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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

El regalo de la alegría

Hay personas que saben vivir y abrazan cada día con una expectativa positiva y otras que viven en el amargor de la hiperexigencia y la búsqueda de lo imposible

Act. 07 ene. 2026 - 11:09

Comienzo una espléndida mañana de Reyes con el sol iluminando un Madrid de aire limpio y frío y practicando uno de los mayores placeres de la vida: leer los periódicos con calma, tomando café y con una buena música al fondo. Suena el último y muy logrado disco del norirlandés Van Morrison, de voz intacta a sus 80 años. Como si se hubiese conjurado con el espíritu de este día, Van se nos ha puesto optimista. Canta que «la otra noche me eché a dormir, tuve algún tipo de sueño y cuando desperté sentí que había vuelto a la alegría».

Tras repasar el mejor periódico de España (aquel en el que trabajo) y ojear la prensa de centro-derecha mediopensionista y el Pravda, encuentro en The Times un artículo de otro personaje que me gusta y al que también le acaban de caer los 80 tacos: sir Max Hastings. Es un ilustre columnista, corresponsal y director de periódicos, autor ahora de excelentes y exitosos libros de historia militar, como el que me he zampado sobre el Día D. En general me interesan mucho más estos viejos gran reserva del periodismo que el calimocho chisposo del «joven» articulismo español cuarentón y cincuentón, que intenta epatar más que razonar con claridad expositiva.

Sir Max dirigió durante diez años el Telegraph, por entonces la biblia del conservadurismo británico, y el Evening Standard. Es fantástico el comentario socarrón que le hizo a su editor cuando lo vio fascinado con los ricos y poderosos del alto establishment: «Nunca debemos olvidar que los asuntos humanos son siempre una comedia, porque todos somos igualmente ridículos en el baño». También resultan agudos sus consejos para los jefes, como el que sigue: «La gente te perdonará si tomas malas decisiones, pero no si no tomas decisión alguna».

En su artículo, el londinense Max Hastings cuenta que al cumplir los 80 años ha vuelto a releer la carta más importante que ha recibido en su vida. La escribió para él su padre, Mac, en el atardecer del 31 de diciembre de 1945, cuando el niño Max tenía 3 años, y la escondió para que la recibiese al cumplir la mayoría de edad. El tono de la misiva es sombrío, acorde a la atmósfera de una Inglaterra que salió tan victoriosa como arruinada de la IIGM. El padre lamenta que durante su vida ha visto como Gran Bretaña pasaba de ser el mayor imperio del mundo a uno de los países más empobrecidos y pronostica que cuando su hijo lea la carta, Rusia y Estados Unidos habrán dirimido una apocalíptica guerra atómica. Max Hastings subraya que nada de eso ocurrió al final. Todo lo contrario. Su generación vivió en paz y ha sido «la más saludable, próspera y educada de la historia», por lo que invita a sus hijos y nietos a no caer en el pesimismo paralizante.

Mac Hastings, que también era periodista, aporta en la carta varios consejos a su hijo Max. Profesionalmente, le pide que abrace siempre «la emoción de enfrentarte al folio en blanco» (ahora la pantalla). Le recomienda que busque la aventura y haga gala de coraje físico. El viejo Max, desde la atalaya del crepúsculo de su vida, responde a su padre que «es mucho más importante el coraje moral que el físico». Por último, Mac daba también a su vástago un consejo absurdo, desconcertante: «Cásate con una mujer de piernas gordas, porque son mejores en la cama». Max Hastings cuenta que no le ha hecho caso en ninguno de sus dos matrimonios y que jamás ha entendido esa recomendación ultratumba.

En la carta a su hijo, Mac, que era católico, alardea del éxito de su matrimonio con su esposa, Anne Scott-James, también escritora y periodista de éxito. Pero su mujer no opinaba igual. Mac albergaba una veta excéntrica, a veces casi locuela. En una ocasión se largó a una isla deshabitada del Índico para jugar a moderno Robinson Crusoe y poner a prueba sus dotes de supervivencia durante semanas. Cuando volvió a casa, su mujer se había largado al Sur de Francia tras solicitar el divorcio.

Sin embargo, sir Max recuerda a su padre con un profundísimo cariño, que no guarda para su madre, a pesar de que era «mucho más inteligente que él». ¿La razón? «Mi padre poseía el mayor regalo que uno puede tener: sabía cómo ser feliz». Además, se había anotado la máxima de que un exceso de franqueza es enemigo de la armonía social. Por el contrario, su madre era «una realista impenitente, que siempre llamaba a las cosas por su nombre», lo cual tuvo un precio que pagaron sus hijos: «Hasta el día de su muerte nos dijo siempre qué estaba mal en nuestras vidas, cuando lo que todo niño espera de su padre es la admiración». El clima de la infancia deja una huella indeleble en el futuro carácter de los adultos.

Existen personas que llenan de luz los espacios que pisan, otras somos más complicadas y algunas llenan el aire de hielo con su sola presencia. La vida te arrea a veces unos sopapos tremendos. Pero vale la pena intentar salir a la calle cada día ilusionándose con lo mejor, y no fabulando con lo peor. Además, el día de Reyes vuelve a recordarnos que el catolicismo es la religión de la alegría, por ser la de una esperanza cierta. Así que permitan que me ponga ñoño y les desee que lo pasen bien, incluso si los Reyes les han traído carbones, y disfruten del regalo de la alegría. Hay ya demasiada amargura como para hacerse voluntarios de la causa ceniza.

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