Deja de lamentarte y quítale el móvil a tu hijo
Hoy hay una generación de padres preparadísimos y preocupadísimos por sus hijos, que como estamos tan enganchados a nuestros propios móviles, hemos renunciado a educar y a pelear por la libertad moral de nuestros hijos, y hasta por su salud
Tengo cuatro hijos entre los 5 y los 14 años y en mi casa no hay tablet, ni se ve televisión, ni tenemos videoconsola. Mis hijos no saben lo que es levantarse un sábado y enchufarse a la tele. Y el mayor –que es un fiera jugando al fútbol, va a un ritmo lector que ya no soy capaz de seguir, saca buenas notas y sale por ahí con sus amigos; o sea, que es un tipo tan normal como extraordinario–, tampoco tiene móvil ni, por supuesto, redes sociales.
Con frecuencia, eso sí, hacemos cine en familia, cada dos o tres semanas les pongo a los pequeños series de dibujos animados (se parten con Mr. Bean y La pantera rosa), y a mi primogénito le dejo ver shorts conmigo, y jugar a videojuegos tipo Arcade en el mismo ordenador de sobremesa que uso para trabajar. Y que, por cierto, no está en su cuarto, sino en la habitación multiusos que yo llamo, con añoranza decimonónica, «mi despacho», aunque esté tomada por los niños.
Cuento todo esto no porque yo sea mejor que nadie, sino para demostrar que es perfectamente posible –aunque no poco esforzado– eso de educar sin pantallas, no ceder a la presión del grupo y tratar de que tus hijos sean un poco más libres que tú. Y que es posible no darle el móvil a tu hijo y no se pierda ni un plan, incluso aunque seas un padre tan desastre como el que suscribe.
La cosa es que cada vez que hablo con adultos cuyos hijos están en la adolescencia, y se enteran de que el mío no tiene móvil, ni lo tendrá como mínimo hasta los 16 (y redes, hasta los 18), la respuesta suele ser la misma. A saber, mirarme como si fuese un amish... y reconocer: «Qué envidia, eso tendría que hacer yo, la de peleas que me ahorraría...».
Pero no es que nos hayan engañado con lo de los móviles, las redes y los niños: es que hemos fingido que nos engañaban. A veces pienso que los adultos hemos preferido lamentarnos para poder echarle la culpa a un tercero, antes que asumir el riesgo de ser responsables. O lo que es lo mismo, hemos preferido, para nosotros y nuestros hijos, la tiranía de la mayoría y la esclavitud digital, a la incómoda responsabilidad de ser libres.
A decir verdad, ha sido un sistema entero quien lo ha hecho. Porque cuando los colegios e institutos se entregaban orgiásticamente a las pizarras digitales, los chromebooks y las tabletas, ya era vox populi que los directivos de Silicon Valley no dejaban a sus hijos acercarse a esos dispositivos por ellos creados.
Psicólogos, psiquiatras, neurólogos, pediatras, policías y expertos en adicciones llevan más de un lustro dándonos evidencias de los efectos negativos (muy, muy negativos) que los móviles y las redes infligen a nuestro cerebro, a nuestro comportamiento, y sobre todo, al cerebro y al comportamiento de los niños.
Y, sin embargo, seguimos entregando el primer smartphone entre los 10 y los 12 años; y casi el 80% de los menores de 16 utilizan una o dos redes sociales a diario, sin que sus padres les pongan siquiera un filtro de tiempo.
El último informe de Qustodio es brutal: 8 de cada 10 padres considera que TikTok es un problema para sus hijos... mientras reconocen que es la red que más usan esos mismos hijos. En concreto, el promedio entre los adolescentes que tienen esa app es de 115 minutos cada día. Casi dos horas.
Ahora bien: ¿Quién le compra el móvil a un menor? ¿Quién suscribe el contrato telefónico? ¿Quién paga la factura? ¿Quién es, por tanto, responsable de lo que ese menor ve, comparte, consume y hace con ese móvil, en ese grupo de WhatsApp, en esa red social?
Estoy cansado de ver abuelos dándoles el móvil a sus nietas de 7, 8 o 9 años para que vean y se graben tiktoks bailando coreografías que sonrojarían a las gogós de un after. Y a padres y madres que jamás les darían a sus hijos un bollo industrial, pero dejan que atiborren sus ojos, su cerebro y su corazón con el contenido más sórdido y explícito que ustedes se puedan imaginar. Porno y violencia incluidos.
Con el trampantojo de tenerlos localizados los 15 minutos que tardan en llegar al instituto, o con el autoengaño de saber dónde están (aunque jamás les cojan el teléfono si les llaman), los padres convierten a los niños en zombis que no prestan atención ni a quienes les rodean en el autobús ni a quienes les siguen por la calle. Y, además, los exponen a peligros mucho más lacerantes (y nada virtuales) que los que acontecen en cualquier calle de España.
Luego llegan los ayes, las riñas en casa, las peleas por el uso y el abuso del móvil... Y también los acosos, los trastornos alimenticios o del sueño, la ansiedad, las apuestas, el sexting, el grooming, los nudes, los deepfakes.
Todo ese catálogo es la consecuencia natural, previsible y hasta prevista de nuestra flojera negligente. Los padres hemos abierto las puertas y las ventanas de nuestra casa en plena tormenta, y luego fingimos escandalizarnos cuando vemos que nuestros hijos se constipan y el hogar se echa a perder.
Hoy hay una generación de padres preparadísimos y preocupadísimos por sus hijos, que como estamos tan enganchados a nuestros propios móviles, hemos renunciado a educar y a pelear por la libertad moral de nuestros hijos, y hasta por su salud. Por mucho que digamos lo contrario.
Y ahora, como máximo, pedimos que sean otros quienes nos arreglen el desaguisado y prohíban por ley que los menores entren en redes hasta los 16 años.
Pero la verdadera solución es más simple, aunque también mucho más incómoda: deja de lamentarte y de delegar tu responsabilidad en otros (siempre otros) y no le des el móvil a tus hijos. O reconoce tu error y quítaselo. Que se puede. Palabra de padre desastre.