Fundado en 1910
El patio de mi casaJosé Antonio Méndez

España: donde las niñas no pueden vapear, pero sí abortar y cambiar de sexo

«Esfumada la primera fumarada de la ley (¡Qué buenos son, que nos ayudan a vivir sanos y saludables!), uno descubre un olor apestoso, peor que el del tabaco negro: la peste del absurdo ideológico».

Recuerdo el impacto que me produjo ver por primera vez a un buen amigo, Alfredo, fumar un pitillo. Éramos unos críos y Alfredo era un tipo divertido, buen estudiante y buen deportista, que tenía un talento innato para el dibujo y a quien sus padres habían cambiado de colegio unos cursos antes.

Nos habíamos perdido la pista, porque en aquellos años no existían los móviles, y cuando una mañana regresaba a mi casa para comer, lo vi, desde lejos, sentado a la puerta de una antigua sucursal de Argentaria, mientras exhalaba una vaharada grisácea que le envolvió la cara morena y le obligó a entrecerrar demasiado los ojos.

Como le tenía por bromista, lo primero que pensé fue que estaba haciendo el tonto con un cigarrillo de talco, de esos que los niños usaban para burlarse de los adultos. Y aunque me pareció una patochada impropia de un tipo de 13 o 14 años, le reí la gracia. Pero cuando me acerqué y vi que, en efecto, estaba fumando, y me explicó que le birlaba las cajetillas a su padre, sentí una punzada de incredulidad. «¿Cómo es posible que un tipo tan listo como tú haga una cosa tan tonta como esta?», vine a decirle.

Fumar siempre me ha parecido una idiotez. Un modo de envenenarse poco a poco. Un vicio ilógico, como todos los vicios. Y una de las peores alternativas para demostrar al mundo que uno es un espíritu libre y rebelde, porque supone abrazar otra esclavitud.

Sólo al tabaco de pipa, con su ritual y su ceremonia, le concedo la indulgencia.

Hoy me resulta simpático comprobar que a mis cuatro hijos también les desagrada el tabaco, e incluso les sorprende el hecho de que sea legal. «Pero papá, si es tan malo, ¿por qué lo permiten? ¿Y por qué dejan que fume la gente, hasta los pequeños?», me decía uno de ellos durante una de esas sobremesas en las que se hablan de las cosas importantes.

Estos días tendré que explicarles a mis hijos que, en España, al menos los pequeños ya no podrán fumar, ni vapear siquiera, porque el Gobierno ha anunciado –con esa delirante prosopopeya y el engolamiento que se gastan los que pretenden maquillar de dignidad su decrepitud moral–, que va a prohibir fumar a los menores de 18 años. Es decir, que no sólo va a impedir que se les venda tabaco a los menores, sino que, como suele decirse, se echen un piti.

Y me parece muy bien, aunque eso hubiera supuesto ver hoy a mi amigo Alfredo, qué sé yo, reducido contra la reja de la abandonada sucursal, por una pareja de celosos policías dispuestos a hacer cumplir la voluntad del legislador. Que ya sabemos que a Sánchez, ése que tanto vela por el bienestar de la familia, sobre todo de la suya, no le importa usar todo el aparato coercitivo a su alcance para exigir que se cumpla y respete, no la ley, sino su voluntad.

Pero he aquí que, esfumada la primera fumarada de la ley («¡Qué buenos son, que nos ayudan a vivir sanos y saludables!»), uno descubre un olor apestoso, peor que el del tabaco negro: la peste del absurdo ideológico.

Porque para pasmo de cualquiera con dos dedos de frente, con esta ley, en España una niña de 14 años no podrá fumar en la calle, ni vapear, ni irse de excursión sin un consentimiento firmado por sus padres..., pero sí podrá, por ejemplo, abortar o iniciar un cambio de sexo, sin que sus padres lo sepan, ni puedan oponerse a ello.

Y podemos encontrarnos escenas tan surrealistas como que si una adolescente se queda embarazada y acude a un abortorio, podrá entrar sola para que allí asesinen al hijo que lleva en su vientre (con todo el trauma que esto le causará de por vida)... pero a la salida no podrá fumarse un cigarro para aliviar la tensión, so pena de sanciones «por determinar».

O que los padres de un chaval de 16 años al que pillen vapeando en la calle tengan que hacerse responsables de pagar su multa... pero nadie les informe de que diez minutos antes de estar enganchado a su váper sabor menta le estaban sometiendo a un cambio de sexo irreversible.

Gracias al Gobierno, podremos también encontrarnos en colegios e institutos a señores y señoras de asociaciones elegetebecú –cuya presencia no tiene por qué ser notificada a las familias–, mostrando a los niños imágenes de chicos y chicas masturbándose o teniendo sexo anal... pero alguien tendrá que censurar las fotos de los libros de texto para que Cortazar no salga con su pipa, ni Lorca, fumando.

También me pregunto si detendrán a los inmigrantes ilegales que salten la valla de Melilla sólo si llevan de forma visible un paquete de Fortuna cerca de un colegio. O qué ocurrirá si algún «menor no acompañado» revelará ser, en realidad, mayor de 18 (o de 19, o de 20), para esquivar a un policía que le dé el alto por llevar un pitillo en la boca.

Y ante semejante esperpento me brota, desalentado, algo parecido a aquello que le dije a Alfredo: ¿Cómo es posible, España, que un país tan bueno como tú acepte tener unas leyes tan tontas como estas?

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas