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El patio de mi casaJosé Antonio Méndez

La nueva evangelización, «bajo sospecha»

Hablar de los riesgos del emotivismo es hoy muy necesario. Sin embargo, alertar de que en la Iglesia este lenguaje emotivo pueda estar generando «abusos espirituales», prácticas sectarias y maltrato al Santísimo, sin decir quién, cómo y dónde acontece, es harina de otro costal.

La reciente Nota de los obispos sobre los «riesgos emotivistas» que se dan en los nuevos movimientos eclesiales merece la pena ser leída por cualquier católico que quiera saber por dónde respira el Espíritu sobre nuestra Iglesia local. Y por dónde respiramos quienes componemos nuestra Iglesia local, que a veces no es en la misma dirección que el Espíritu.

Es de justicia agradecer a los pastores sus desvelos por salvaguardar la integridad de nuestra fe, y su deseo por alertarnos a los fieles de a pie de los riesgos que entrañan los usos «emotivistas» de algunas nuevas realidades. Y no hablo de «los obispos» en abstracto: conozco y aprecio a buena parte de los miembros de la Comisión para la Doctrina de la Fe, y me precio de tener una filial amistad con varios de ellos.

Ahora que hay quien dice que creer está de moda, no está de más que los obispos nos recuerden que ya el mismo Jesús alertó de que «no todo el que dice 'Señor', 'Señor' es discípulo mío». Porque jetas y malas personas ha habido siempre, y no serán pocos los que traten de embaucarnos vendiendo su mercancía sectaria como revelación divina. Que por algo Luzbel, el demonio, se presenta como ángel de luz, y llegó a tentar en el desierto al mismo Cristo usando como anzuelo pasajes de la propia Palabra de Dios. A Él, que era el Verbo Encarnado.

También me alegra sobremanera que nuestros obispos constaten una evidencia: el reverdecer de la fe entre los jóvenes y no tan jóvenes, que es, ante todo, un movimiento suscitado por Dios, «que toma la iniciativa de salir al encuentro del hombre y adelanta su gracia». Pero que tiene también mucho que ver con la osadía de los nuevos movimientos y las realidades de primer anuncio.

Dicho todo esto, no deja de asombrarme y también disgustarme que una Nota de la Comisión para la Doctrina de la Fe sea tan ambigua y genérica como para poner bajo sospecha a todas esas nuevas realidades que están acercando a Cristo a miles de personas.

Porque hablar de los riesgos del emotivismo es hoy muy necesario, sin duda. La tiranía de los sentimientos es un signo de nuestros días, un mal que aqueja a nuestra sociedad y del que la Iglesia no está exenta. Los propios obispos constatan que «muchos discursos sociales y políticos actuales apelan con frecuencia a las emociones (miedo, esperanza, indignación) con el fin de generar determinados comportamientos y adhesiones».

Sin embargo, alertar de que en la Iglesia este lenguaje emotivo pueda estar generando «abusos espirituales», prácticas sectarias y maltrato al Santísimo, sin decir quién, cómo y dónde acontece, es harina de otro costal.

Quizás soy un ingenuo, pero si los obispos saben cuáles son las realidades eclesiales en las que se dan abusos espirituales, entiendo que lo que deberían hacer es denunciarlas públicamente, con nombres y apellidos –como siempre ha hecho Doctrina de la Fe– para que podamos los fieles evitarlas. Y que si saben dónde se producen esos abusos litúrgicos, lo que deben hacer es señalarlos para salvaguardar la fe de los sencillos.

Así, por ejemplo, podríamos saber si lo que consideran «abusos» en el maltrato a Cristo Eucaristía y «arbitrariedades» que debemos evitar, se refiere a adoraciones al Santísimo donde se alaba con los brazos en alto, como hacía el Rey David; aquellas en las que se permite en ocasiones rozar, como la hemorroísa, la Custodia en la que derrama su amor Jesús Sacramentado; o tal vez esas otras en las que algunos miembros de la comunidad, confiando en los dones de intercesión o sanación de los que la Iglesia habla cada Pentecostés, piden por la sanación de los enfermos presentes.

Quizás, por el contrario, los abusos de los que por primera vez hablan los obispos son aquellos que, desde hace décadas, cometen ciertos sacerdotes que ni encienden la luminaria del Sagrario, o los que meten «morcillas» de su cuño durante la consagración, o los que en bodas y comuniones leen poemas de Tagore en lugar del Antiguo Testamento para ser más «próximos a la gente», o los que niegan la comunión a aquellos que la desean en la boca, o los que cuelgan banderas –LGTB o autonómicas– en el altar de la Misa, o los que te dicen que no pasa nada por acostarte con tu novia y comulgar «porque lo importante es ser buena persona», o los que bendicen a parejas de homosexuales el día de su boda civil. Que de todos estos casos ha conocido el que suscribe.

Sobre las alertas que hace la Nota ante el descuido de la liturgia –tan esencial por ser «fuente y culmen de la vida cristiana», como la definió san Juan Pablo II al conmemorar la Sacrosantum Concilium–, me encantaría saber si se refieren al uso, por ejemplo, de focos led, guirnaldas de luces y flores preservadas en torno al altar; o si lo que denuncian, más bien, es el empleo en el presbiterio de letras cutremente recortadas en cartulinas de colores, carteles en Comic Sans hechos con WordArt y con dibujos de Fano, o a la cara del ochentero Jesús de Nazaret de Franco Zeffirelli como imagen sacra.

Quizás no es ni lo uno ni lo otro, sino el uso durante la misa de nuevas canciones hakuneras, poco apropiadas por ser demasiado «pop» o «emotivistas», en lugar de las versiones de Simon & Garfunkel, el Kumbayá o el Aleluya de Cohen, que nunca han merecido una Nota episcopal.

Los obispos saben bien que la fe es una cosa muy seria. Tengo amigos y padres espirituales que llevan la cruz pectoral y la mitra sobre la cabeza. Y no seré yo quien caiga en el maniqueísmo de considerarlos una especie de élite desentendida de su pueblo, o un ente abstracto que traiciona el Evangelio. En absoluto responden a esa caricatura anticlerical. Como tampoco todos los nuevos movimientos y métodos son entidades perfectas y sin mácula.

Pero precisamente porque sé que ni obispos y cardenales merecen laicos cortesanos que callen con deslealtad lo que no es verdad, ni quienes se están dejando la vida en la evangelización merecen ser difamados bajo la acusación de «imprudentes» o «sectarios», creo de justicia decir que esta Nota es terriblemente imprecisa, y por ello imprudente e injusta.

Y estando las cosas como están, y cayendo la que está cayendo, el Pueblo de Dios, que es a su vez Cuerpo Místico de Cristo, no se merece estas cosas.

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