Sobre el papel de las emociones a la hora de creer
Los movimientos y las nuevas comunidades nacidas de carismas del Espíritu a partir de los años 50 del siglo pasado se valoran mejor desde la lógica teológica del testimonio y la propuesta eficaz de una fraternidad real y viva
La Conferencia episcopal Española acaba de publicar la nota doctrinal Cor ad cor loquitur (El corazón habla al corazón): sobre el papel de las emociones en el acto de fe, y sus implicaciones en la vida cristiana personal y comunitaria. Se trata de un nuevo documento teológico dedicado a cuestiones de espiritualidad cristiana, tras las notas sobre las prácticas de sanación intergeneracional del año 2024 y sobre la teología de la oración del año 2019, lo cual nos está diciendo que en la vida espiritual de los creyentes se juega algo decisivo a nivel teológico.
Cor ad cor loquitur es un texto sencillo y accesible, que todos, especialmente los pastores, leerán con fruto. Se presenta como una reflexión sintética de antropología espiritual, en la cual se realiza un somero discernimiento autorizado y actualizado de la sociedad y de la Iglesia en España, una presentación relevante de la visión cristiana del hombre espiritual a la luz del misterio de Cristo, y una valoración teológica del lugar del sentimiento religioso en la experiencia cristiana.
Reconozco muy valiosa la llamada a recuperar el corazón como vía privilegiada, entre otras posibilidades que ofrecía la mística cristiana, para comprender equilibradamente el valor del sentimiento espiritual. Parece que la encíclica Dilexit nos del Papa Francisco ha sembrado un interés muy prometedor por el amor de Dios que enciende el corazón de Cristo y quiere habitar también nuestros corazones. Comparto esta idea de que la perspectiva teológica y espiritual del corazón nos ayuda a recuperar al hombre íntegro, con sus razones, afectos y decisiones, con toda su estructura natural y sobrenatural, que es la única realidad que corresponde perfectamente al don de la gracia, que es el Dios vivo entregándose. Resuena una cita de san Máximo el Confesor, al hablar de la experiencia unitiva: «El todo del hombre, entrando en el todo de Dios».
Ojalá comparezca este horizonte teológico en nuestras comunidades y todos nuestros proyectos pastorales. Especialmente, en las nuevas iniciativas de anuncio del Evangelio y en los movimientos eclesiales más veteranos, que no se pueden definir con justicia principalmente a partir del impacto emocional generado por sus métodos misioneros. En mi opinión, los movimientos y las nuevas comunidades nacidas de carismas del Espíritu a partir de los años 50 del siglo pasado se valoran mejor desde la lógica teológica del testimonio y la propuesta eficaz de una fraternidad real y viva. Ahí está la razón de su fecundidad. De hecho, en el taller dedicado al primer anuncio del Convivium sacerdotal celebrado en la diócesis de Madrid el pasado febrero, varios sacerdotes implicados en estas actividades evangelizadoras de impacto, valorábamos mucho el peso decisivo de esa pertenencia eclesial tras el anuncio.
El otro componente indispensable en la experiencia espiritual para situar bien el sentimiento religioso es la historia. Por su propia naturaleza, la emoción es alterna y transitoria, debe y tiende a desaparecer. El sentimiento, al que no se puede renunciar, como tantas veces nos recuerda acertadamente la nota doctrinal, debe ser integrado en un camino y en una meta, en un proceso y en una maduración, ayudado por el tiempo a decir toda su verdad. Por ejemplo, para que esa alegría intensa sea energía para el apostolado o decisiones vocacionales, o para que esa tristeza llorosa pueda ser transfigurada en arrepentimiento fecundo o intercesión compasiva. Cuando el sentimiento se pone al servicio del amor, da mucha gloria a Dios.
Para situar bien el sentimiento religioso, la liturgia es una escuela fundamental. Cor ad cor loquitur lo hace presente, como fruto gozoso del encuentro con Cristo. Pero hay más, mucho más, porque la liturgia de la Iglesia es la experiencia cristiana paradigmática para la espiritualidad cristiana, fuente de la vida espiritual, además de culmen (cf. Sacrosanctum Concilium 14). No hay experiencia mística más excelente: la misa más cotidiana y la confesión más rutinaria, por ejemplo, tienen una eficacia incomparable con otras vivencias a la hora de unirnos con Cristo, incluso cuando los sentimientos no acompañen con intensidad.
Además, la forma de la liturgia cristiana es una de las herramientas educativas más importantes para la Iglesia: haciendo presente a Jesucristo Sumo Sacerdote, con su adoración y su alabanza, su acción de gracias y su bendición, hace aparecer la relación auténtica entre el Cielo y la tierra, y el modelo de toda experiencia espiritual. Su verdad trinitaria, su lenguaje simbólico, su voz comunitaria… son los verdaderos criterios de una educación espiritual. Por ejemplo, el tema de los medios y auxilios en la oración, que parece ser una preocupación de la nota, podría orientarse desde el misterio de la pobreza de Cristo, que ha rezado al Padre con palabras sencillas, sin pocos recursos psicológicos o estéticos. Otras tantas cuestiones podrían ser iluminadas de la misma manera.
En cualquier caso, Cor ad cor loquitur puede convertirse en un documento de referencia para nuestras comunidades y pastorales. Además, es una buena noticia: significa que la Iglesia se atreve a pensar teológicamente la espiritualidad y no la arrincona entre lo devocional, se toma en serio la profundidad dogmática de la experiencia cristiana, y se muestra convencida de que la teología puede iluminar eficazmente la vida cristiana.
Jaime López Peñalba es profesor de Teología de la espiritualidad en la Universidad San Dámaso y Consilario de Cursillos de Cristiandad de Madrid