Un presidente contra España
Sánchez no es nadie para meter a España en un conflicto internacional, dañar sus intereses, situarla en el lado incorrecto de la historia y jugar a estas alturas al «No a la guerra»
España se ha metido en un conflicto internacional insólito, dañino e intolerable con Estados Unidos y todo el mundo civilizado en Oriente y Occidente con una decisión ilegal, inmoral e indecente de una única persona, Pedro Sánchez, que actúa con un caudillaje incompatible con la Constitución y sus atribuciones reales.
Y eso es lo primero que hay que destacar: Sánchez no es nadie para decidir unilateralmente un enfrentamiento con Donald Trump y las grandes potencias europeas que, aliadas con el universo islámico más razonable, libra una batalla real, cultural y vital contra una amenaza objetiva, cruel, integrista, nuclear y patrocinadora de buena parte del terrorismo internacional.
El sistema español no es presidencialista, pero mucho menos con un presidente que no tiene el respaldo mayoritario de las urnas, carece de mayoría parlamentaria, no es capaz de aprobar unos Presupuestos Generales en toda la legislatura y está rodeado de corrupción.
Solo por eso, Sánchez no es nadie para adoptar decisiones traumáticas, sin admitir preguntas, sin buscar consensos y saltándose a las Cámaras e incluso al Rey, que tiene derechos y obligaciones constitucionales en materia internacional.
Pero yendo al fondo del asunto, ni toda la retórica pacifista de Sánchez esconde la verdadera naturaleza de su estrategia, que no es otra que utilizar un drama, necesitado de políticos adultos, para recrear el infantilismo del «No a la guerra», desviar la atención de la mezcla de escándalos y bloqueo que le lleva a atrincherarse en La Moncloa y erigirse falazmente como némesis de Donald Trump y cabecilla progresista mundial, un papel al que se aferra para sucederse a sí mismo cuando los electores le saquen de una Presidencia que ya solo ejerce en beneficio propio y de sus aliados, todos opuestos a los intereses de España.
Que pretenda ir de pacifista un dirigente felicitado por Teherán, Hamás y los hutíes, deudor de Bildu y distanciado de las primeras democracias del mundo es una desfachatez. Que olvide el martirio de la población civil de Irán y la amenaza integrista para Occidente, una frivolidad. Y que sacrifique la posición internacional de España, lograda durante años y perdida en cinco minutos, una irresponsabilidad más de un frívolo que juega con los intereses estructurales del país que, simplemente, no debe gobernar con esas ínfulas presidencialistas ajenas a su representación real.
Es de desear que a la oposición no le tiemble el pulso y tenga claro que la manera de defender a España no es ponerse detrás de un presidente que confunde su agenda propia con la de su país, sino frente a él, con un mensaje que llegue a Washington, Bruselas, París, Berlín, Tel Aviv y todos los centros políticos de los que Sánchez no puede sacarnos por sus lamentables urgencias personales.