fiscalía para defenderse de semejantes hienas de la fachosfera.

Hay que sacar a esta gente del poder cuanto antes, porque no solo son ineficaces y han vendido España a los separatistas, sino que además están coartando nuestra libertad. Primero impusieron, so pena de multa y a golpe de propaganda, una lectura única, sesgada y obligatoria de la historia de España de los años 30 y 40, que mutila la libertad de cátedra. Y ahora, Fiscalía al canto si criticas el sagrado dogma climático (en noviembre publiqué aquí un artículo titulado Apeándose de la burra climática, me veo en Soto jugando al mus con Ábalos y Koldo).

En Sanchistán se puede blasfemar en la televisión pública en horario estelar y ofender a millones de católicos, pero no pasa nada. Se puede quemar la efigie del Rey y despellejarlo a insultos, y no pasa nada. Se pueden montar aquelarres proetarras, y no pasa nada. Pero ay de aquel que cuestione el cambio climático, o haga un chistecillo sobre los mahometanos. A esa «ultraderecha negacionista» y a esos «islamófobos» les esperan la Fiscalía del Gobierno intervencionista y los aspavientos demudados del achicharrado Marlaska.

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