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María Torrego

El infinito valor de un padre

«Ser padre no es resignarse, es entregarse; no es renunciar a su vida, es darla. Es aceptar una tarea exigente, sí, pero también profundamente noble. Pocas cosas transforman tanto como ser acompañado»

Este mes mi padre cumple 90 años. Me siento muy afortunada de poder celebrar su vida junto a él. Noventa años dan para mucho y la huella de su paternidad pesa mucho en mí. Su presencia ha configurado mi manera de vivir la vida, de confiar, de comprometerme y de amar.

Con el paso del tiempo uno comprende que la influencia de un padre siempre es determinante. Está en la seguridad interior que acompaña, en la certeza de que hay alguien que sostiene, orienta y permanece. Y esa permanencia es un regalo inmenso para quien tiene la posibilidad de acogerla.

Al experimentarlo aprendes que ser padre es compartir tarea y proyecto. Es comprender que amar también significa asumir responsabilidades cotidianas, acompañar procesos, sostener el cansancio del otro, tomar decisiones en común. Pero la corresponsabilidad no es una cuestión práctica, es amar en profundidad. Otra dimensión.

Cuando un padre se implica de verdad en la crianza, el hijo lo percibe. Percibe que su vida merece tiempo y atención. Percibe que el cuidado no es una carga asignada a uno solo, sino una misión compartida. Y esa experiencia construye una identidad más sólida. Mejora a la persona que lo recibe. Le enseña que el amor se traduce en hechos, que el compromiso no es una palabra vacía y que los vínculos se sostienen con presencia real.

En la naturaleza humana nada es casual. Para engendrar una vida hacen falta dos, y esa complementariedad no se agota en el momento biológico. El amor de una madre es único e insustituible. El de un padre también lo es. No compiten, se enriquecen. Ofrecen miradas distintas, apoyos diferentes, formas diversas de sostener. Juntos crean un equilibrio que da sentido al hijo mientras crece.

Al mismo tiempo, no puedo dejar de reconocer con admiración a esas madres que no cuentan con ese apoyo. Mujeres que sostienen solas la crianza, que multiplican fuerzas y recursos, que hacen de su entrega un acto cotidiano de valentía. Cuando falta la corresponsabilidad, el esfuerzo se vuelve a veces heroico. Y eso merece un respeto profundo. Madres que son también padres. Madres que lo son todo. Qué difícil.

A quienes hoy tienen en sus manos la posibilidad de ser padres, solo cabe animarlos con respeto y esperanza. Ser padre no es resignarse, es entregarse; no es renunciar a su vida, es darla. Es aceptar una tarea exigente, sí, pero también profundamente noble. Pocas cosas transforman tanto como ser acompañado. Y pocas oportunidades regala la vida con tanta hondura como la de amar así, de forma concreta, cotidiana pero llena de belleza. Porque quien se atreve a ser padre con presencia y compromiso se convierte en parte de su esperanza, de su futuro, de su vida.

¡Gracias a todos los padres! Todos somos hijos y algunos afortunados sabemos que es inevitable escapar de la potencia que tiene el amor de un padre. Ojalá en nuestra sociedad sepamos poner la paternidad a la altura que se merece. A mi querido padre, gracias por tanto. Y ahora, a celebrar tus maravillosos 90.

  • María Torrego es presidenta de la Fundación RedMadre
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