Lo que no son cuentas, son cuentosSamuel Díaz

España premia lo que la empobrece

«Poco a poco hemos construido un modelo que transmite un mensaje preocupante: Crear riqueza es difícil; depender del sistema, cada vez menos»

Muéstrame los incentivos y te mostraré el resultadoCharlie Munger

Hay una pregunta que rara vez ocupa el centro del debate económico, pero que quizá explique mejor que ninguna otra muchos de los problemas de nuestro país: ¿Qué comportamientos estamos premiando como sociedad? Porque una economía no es solo una suma de cifras, presupuestos o estadísticas. Es, sobre todo, el resultado de millones de decisiones individuales. Decisiones de quien ahorra, de quien invierte, de quien emprende, de quien estudia, de quien trabaja más horas o de quien decide asumir el riesgo de crear una empresa. Y todas esas decisiones dependen de una cosa: los incentivos. El problema es que, en España, esos incentivos parecen estar del revés.

Abrir un negocio supone enfrentarse a trámites interminables, impuestos elevados y una incertidumbre regulatoria constante. En cambio, resulta mucho más sencillo acostumbrarse a un sistema donde el Estado interviene cada vez más en todos los ámbitos de la economía. Poco a poco hemos construido un modelo que transmite un mensaje preocupante: Crear riqueza es difícil; depender del sistema, cada vez menos. No se trata de cuestionar la existencia de un Estado que garantice servicios públicos o proteja a quienes realmente lo necesitan. El problema aparece cuando las normas terminan desincentivando precisamente aquello que hace crecer una economía: el esfuerzo, la inversión, la innovación y la capacidad de asumir riesgos.

Pensemos por un momento en un joven que quiere emprender. Antes incluso de conseguir su primer cliente ya debe enfrentarse a impuestos, cotizaciones, licencias y obligaciones administrativas. ¿Cuántos proyectos nunca llegan a nacer porque el coste de intentarlo resulta demasiado elevado? Es imposible saberlo, porque las oportunidades que no existen nunca aparecen en las estadísticas.

Hay un ejemplo que refleja perfectamente este problema: cada vez más jóvenes sueñan con ser funcionarios. Y no hay nada criticable en ello; es una decisión completamente racional. Si el sistema ofrece más estabilidad y menos incertidumbre en el empleo público que en el sector privado, es lógico que muchos elijan ese camino. La cuestión no es por qué tantos quieren opositar, sino por qué emprender, invertir o desarrollar una carrera en la empresa privada resulta cada vez menos atractivo. Cuando una economía incentiva más la seguridad que la creación de riqueza, el problema no está en las personas, sino en las reglas del juego.

Algo parecido ocurre con el ahorro. Se repite con frecuencia que debemos pensar en el futuro, pero al mismo tiempo se grava el patrimonio, los rendimientos del capital y, en algunos casos, incluso la transmisión del esfuerzo de toda una vida. El mensaje vuelve a ser contradictorio: se pide responsabilidad financiera mientras se penaliza a quien intenta construirla.

Mientras tanto, el debate público gira casi siempre alrededor de cuánto más gastar o cuánto más recaudar. Apenas nos preguntamos cómo afectan esas decisiones al comportamiento de ciudadanos y empresas. Y esa es, probablemente, la cuestión más importante. Porque las leyes no solo redistribuyen recursos; también moldean incentivos.

Las sociedades prosperan cuando quienes innovan, trabajan, invierten y crean empleo encuentran un entorno que recompensa ese esfuerzo. Cuando ocurre lo contrario, el talento busca otros lugares donde desarrollar su potencial. No es casualidad que tantos jóvenes cualificados contemplen marcharse al extranjero o que muchas empresas prefieran crecer fuera antes que asumir nuevas cargas dentro de España. Quizá el verdadero desafío económico de nuestro país no sea la falta de recursos ni de talento. España dispone de ambos. Lo que necesita es un marco que convierta el esfuerzo en una oportunidad y no en un obstáculo. Un país donde emprender no sea una carrera de fondo contra la burocracia y donde el éxito deje de verse con sospecha.

Porque, al final, toda sociedad acaba obteniendo aquello que decide incentivar. Y quizá haya llegado el momento de preguntarnos si el modelo que hemos construido está premiando las conductas que nos harán más prósperos… o precisamente las contrarias.

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