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El patio de mi casaJosé Antonio Méndez

El pudor y la chica del autobús

Esa moda de pretendido feminismo es en realidad machismo puro, porque cosifica el cuerpo de la mujer y rebaja el misterio de su sensualidad a un escaparate de lupanar

Corrían los primeros dos mil cuando asistí a una escena que habrían firmado Arévalo o Quentin Tarantino. Línea 1 del Metro de Madrid, andén de Ríos Rosas, gris, desértico y con olor a carbonilla a pesar de su nombre.

Era un sábado de junio, a primera hora de la tarde, y la estación parecía sestear mientras esperaba la irrupción del tren. De pronto, la quietud se vio sacudida por el bamboleo bullicioso, no del metro, sino de un grupo de chicas que se habían acicalado para constatar, con evidencia, lo generosa que con ellas había sido la genética. Y también el uso que habían aprendido a hacer del maquillaje y del por entonces disruptivo wonderbra.

Si la combinación de camisetas escotadas, faldas que podrían pasar por cinturones anchos, o ropa interior que asomaba estratégica no era un indicio suficiente de su deseo por llamar la atención, despejaba la duda el griterío que se manejaban.

Iban tan ensimismadas que no se dieron cuenta de que pasaron en feliz algarabía junto a un bulto que resultó ser un borracho andrajoso y desdentado. Borracho que, al verlas pasar, dedicó al físico de las jóvenes un romance pastoril, declamado con un lirismo y una elegancia que el lector ya podrá imaginar. Y terminó, con barroquismo, diciéndoles cómo iba a soñar con ellas esa noche.

El tipo no había dejado nada a la ambigüedad, pero para despejar dudas, aquel Tenorio tuvo la delicadeza de abrirse un jirón del pantalón para evidenciar que se solidarizaba con las jóvenes en el arte de enseñar carnes pudendas.

Del grupo de chicas, la menos agraciada se volvió hacia el tipo con un seco y tajante epíteto, que también el lector podrá imaginarse.

A lo que el borracho sentenció: «Y que siempre se dé por aludida la más fea...». Y volvió a arrebolarse en sus harapos.

Más que cómico, todo resultó sórdido y desagradable.

Antes de meterme en el tren caí en la cuenta de que, mientras las otras habían recibido lo que buscaban, es decir, la atención de un varón (aunque imagino que no esperaban justo la de ese varón), aquella pobre incauta había recibido lo que se merecía: un baño de realidad.

Recordé la anécdota el otro día cuando, en el autobús, lunes y en horario laboral, se me sentó delante una joven vestida, en apariencia, para ir al trabajo. Y digo en apariencia porque, si bien llevaba elegante pantalón, portafolio a juego y tacones finos, también lucía una camiseta de tirantes, prácticamente transparente, que buscaba constatar ante la concurrencia que no llevaba sujetador. Su blazer doblado en las rodillas parecía también confirmarlo.

No sé qué pensaría el octogenario que tenía a mi lado, pero a mí me resultó desagradable. Y pensé en cómo habría reaccionado si fuese acompañado de mis hijos pequeños.

–«Esos dos puntos los querría yo para mi Oviedo», masculló uno de los dos púberes que tenía a mis espaldas. Ella fingió no oírle a él, ni tampoco el «O para el Cádiz», que soltó su amigo, entre risitas.

Durante todo el trayecto aparté ostensiblemente la mirada no sólo por educación, sino por dignidad. Detesto que me manipulen o me tomen por tonto –aunque lo sea–, y una mujer que finge que no pasa nada por mostrar una parte del cuerpo de atávico contenido erótico se parece más a un borracho que se abre la entrepierna, o a una manipuladora femme fatale, que a una sufragista reivindicativa.

Discúlpenme la franqueza pero no sé en qué momento de los 20 años que separan ambas anécdotas las mujeres se han convencido de que ir, no insinuando, sino exhibiendo nalgas y pechos, o yendo sin sostén por la calle, es un acto de libertad y empoderamiento.

Lo que sé es que ha ganado el borracho.

Porque cualquier persona intelectualmente honesta sabe que promover que las mujeres vistan así, so capa de libertad, no es sino el sueño lúbrico de cualquier adulto ebrio de lascivia, y de cualquier adolescente encendido de hormonas.

Esa moda de pretendido feminismo es en realidad machismo puro, porque cosifica el cuerpo de la mujer y rebaja el misterio de su sensualidad a un escaparate de lupanar.

Los sátiros misóginos que reptan por la industria de la moda y del entretenimiento han hecho una jugada maestra, porque no le imponen la impudicia a la mujer, sino que han logrado que ellas voluntariamente la abracen. Y que olviden, minusvaloren o nieguen la dignidad de un cuerpo que es, por cierto, imagen de Dios.

Aunque cada quien pueda vestir como le dé la real gana, supongo que la joven del autobús se habría sentido violentada si yo hubiese llevado delante de ella un pantalón semitransparente y sin ropa interior, con la excusa de ir más cómodo. Porque ciertas partes de nuestra anatomía tienen no sólo una función fisiológica, sino una evocación psicológica y erótica imposible de erradicar; maravillosa en su contexto pero deforme fuera de él.

Necesitamos recuperar el pudor. Que no tiene nada que ver con la mojigatería o la vergüenza: el pudor evita mostrar lo bueno para preservarlo en su valor o reservárselo a personas escogidas; la vergüenza oculta lo malo por miedo a que nos asocien con ello; y la mojigatería no sabe distinguir lo bueno de lo malo. Ser pudoroso no es igual que ser vergonzoso, aunque sea lo opuesto a ser un sinvergüenza. Y a ser un mojigato.

Hoy los padres tenemos la urgente obligación de hablar a las claras con nuestros hijos de estas cosas, porque las ven sin filtros cuando salen a la calle. Y tenemos el deber de transmitirles, a ellos y a ellas, que el cuerpo es un tesoro, y que los tesoros se custodian, y que no se exhiben a la vista de todos, y que si se exhiben atraen (se quiera o no) la atención de ladrones y borrachos, y que lo lógico y lo sensato es reservarlo para quien lo merezca, en el momento adecuado.

No es la tarea más popular, ni la más cómoda, pero la alternativa es condenar a nuestros hijos e hijas a ir por la vida esquivando borrachos libidinosos (harapientos o de punta en blanco), convertirse en uno de ellos, o ir apartando la mirada para no ser manipulados.

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